A contracorriente
APOLOGÍA DEL FRANQUISMO
Enrique
Arias Vega
Tras 32 años de haber padecido en
persona el régimen de Franco, creí
que por fin podría olvidarme de él. Pero no es así. Hasta en el debate electoral
en el que se hablaba del futuro, allí estaba él, en la boca y en el recuerdo de
esa izquierda recurrente de siempre, con nostalgia de una victoria que jamás
obtuvo sobre el franquismo.
En
mi ingenuidad, pensaba que a estas alturas de la película Franco sólo figuraría
en los libros de Historia, como Hitler, Lenin o Fernando VII, personajes para mí a cuál más aborrecible. Pero no.
Apenas hay trazas de él en los escritos, debido a esa oscura Ley de la Memoria
Histórica que oculta casi todo lo que ocurrió, pero en cambio en la tele, en la
radio y en las redes sociales se está hablando todo el día de él. Al parecer,
como El Cid, el hombre debía seguir
ganando batallas después de muerto, por lo que han debido cambiar hasta la
localización de sus restos para que no sea así.
Todo
esto a mí me parecería grotesco si no me trajese dolorosos recuerdos del
pasado. Pero, para mi sorpresa, incluso, me he encontrado con otros viejos que
estuvieron presos durante el franquismo y que, si no fuese paradójico, diría
que hasta echan de menos al dictador ante lo que consideran un completo
desbarajuste de hoy día.
—Si
de algo me arrepiento —llega a decirme uno de ellos—, es de haber luchado
contra el régimen franquista para acabar viendo lo que ahora veo.
No
comparto en absoluto su arrepentimiento retrospectivo, porque bien hicimos los
cuatro que luchamos contra la dictadura frente a los miles que ahora se arrogan
falsamente ese mérito. Pero lo más inicuo de todo es que, con su fantasioso
antifranquismo de boquilla, lo que están logrando, sin darse cuenta, es
mantener vivo al dictador y hacerlo bueno al practicar ahora la censura ideológica,
tal como él hacía.
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