jueves, 12 de enero de 2023

LUCAS PÉREZ, EL ETERNO RETORNO

 

LUCAS PÉREZ, EL ETERNO RETORNO

Hijo de una familia desestructurada, se crió con sus abuelos en una de las torres de viviendas sociales de los trabajadores del mar. A sus 34 años, el delantero hace lo imposible en el fútbol para jugar en el Dépor: perder dinero

XOSÉ MANUEL PEREIRO

El futbolista Lucas Pérez besa la camiseta del Depor

en una imagen reciente.

“Yo no vengo a jugar en Primera Federación. Yo vengo a jugar en el Deportivo”. En el pedregal de la retórica futbolística – “no hay enemigo pequeño”, “partido a partido”–, aparece de vez en cuando un diamante en bruto. Y la mayoría de las ocasiones, sale de la boca de un entrenador. Lucas Pérez Martínez se hartó de justificar que dejaba el Cádiz, un equipo de Primera División (en situación precaria, pero que le había garantizado las condiciones económicas para la siguiente temporada, en total unos dos millones de euros) para jugar en uno de lo que pomposamente se llama Primera RFEF, y que no deja de ser la Segunda B o la Tercera de toda la vida, una división no profesional. Y pagando para ello medio millón de euros de su propio bolsillo. Al final de su carrera, en vez de coger la frecuentada ruta de los estadios dorados en medio de la arena, como ha hecho Cristiano Ronaldo, escogió el barro.

 

@EnemyPablic, un tuitero de Alcalá de Henares de origen gallego, lo resumió muy bien en un hilo: “Todo va mal. Todo va peor. No abofeteamos a nadie. Ni al filial de nadie. Maldito fútbol moderno, no tiene sitio para nosotros. Empiezan los rumores del chaval de la liga ucraniana, que sigue por ahí, marcando goles en Primera. Es un tío con mala fama. Un revienta vestuarios, un corruptor de novias. Un gestitos. Pero viene… El antipático se ha quemado a lo bonzo en el centro del campo de Riazor. Los más suspicaces del lugar, desconcertados, como el que es invitado a bailar por la belleza del instituto en el baile final. De alguna manera, un príncipe nigeriano realmente nos ha dejado su herencia en nuestro mail. Los medios extranjeros se hacen eco. Esto no es normal”. Pues no. De hecho, hay quienes están buceando con celo de sexador de pollos en los intríngulis de la operación para intentar ver por dónde nos la ha colado el príncipe nigeriano. Pero esta no es la primera vez que Lucas Pérez hace lo posible y lo imposible –y una de las cosas imposibles en el fútbol es perder dinero– para jugar en su equipo.

 

Lucas se reivindica siempre como “Lucas, el de Monelos”. En 1941, cuando nació allí Manuel Jove, un carpintero que hizo a los 16 años su primera promoción inmobiliaria y que, a finales de la primera década de este siglo, era la tercera o cuarta fortuna de España, detrás de sus vecinos Amancio Ortega y Rosalía Mera, Monelos era un barrio periférico de A Coruña, de casas bajas, huertas y prados. En 1988, cuando nació Lucas Pérez Martínez, Monelos era solo una pequeña parte de un conjunto de polígonos construidos en distintas fases en los 60 y 70 para acoger a los que huían del campo o se buscaban un piso para el retorno de la emigración.

 

Lucas Pérez Martínez, hijo de una familia desestructurada, se crió con sus abuelos en una de las torres de viviendas sociales reservadas a los trabajadores del mar. El abuelo había sido marinero en el Gran Sol, el tempestuoso y gélido mar al oeste de Irlanda y Gran Bretaña. En el mejor de los casos, ese –jornadas de 16 horas diarias durante 15 días seguidos, a bordo de barcos del tamaño de un autobús articulado– habría sido uno de los destinos del chaval. Pero él, en cuanto podía, bajaba a la calle con un balón para jugar, en potreros llenos de jeringuillas, contra quien fuese, o contra la pared si no había nadie.

 

Pese a lo que pueda parecer, Lucas Pérez no fue uno de esos que los británicos llaman one club man, un jugador que ha crecido y madurado como tal en un solo equipo. Lo suyo fue un sueño aplazado largo tiempo. Vestía la camiseta del Dépor cuando empezó a ir a Riazor con cuatro años de la mano de su tío Pepe, pero no logró vestir profesionalmente de blanquiazul hasta los 26 años. Empezó (como había empezado Amancio Amaro) en el Victoria, uno de los clubes tradicionales de la ciudad, pero de allí se fue al Atlético Arteixo juvenil. A los 16 años llamó la atención del Alavés, que lo fichó hasta que tuvo que recortar gastos y cantera. De vuelta a Coruña, tampoco cató Riazor. Jugó en Tercera e incluso al fútbol sala, hasta que el Atlético de Madrid se lo llevó para su segundo filial. De 2007 al 2010 merodeó por las categorías inferiores madrileñas (Atlético C, Rayo Vallecano B y Rayo A). Entonces, en 2011, tuvo ofertas de la primera división ucraniana. Jugó dos temporadas en el Karpaty de Lviv, en las que participó en la Europa League, y unos meses en el Dinamo de Kiev.

