miércoles, 13 de julio de 2016

DESPIDO INDECENTE

DESPIDO INDECENTE
GUILLERMO DE JORGE

                En mi malograda vida laboral, donde labré un tímido pedazo de mi diáspora profesional y gran parte de mi periplo por las oscuras grutas del trabajo eventual, debo de reconocer que nunca guardé un grato recuerdo de todo aquello. Malviví con mi cuerpo cómo era convertido en una torva y tosca herramienta del capitalismo visceral. Tuve que, con la prudente resignación, aceptar mi papel de pobre y asumir mis responsabilidades como tal. Pude comprobar la ejecución fiel de los contratos de media jornada, con su debido pago en “B”. Tuve la fortuna de darle las gracias al patrón, por brindarme la oportunidad de tener unas vacaciones dignas de un plebeyo. Sin embargo, no contento con tal sutil regalo de la providencia, pude disfrutar de las suculentas ventajas de trabajos a mi medida: repartidor de pizza de incógnito, vendedor de rifas, aspiradoras, flores o dulces; supongo que el objetivo final era vender una ilusión o dejarte hasta la última gota de sudor vendiendo algo en lo que ni tú creías; reponedor de almacenes, llenando estanterías, teniendo la despensa vacía: qué ironía, ¿no?; monitor de bolera, que no de bolos; barman improvisado y, en ocasiones, las que más, borracho de profesión o de vocación, como usted prefiera; peón de obra, sin contrato ni beneficio, rozando el insulto; pinche de electricista, con una casa donde sólo una luz nos guiaba: mi madre, que hoy en día se apagó, aunque no para algunos; peón de granja, cuidando a unos animales injustamente encarcelados, cuando los que en verdad había que enjaular estaban fuera guiando sus designios - la verdad, nunca se me ocurrió proclamar que era víctima de un empobrecimiento injusto; quizás, porque más pobre no se podía ser: en la memoria, la cera dura de las velas tapando cada uno de los agujeros de las suelas de las únicas zapatillas de deporte que tenía cuando pibe, y que las utilizaba para que el agua de la lluvia no me calase los calcetines al ir a clase-. Cobré pocos finiquitos y enjutos, quizás como fiel reflejo de quien firmaba esos contratos  porque no le quedaba más remedio, porque tenía que dar de comer a un hijo.

Hoy en día, mientras que las empresas quiebran, sus líderes se autoliquidan con finiquitos que no insultan, sino que degradan la dignidad de las personas. Echan a la calle a familias enteras, roban el dinero de toda una vida con una inversión que llaman “paquetes preferentes”. Roban, roban y roban, pero eso sí, presuntamente, hasta que la justicia no diga lo contrario, aunque te hagan la peineta y se jacten de todo el dinero que han usurpado y que han aprehendido ilegalmente delante de tu cara –eso sí, todo muy democráticamente, porque así lo exige la comunidad internacional-.


Pero quizás, se nos olvidó que para poder jugar la liga de las estrellas –ahora, estrellada- lo primero que teníamos que hacer era estar manchados de fango hasta las orejas. Así, aquellas especies que profesaban la misma religión podían identificar a sus iguales y así aceptarlos en la manada.  Pero en lo que no depararon fue que aquellos que habíamos sido parte de su carnaza, no estábamos dispuestos a olvidar: ni hoy, ni nunca. 

                                                                                                                                             Guillermo de Jorge
                                                                                                                                                       Escritor

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