PASAR PÁGINA
Sumar hoy solo
es un grupo parlamentario complejo que, de momento, apoya a Díaz, pero parece
obvio que muy pronto los partidos de la izquierda se verán obligados a buscar
otros caminos
PABLO
IGLESIAS
Sumar,
Podemos, ruptura. / Pedripol
Todos los actores
calculaban que el 23J daría como resultado una mayoría absoluta del Partido
Popular y Vox. Lo calculaban los poderes económicos y mediáticos y, por
supuesto, también todos los partidos. Permítanme que me ocupe hoy de los
cálculos que hacían en Sumar y en Podemos.
Los cálculos que hacían en Sumar los explicó muy bien Nacho Escolar en la Cadena Ser. Allí señaló que buena parte de la dirección informal de Sumar (en particular, Más Madrid) apostaba por dejar fuera de la coalición a Podemos. El razonamiento no carece de sentido político, puesto que la victoria de las derechas era más que probable. Lo que se jugaba la izquierda era cómo quedaba su correlación interna de fuerzas tras las elecciones. En las circunstancias de entonces, en Sumar consideraban que Podemos no tendría un buen resultado de concurrir en solitario y, además, sería acusado de haber fragmentado el voto y
provocado así el éxito electoral
de las derechas. Sobre la base de ese razonamiento se articuló una estrategia
negociadora con Podemos que partía del veto a Irene Montero, calculando que
Podemos jamás aceptaría la humillación de vetar a su principal activo político.
Las posiciones “de salida” que ofrecieron al partido de Belarra solo aseguraban
además el escaño por Canarias, en el caso de que se diera el escenario de 20-23
diputados que auguraban las encuestas de Michavila. Los fontaneros de Sumar
preveían no solo dejar fuera del Parlamento a Irene Montero, sino también a la
secretaria general del partido (a Ione Belarra se le dio a elegir entre el 5
por Madrid y el 1 por Navarra) y a la secretaria de organización. Todo un
win-win. Si Podemos concurría en solitario, tendría un mal resultado y sería
culpado del éxito de las derechas y si aceptaba el “trágala” de la coalición, con
el veto a Montero incluído, quedaría con una representación testimonial y con
sus principales dirigentes fuera.
Estaba claro que
concurrir en solitario dejaría sentenciado el resultado electoral a favor de
las derechas, lo que implicaría una nueva cacería mediática
El análisis
electoral que hacía Podemos no era mucho más optimista. Estaba claro que
concurrir en solitario dejaría sentenciado el resultado electoral a favor de
las derechas, lo que implicaría una nueva cacería mediática de la progresía que
responsabilizaría a Podemos del resultado. Aceptar el veto a Irene Montero era
ciertamente humillante, pero era hacer exactamente lo contrario a lo que
esperaba Sumar. En el ajedrez de la política, es muy importante no hacer
siempre lo que esperan que hagas.
La moneda electoral
voló y cayó de canto. Las derechas, por muy poco, no sumaron para llegar a la
mayoría absoluta de diputados y se abrió la posibilidad de que Pedro Sánchez
volviera a formar gobierno. A partir de ahí era obvio que la tarea negociadora
con los independentistas le correspondía al PSOE y que a Sumar le tocaba
organizar un grupo con más pluralidad de la esperada. Podemos contaba con cinco
diputados, con Belarra al frente, y el resto de formaciones representaban una
amalgama de intereses partidistas y territoriales particulares a los que había
que añadir la imprevisibilidad consustancial a las figuras independientes, cuyo
peso político depende básicamente de ir por libre. En esas circunstancias, lo
razonable para los intereses de Sumar habría sido atar en corto a Podemos
apoyando la continuidad de Irene Montero en un gobierno en el que habría tenido
márgenes muy estrechos, y asegurar también la visibilidad de Belarra con una
portavocía adjunta, nombrando, eso sí, como portavoz a una figura con peso
político y experiencia como Errejón, que no se lo pusiera tan fácil a la
secretaria general de Podemos, y haciendo también portavoz adjunto a Enrique
Santiago. Cualquier dirigente de Sumar con un mínimo de talento habría sugerido
una solución así que diera visibilidad a las principales figuras de la
coalición que no iban a entrar al gobierno.
Por el contrario,
seguir apostando por la humillación sobre los morados produjo todos los efectos
que deberían haber tratado de evitar. Inicialmente casi nadie en la dirección
ejecutiva de Podemos calculaba la marcha al Grupo Mixto como una opción
beneficiosa; pero tres meses después de las elecciones, la unanimidad era
prácticamente absoluta y las únicas diferencias de criterio se referían al
momento de llevarla a cabo (antes o después de que acabara el año). Con Irene
Montero en el gobierno, se habría atado en corto a una figura política de
enorme estatura que tan solo hubiera podido continuar su labor en Igualdad pero
con más dificultades todavía. Al tratar de humillarla una vez más, solo han
logrado envilecer aún más la imagen de Yolanda Díaz en la izquierda y hacer
crecer la dimensión ética y política de Montero.
Habría sido
inteligente alejar a Podemos de una alianza parlamentaria con ERC, Bildu y BNG,
que forman ahora un bloque de 19 diputados
Habría sido
inteligente también facilitar la integración de Podemos en el grupo para
alejarlos de una alianza parlamentaria con ERC, Bildu y BNG, que forman ahora
un bloque de 19 diputados, mayor que el de la derecha que forman Junts y PNV, y
casi a la par que los 26 diputados de Sumar con los que Sánchez cuenta gratis.
Con los perfiles
elegidos para el Gobierno, Sumar hoy tiene muy difícil diferenciarse del PSOE y
solo cuenta con el PCE-IU como fuerza con algo de presencia a nivel estatal.
Pero IU ha dejado escapar el único carril que la mantuvo con vida en sus peores
momentos. En tanto que confederación de partidos progresistas autónomos, Sumar
debe ceder su representación en Madrid y la Comunidad Valenciana a Más Madrid y
Compromís (que tienen pocos incentivos para integrar a IU si no es
fagocitándola definitivamente). En Catalunya, al partido que fue de Colau y hoy
es de ICV y que ya no gobierna en Barcelona. Sumar es extraparlamentario en
Galicia (y podría seguir siéndolo incluso concurriendo con Podemos a las
autonómicas). En Euskadi, de concurrir sin Podemos, Sumar podría también quedar
fuera. En Andalucía, donde el PCE se vio a sí mismo como un partido territorial
andaluz, hasta el punto de romper su alianza con Podemos para imponer a su
candidata y de presentar a Enrique Santiago a las generales por una
circunscripción andaluza, el nefasto resultado de la operación es conocido por
todos.
¿Y ahora? Y ahora
toca pasar página y hacer política. Las elecciones vascas y gallegas
consolidarán la hegemonía de EH Bildu y el BNG en sus territorios como fuerzas
de referencia en los comicios territoriales, y las elecciones europeas, con
circunscripción única, servirán para medir qué representa hoy cada izquierda en
unos comicios generales. En mi opinión, la realidad del sistema electoral y el
proyecto autoritario de las derechas hará razonable que todas esas fuerzas
busquen después alianzas desde el respeto a lo que representa cada una. Sumar
hoy solo es un grupo parlamentario complejo que, de momento, apoya a Díaz, pero
parece obvio que muy pronto los partidos de la izquierda se verán obligados a
buscar otros caminos.
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