EL
ÚLTIMO ÁRBOL DEL PLANETA
Para dejar
sitio a los molinos de viento se talan árboles y para construirlos, también.
Bien lo saben en las comunidades indígenas de Ecuador y Perú, cuyas vidas
sostenibles son segadas para nuestros proyectos de sostenibilidad
GUSTAVO DUCH
Molinos de viento en Muras, Galicia.
Cuando
mi amigo el past me dijo “el último árbol del planeta lo talará un proyecto de
energía sostenible” (Cuentos del Progreso.
Editorial Pol·len), seguro que intuía que era mucho más que una frase
ingeniosa. De hecho, si analizamos lo que está significando la implementación
de la transición energética con sus recetas mágicas de proyectos supuestamente
limpios y sostenibles, no queda otra que, como siempre, darle la razón.
El
último ejemplo lo tenemos en la controversia que ha generado un informe de
expertos ambientales tras analizar el funcionamiento de una gran planta en el
Reino Unido que “produce” (entre comillas para no dejarnos engañar por el
lenguaje) energía eléctrica a partir de la quema de madera importada de
Norteamérica. Como otras centrales de biomasa, ésta gestionada por el grupo
Drax, defiende que el CO2 que se emite al quemar la madera de los árboles
talados queda compensando por la capacidad de éstos al absorber CO2 durante su
crecimiento. Tal vez en teoría, porque muy rápido han de crecer cuando las
cifras de la investigación explican que la central fue responsable de 11,5 millones
de tones de CO2 durante el año 2023, lo que representa casi el 3% de las
emisiones totales de carbono del Reino Unido. A mi parecer, en cualquier caso,
más importante sería conocer cuántos bosques –y toda la vida que los habita– se
han erradicado para dedicarlos a los monocultivos de esos árboles industriales.