jueves, 25 de julio de 2024

EL ESTERCOLERO MULTICULTURAL QUE SE REBELÓ CONTRA EL FASCISMO

 

EL ESTERCOLERO MULTICULTURAL QUE SE REBELÓ CONTRA EL FASCISMO

MIQUEL RAMOS

 

Varias personas concentradas ante la Audiencia de Barcelona para

apoyar a los vecinos del Raval. / LAURA FÍGULS - ACN

Cerca de casa no hay bares, pero en las calles siempre hay gente. Hay las típicas sillas que los bares tienen en sus terrazas, eso sí, de plástico, atadas con cadenas a una barandilla, que cada noche alguien desata y reparte entre sus vecinos cuando ya baja el sol. Un rato antes, otro vecino sacó una manguera y roció la calle de agua, a ver si así refresca, y de paso limpia un poco la acera. Es tarde y todavía se oyen niños. No hay colegio ya, y en casa hace demasiado calor. Ayer vi a una familia en una piscina hinchable en plena calle. No todos tienen aire acondicionado.

Este es uno de esos barrios donde todos, aunque acaben de llegar, se conocen y se saludan. Donde no hay pisos turísticos y parece que tardarán en llegar, y donde quizás, si no eres de la zona, evitarías pasar con tu mochila llena de prejuicios. Las canchas y las calles son tan diversas como cualquier barrio obrero de cualquier otra gran ciudad. Es lo que la ultraderecha insiste en llamar estercolero multicultural, un barrio obrero donde conviven personas de diferentes países, culturas, colores y costumbres. Donde gitanos y payos, moros y latinos, son indistinguibles. Todos son vecinos.

Este estercolero multicultural donde vivimos está bastante olvidado por el Ayuntamiento. Hay baches en la carretera, aceras levantadas y adoquines sueltos. Furgonetas viejas de trabajo que cada mañana desaparecen y vuelven caída la noche. Hay pintadas en las paredes con letra de niño, un manto perenne de hojas secas y algunas latas de cerveza y botellas de plástico que llevan meses en el suelo. Esto es impensable en otra zona de la ciudad donde pasean turistas o donde vive gente con mayor nivel adquisitivo.

Hay muchos barrios así en todo el país, muchos más que esos nuevos recintos cerrados con portero, muros, cámaras y zonas comunes privadas. Esas islas residenciales, a menudo en medio de los barrios obreros (pero con muros más altos) son una perfecta metáfora del apartheid social que promueve el capitalismo y que la extrema derecha usa para señalar a los enemigos, a los condenados e inadaptados, tan diversos entre sí como iguales en cuanto a clase.

Varios vecinos de uno de estos barrios de Barcelona llevan varios días desfilando ante un juez. Son vecinos orgullosos de su barrio, de su clase y de su diversidad, que un día se encararon a los señoritos que vomitan sus odios desde sus atalayas, esta vez contra ellos. La estrategia ultraderechista siempre es la misma: insultar y escupir para luego hacer acto de presencia y, ante la respuesta, hacerse las víctimas. Tienen a toda la prensa pendiente, que se afana por situarse en ese virtuoso centro que tolera el fascismo y repudia el radicalismo que lo enfrenta.

Esto no lo inventó Vox, pero desde que se coló en las instituciones, el partido lo ha intentado una y otra vez. Y en algunos casos le salió bien: publicidad gratis, criminalización del antifascismo y, si se puede, juicio y castigo para quien proteste. Así se evidenció en Vallecas, y así metieron a varios chicos de Zaragoza en prisión recientemente. Y así pretenden hacer ahora con estos otros vecinos del Raval.

Este caso concreto sucedió en septiembre de 2020. Tras señalar al barrio como estercolero multicultural, varios miembros del partido anunciaron su visita al barrio. Los vecinos que protestaron se enfrentan hoy a seis años de prisión a petición de Vox, y aunque la Fiscalía no pide una pena tan alta, sí que considera el agravante de discriminación ideológica. Protestar contra los racistas y clasistas debe sancionarse, según la Fiscalía.

El juicio está dejando varias costuras al descubierto, como son los ‘índices de polarización’ que han usado los Mossos d’Esquadra en un informe para encasillar en un supuesto radicalismo los lemas feministas o antirracistas que se vieron en la protesta. También los ficheros de activistas que tienen todas las policías, aunque no lo reconozcan, y que han salido a relucir en este caso: monitoreo de redes sociales, seguimiento en actividades lícitas y perfil político e ideológico de los acusados. "Un fichero político de las actividades de los vecinos del Raval", según la abogada Laia Serra. De uno de ellos decían que no era violento, pero que iba a manifestaciones pacíficas contra el racismo y que estaba implicado en esas luchas. Un peligro.

La chispa que prendió la mecha no figura en ninguno de los informes policiales ni en los índices de polarización de los Mossos. No hay polarización en llamar estercolero a un barrio, ni discriminación en criminalizar y denigrar la diversidad y el multiculturalismo. No hay reproche más allá de la protesta de los vecinos aquel día, y que hoy están pagando caro. Las víctimas son quienes denigran y criminalizan a los pobres, a las personas migrantes, quienes escupen sobre la diversidad y la clase obrera. El eterno victimismo del señorito.

Las calles del Raval y de tantos otros barrios obreros son ajenas a la arrogancia clasista, a los insultos y los desprecios de quienes tan solo las pisan para las fotos y para provocar a sus vecinos. Omiten a conciencia los problemas estructurales que generan precariedad y la dejadez institucional que perpetua la desigualdad, pues son los encargados de mantener el statu quo, de apuntalar el sistema para que nada cambie. La mayor fuente de problemas no viene en la sangre, sino en la pobreza que genera su sistema. Es precisamente en esas ruinas del capitalismo donde pretenden prender el fuego. Donde creen que, enfrentando a unos vecinos con otros, conseguirán que nadie piense en quién se está lucrando con ello y quién les está meando desde arriba. Para qué hacer política si puedes mandar a la Policía.

Son casi las diez de la noche y todavía parece de día. Los niños se pasan el balón mientras sus madres conversan a pocos metros. Alguien ha bajado unos helados y los niños corren a por ellos. Hace demasiado calor para encerrarse en casa y mañana tampoco hay colegio. Los más mayores se juntan un poco más abajo, cerca del coche del que sale música. A este estercolero multicultural donde vivimos desde hace poco no ha venido nadie todavía a decirnos que somos basura, que hay pocos blancos, que no nos fiemos de ese vecino y que nos mezclamos demasiado. Hay barrios a los que nunca irán. Tan solo los mencionarán para recordarnos que no somos como ellos. Y eso, en realidad, y aunque no lo entiendan, siempre es un alivio.

 

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