domingo, 21 de mayo de 2023

LA PROMESA

 

LA PROMESA

GUILLEM MARTÍNEZ

Como el fake, la promesa es un arte. Un arte, para acabarlo de liar, negado a los artistas. Santiago Rusiñol –pintor, escritor, morfinómano; lo dicho, artista– a principios del XX tuvo un escarceo con la política. Según la leyenda urbana, su familia lo metió en la Lliga, para que se buscara la vida. Llegó a ser candidato a unas elecciones y, como tal, visitó en campaña un pueblo desconocido. Allí lo dio todo, y prometió a la audiencia un puente, lo más en la época. Lo que encendió como un mechero a la audiencia, que empezó a abuchearle con violencia. Rusiñol preguntó por toda esa ira al fulano que tenía al lado. “Es que aquí no tenemos río”, le dijo. Sin enmendarse, Rusiñol, segundos antes de dejar la política por piernas, prometió a los reunidos un río. Esta parábola, hermanos, explica que la promesa y el fake –en su único mitin, Rusiñol llevó a su extremo la una e inventó la otra– son peligrosos. No intenten reproducirlos en su hogar sin la ayuda de un profesional. O, incluso, con él.

 

Esta semana, Lola García, en La Vanguardia, explicaba una lectura, escondida, fundamental de la campaña. La siguiente, dos puntos, el PSOE invierte su tiempo de campaña en promesas, mientras el PP lo hace en ideología. Lo que resume varias toneladas métricas de campaña, y ofrece un subsiguiente y considerable ahorro de tiempo. Que aún puede ser mayor, si observamos que el PP no invierte su tiempo en ideología a secas, sino en el cultivo concreto del objeto ideológico más I+D del siglo XXI, cuidadín. El fake, esa cosa pálida y viejuna cuando la conduce Feijóo –un señor siempre a punto de prometer un río–, y esa cosa atómica, ultrasónica, cuando la pilla el equipo de Ayuso y, gracias al fake, pulveriza toda la agenda informativa, toda la campaña de la competencia, incluso casi todo vestigio de vida. El fake es el suelo sin techo, sin límite, en el que se ubica la moderna y nueva extrema derecha. Por lo que la apuesta generalizada del PP por el fake es, en este año electoral, un indicio de donde está. El PP está, glups, donde la extrema-derecha. Está, además y por esos giros dramáticos del destino, no muy alejado del PP Europeo al respecto. Lo que le confiere futuro y verosimilitud al asunto. Socorro.

 

 

 

La promesa, a su vez, se parece al fake en que a) también suele ser gratis, y en que b) puedes emitir promesas como Feijóo emite el fake, o como lo emite c) Ayuso. El PSOE, en ese sentido, ha accedido a la campaña a través de promesas sumamente contradictorias. Por ejemplo, promete un día semanal de cine por dos euros a los mayores de 65 años, yupi, mientras, en otra ventanilla, ese colectivo ve dificultado, pongamos, su acceso a la renovación del carnet de conducir. Por otra parte, no hay, ni se espera, ventanilla en la que atender al tramo más joven del baby-boom español –criado, educado, madurado, envejecido en la desindustrialización y la posterior precariedad–, cuando ese tramo acceda a la jubilación y, con ella, deje de acceder no solo al cine, sino a la vivienda. Un bosque de promesas desordenado, imprevisible, no matizado por la ideología, no abarcable con un simple vistazo, se parece al fake en que es un monte de espuma, difícil de abarcar, si bien mucho menos vistoso. Un bosque de promesas se diferencia del fake en que, siendo la promesa algo tan gaseoso como la mentira, es menos real y menos atractiva. El bosque de promesas emitido por Moncloa es como los descuentos de La Sirena: no son automáticos, sino que son tickets, que siempre pierdes en el bolsillo. Por lo demás, ofrecen fabulosos descuentos en productos que no compras. Algo chungo, si pensamos que el PSOE precisa, en ese sentido, satisfacer, y mucho, a la población entre 35 y 45 tacos, con problemas para acceder a la compra. Se trata de un grupo que, ante la ausencia de lo palpable, parece preferir el fake, la ilusión maciza de la mentira, antes que el cosquilleo leve y momentáneo de la promesa. Y no hay promesas reales para ese sector u otros similares, por lo mismo que en Japón, en crisis estructural más avanzada y desde hace décadas, solo se hacen promesas a jubilados y personas a punto de serlo. No solo son los que votan, sino que el resto son la precariedad, lo incomprensible, lo incalculable.

 

El bosque de promesas emitido por Moncloa es como los descuentos de La Sirena: son tickets, que siempre pierdes en el bolsillo

 

La promesa y el fake, las opciones electorales de los dos grandes, tienen además otra característica que las aproximan. Ambas requieren centralismo y verticalidad. No puede prometer ni mentir a todo el mundo. Mentira y promesa requieren un núcleo irradiador. Un centro. El centro. Esto es, Madrid. Lo que equivale a decir que la promesa y el fake, para existir, deben omitir todas las realidades que separan a Moncloa o a Ayuso de un municipio random. Es decir, todas las realidades. Lo que supone a su vez ignorar las propuestas de los alcaldables. Incluso sus voces. Algo que puede favorecer al PP –en términos generales, su política municipal no existe, como los niños en el arte no existieron hasta el XVIII, cuando dejaron de ser adultos pequeños; el municipio, para el PP, es así un Estado pequeño, con su ETA y todo eso–. Pero que puede dificultar notoriamente la vida al PSOE –ese es el caso, por ejemplo, de Collboni, candidato PSC a la alcaldía de BCN; sin mucho discurso, las promesas de sus superiores le impiden prometer; esto es, existir–. 

 

La sensación es que en el PP no hay una cabeza pensante que frene, mientras en el PSOE no hay una cabeza pensante que acelere. Lo que supone no una, sino dos tragedias griegas. La tragedia de la promesa –prometer un puente– y la tragedia del fake –prometer un río–. Ambas confirman una campaña municipal débil y crispada, si bien presagian la violencia histórica, inusitada, incalculable, de las próximas generales.

 

Como el fake, la promesa es un arte. Un arte, para acabarlo de liar, negado a los artistas. Santiago Rusiñol –pintor, escritor, morfinómano; lo dicho, artista– a principios del XX tuvo un escarceo con la política. Según la leyenda urbana, su familia lo metió en la Lliga, para que se buscara la vida....

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