DUNIA SANCHEZ
Miraba la luna,
mujer de incrédulos ojos a la par que su espíritu la envolvía en una danza a
cada estrella fugaz esfumada. Miraba la luna, un juego atento donde los
corazones rozan la armonía, la verticalidad de sus alas en el confín de un
cosmos misterioso, sibilino, nostálgico. Miraba la luna en su cuerpo pequeño y
alcance de cumbres donde el resonar de las aguilillas la emocionaban en la
rotunda noche. Miraba la luna y una calma se apoderaba de sus pensamientos,
caminando por parajes desconocidos de su conciencia. Miraba la luna y no dejaba
de mirarla vertida en vagos recuerdos transportándola a una dimensión alejada
de la realidad. Miraba la luna, el callar del nocturno la inducia a ser ella.
Sí, ella, en su atmósfera acogida a la nada. Miraba la luna y no dejaba de
mirarla, solo, sábanas blancas tendidas columpiándose con la brisa fresca,
húmeda. Miraba la luna en todo su esplendor, en toda su belleza y su danza
continuaba, seguía al ritmo de las lentas, de su soledad
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