lunes, 29 de mayo de 2023

LA MELANCOLÍA NO GANA ELECCIONES

 

LA MELANCOLÍA NO GANA ELECCIONES

VIRGINIA P. ALONSO

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 22 de febrero de 2023, en Madrid (España). EUROPA PRESS

No hay muchas vueltas que darle. Se mire por donde se mire, el batacazo de la izquierda este 28M es monumental. En el espectro progresista tan solo se salvan EH Bildu –gracias a una eficaz campaña del PP, todo sea dicho— y BNG; ganan 137 y 134 ediles, respectivamente. Para el resto, la ruina.

 

El desastre del PSOE no lo es tanto en número de votos: el PP le saca unos 760.000, cuando en 2019 los socialistas obtuvieron 1.500.000 papeletas más que los de Casado. Los de Pedro Sánchez pierden apenas unos 433.000 frente a los anteriores comicios, aunque los populares obtienen en torno a 1.870.000 más; es decir, logran capitalizar el 100% de los electores de Ciudadanos, que certifica su defunción. D.E.P.

 

La debacle socialista llega, sobre todo, en forma de coladero de concejales y de pérdida de bastiones: se deja casi 1.660 ediles, frente a los 2.903 que gana el PP y los 1.685 que suma Vox. Y pierde los gobiernos del País Valencià, Extremadura, Aragón, Baleares, La Rioja y Cantabria (donde tenían la vicepresidencia en coalición con Revilla), aparte de las ciudades clave de València y Sevilla, a las que hay que sumar otras simbólicas, como Valladolid.

 

En total, de las doce Comunidades en las que gobernaba, el PSOE sólo conserva Asturias, Castilla-La Mancha (su única mayoría absoluta) y posiblemente Navarra (depende de un acuerdo con EH Bildu). Y de las 23 capitales de provincia que logró en 2019, mantiene cinco y otras cuatro están en el aire, pendientes de posibles acuerdos con socios minoritarios (Tenerife, Jaén, León y Cuenca).

 

Pero la debacle no es solo socialista. La coalición Podemos-Izquierda Unida se hunde: de 47 diputados autonómicos logra retener tan solo 15. Desaparece del mapa en Madrid (ciudad y Comunidad), País Valencià y Canarias, aparte de perder también el Gobierno de Baleares y Aragón. En definitiva, sólo pueden entrar en el Ejecutivo de Navarra. La barrera del 5% se ha tornado finalmente insuperable.

 

Así, el PP no solo ha ganado estas elecciones, sino que su campaña electoral en clave antisanchista y trumpista ha resultado ser un éxito, y la foto panorámica del voto municipal se dibuja claramente azul. La derecha gana en todas las grandes ciudades; también en Barcelona, donde Xavier Trias logra la victoria con Junts.

 

Además, el PP ahonda en la herida por la que más sangra el PSOE y se hace con todas las grandes ciudades andaluzas. La derivada de este vuelco es que los socialistas pueden perder en su histórico Eldorado seis de las ocho diputaciones que tenían en su poder, uno de sus peores temores, con los cuantiosos presupuestos que manejan estas instituciones.

 

Mientras, Vox se suma al impulso internacional de la extrema derecha: dobla el número de votos, consigue presencia en todos los Parlamentos que se elegían este 28M y convierte su traspiés de las elecciones andaluzas en una mera anécdota. Si algo queda claro es que el experimento de Castilla y León no ha pasado factura a los de Abascal. Tanto es así que la única Comunidad que se resiste a los ultras es Galicia... al menos hasta 2024, cuando celebrará elecciones.

Este pésimo resultado para las fuerzas progresistas aventura un cambio de ciclo a apenas siete meses de unas elecciones generales en las que Pedro Sánchez se lo juega todo, con un Feijóo revitalizado gracias a los resultados del 28M y en las que la figura de Yolanda Díaz cobra un interés bien distinto.

 

Porque la izquierda aliada con Yolanda Díaz pierde. La izquierda que se pelea con Yolanda Díaz también pierde. Y, entre medias, una maraña de siglas y la fragmentación de marcas han convertido el voto en estas elecciones en una auténtica yincana para el votante progresista.

 

Una yincana de la que Yolanda Díaz ha sido buena ilustradora durante la campaña con su desdoble a la hora de apoyar a unos y a otros. Ada Colau, su gran aliada, no ha ganado Barcelona. Joan Ribó (Compromís) no se ha hecho con València. Héctor Illueca (Unidas Podemos) no ha logrado el Govern valenciano. Y en Madrid, Más Madrid, Podemos e IU no han conseguido arrebatar ni la mayoría absoluta a Ayuso ni la Alcaldía a Almeida.

 

Se acabaron los juegos florales. Ya no se trata solo de lucir liderazgo, sino de ejercerlo en una esfera muy compleja, tal vez incluso más que la de un ministerio o una vicepresidencia: la del ensamblaje de grupo diverso al que muchos llegan heridos; y no sólo por el resultado electoral.

 

El viento sopla en contra y la sensación de derrota no es buena aliada para levantar un nuevo proyecto político como Sumar. Si Podemos aspiraba a ejercer una posición de fuerza a la hora de negociar su participación en la iniciativa de Díaz, esta se ha eclipsado. Y, sin embargo, su integración en Sumar es hoy, si cabe, más necesaria que nunca. Eso sí, que los malos rollos no traspasen las paredes de la negociación, por favor. Gracias.

 

Solo un recordatorio: según un análisis de 40DB para El País previo al 28M, si Podemos y Sumar concurrieran juntos a las elecciones generales, desplazarían a Vox como tercera fuerza política y el bloque de la izquierda sumaría en total 152 diputados, 14 más que si Podemos y la plataforma de Díaz fueran por separado.

 

Al PSOE le han pasado factura cinco años en el Gobierno, los cuatro últimos repletos de adversidades. Tras este domingo, hay quien vuelve la vista atrás en busca de una brizna de optimismo y rememora no sin cierta esperanza cómo en las generales de 2008 José Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones con un millón de votos de ventaja sobre el PP tras haber perdido las municipales de 2007, en las que el PP sacó 155.000 votos más que el PSOE.

 

Si la izquierda quiere mantener el Gobierno central en diciembre, no lo logrará mirando al pasado; tampoco aferrada al presente. La melancolía no gana elecciones.

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