 

“Yo me pensaría bien salir a según qué países. En Ucrania el 80% de la gente es pobre y el resto multimillonaria. Y el futbolista no puede estar en una burbuja porque ves el día a día en los autobuses, en la sanidad, en tantas cosas”, le confesaba un par de años después en El País a Juan L. Cudeiro. De la liga ucraniana y de los incumplimientos de contrato lo rescató el PAOK griego. Esa temporada, 2013-2014, fue elegido uno de los cinco mejores jugadores de la liga helena. No jugó allí la siguiente. Consiguió, por fin, ir cedido al Deportivo la 2014-2015. “Es un tipo muy insistente, y cuando quiere algo, va a saco y lo consigue, por lo civil o por lo militar”, asegura un veterano cronista deportivo.

 

“Yo me pensaría bien salir a según qué países. En Ucrania el 80% de la gente es pobre y el resto multimillonaria. Y el futbolista no puede estar en una burbuja”

 

El equipo se salvó del descenso en la última jornada empatando en media hora un 2-0 del Barça. Circula un vídeo de Lucas energizando a sus compañeros y pidiendo por lo bajo a sus rivales (Messi, Neymar, Mascherano) que no apretasen. A quien apretó él fue al PAOK para no volver, hasta el punto de rebajar su ficha. La segunda temporada en “su” equipo marcó 17 goles. El Arsenal llamó a la puerta del club coruñés con una oferta de 20 millones de euros que el Dépor, intervenido por Hacienda, no podía rechazar. Con los gunners, en la temporada 2016-2017, marcó ocho goles, la mayoría en competiciones europeas, a pesar de no contar como titular para Arsène Wenger. Un redactor de La Voz de Galicia que entrevistó a Lucas entonces en su casa londinense de Hampstead destacó que llevaba unas zapatillas del Dépor y en la sala tenía una enorme bandera gallega. Pero el jugador le rogó que no las fotografiase. “Las llevo porque lo siento, no para que se vean. Y la bandera me acompaña allá donde voy”.

 

La 2017-2018 sería la última de las 22 temporadas de Wenger al frente del Arsenal, y Lucas no estaría a sus órdenes. El equipo inglés pedía por él como mínimo 15 millones de euros. El Dépor, con los gastos bajo la lupa fiscal, no se podía permitir ni pujar. Hubo intentos y propuestas, entre otros, del Fenerbahçe y del Galatasaray, del Newcastle y del Everton, del Valencia y del Levante. Pero no satisfacían la demanda del club, ni mucho menos la del futbolista, que solo contemplaba la vuelta al Deportivo. En el último momento, el Sevilla hizo una oferta que cumplía las exigencias del Arsenal y aseguraba al jugador participar en la Champions y mantener su sueldo de la Premier. Pero Lucas Pérez ya estaba volando hacia A Coruña, después de forzar una cesión por una temporada, por dos millones y medio de euros. La baza que se reservó el Arsenal era que el acuerdo tenía fecha de caducidad de un año.

 

Al acabarse el plazo, el Dépor estaba en Segunda, y Lucas se convirtió en un delantero errante. West Ham United, Alavés (dos temporadas, la primera como máximo goleador y la segunda execrado públicamente por el entrenador, que lo acusó de reventar el vestuario y de otro tipo de maniobras extrafutbolísticas… aunque después reconoció que posiblemente se había equivocado), Elche y, finalmente, Cádiz. En el equipo amarillo cumplió las dos medias temporadas que estuvo, pero prácticamente desde el primer día dijo que quería volver a Coruña. El último día del año se hizo oficial la vuelta.

 

El 3 de enero, 7.000 aficionados asistieron a su presentación en Riazor y vieron como un futbolista de 34 años bregado en todo tipo de ligas se emocionaba hasta las lágrimas. Muchos de los asistentes eran niños que nunca han visto al equipo en Primera. “La vuelta de Lucas ya se verá lo que da de sí en lo deportivo, pero es importantísimo para la chavalada. Tienen por fin un referente”, dice uno de los antiguos miembros de Riazor Blues, los hinchas del Dépor, con los que Lucas siempre tuvo una fuerte conexión. “Habla como ellos, piensa como ellos”, dice el cronista veterano. No por casualidad, una de las pancartas que cuelgan en su grada reza: “Odio eterno al fútbol moderno”. Lo cierto es que, antes de Lucas, el Deportivo tenía ya 24.000 socios, más que todos los equipos gallegos de igual o superior categoría juntos. La llegada del delantero ha sumado algunos cientos.

 

“Sé que tengo presión, la quiero. Me fui con 16 años mundo adelante, y tardé mucho tiempo en volver a casa. Lo único que quiero ahora es ser feliz jugando aquí”, dijo Lucas Pérez en la rueda de prensa de presentación. No quiso hablar de dinero (“ya he ganado bastante por ahí adelante. Si hablo de dinero me siento vacío”), ni de contratos (“el contrato es hasta cuando quiera el Deportivo, y yo le sirva. Cuando no haga falta aquí, que me lo digan y ya está”). El pasado domingo día 8, pisó de nuevo Riazor, contra Unionistas Salamanca. 23.745 espectadores (los habituales son 17.000-18.000, cinco o diez veces la media de los campos de la Primera RFEF). 3-0. Lucas marcó el primero y el tercero. Los propios aficionados de Unionistas iniciaron una ola que recorrió el estadio.

 

Por supuesto, aunque nadie lo diga, todos saben, empezando por el propio Lucas, que tarde o temprano se baja de la nube. Volviendo a @EnemyPablic, “por supuesto, este juego va de soñar. Cuando venga la desgracia aquí seguiremos como hasta ahora”. Porque los aficionados no van a ver partidos de Primera RFEF. Van a Riazor.

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