viernes, 22 de enero de 2016

EL PASO DE LOS TIEMPOS, DE LAS LUNAS DE LOS SOLES. (NARRATIVA)

EL PASO DE LOS TIEMPOS, DE LAS LUNAS DE LOS SOLES. (NARRATIVA)

DUNIA SÁNCHEZ


1

El renacer del alba es mención bajo una densa cascada donde los amados están liados al juego del buen querer. Amantes huidos de su aldea por no ser un amar deseado. Ellos se amaban siendo radicales a la opinión pública y con ello bastaba.
Se murmuraba que en aquella época la peste era epidemia de pueblos continuos y que iba creciendo hasta extenderse en las aldeas colindantes. Las gentes aterradas ante tantos muertos sin saber el por qué de ese maleficio. Ropas que se quemaban, muebles que ardían, moribundos esparcidos por las estrechas calles y al final la nada. Muchos huían en sus carretas, sobre sus piernas a otros lugares. Otros se quedaban buscaban auxilio en Dios acudiendo a la iglesia en manadas.
Los amantes Juan y María también huyeron, dos motivos los atizaban: su amor despreciado y la peste. Pero ellos decidieron mezclarse por el sombrío boscaje. Penetraron con sus manos vacías solo sus vestimentas. La exhuberancia y belleza de aquel lugar era tan pura que ensimismados y de mano caminaban por su corpulencia. La humedad sin embargo les acechaba y una bruma espesa comenzó a ascender entre sus pasos. Pasos lentos, sigilosos. Solo se escuchaba algún pájaro extraño, el crujir de las ramas cuando las pisaban y de hojas secas en aquel mar de la naturaleza. La noche llegó y con ello todo era oscuridad. María se encontraba dudosa. Por su mente pasaban historias que había oído de pequeña sobre el bosque.
-        Que solitario es este lugar. No se siente alma alguna ¿Dónde estaremos?
-        No lo se. Pero no te preocupes ahora estamos juntos y nada  nos pasará.
-        Ya es la noche y no se…
-        Si. No debemos detenernos. Seguro que encontraremos algún cobijo. No temas María ya hemos huido de lo peor. Sigamos.
   Ella asiente. Las palabras de Juan le da cierta energía positiva y le censura las dudas. Cada vez la oscuridad se acentúa más. El frío es rienda suelta. El agotamiento los toma por la espalda y la humedad impertinente penetra en sus huesos. Cuanto más penetran esa frondosidad interminable las fuerzas de la vitalidad se va esfumando. La desesperación viene. Viene lenta pero segura. Pero no se detienen en toda la noche. Caminan y caminan hasta que una sombra del alba les da una especie de aliento. Aliento que ellos reciben y los hace respirar tranquilos. María esta desfallecida. Hay algo en ella que dice que no.
-        Nos moriremos también.
-        No mujer. Que dices, descansemos ahora que amanece.


2

Y despertaron. Algo extraño había en su alrededor. No se hallaban en el bosque sino bajo un techo del que colgaban cosas raras aparte de hierbas. Estaban tendidos ras del suelo, un suelo como de paja y tapados con alguna piel de animal muerto.
  -¡La muerte¡ La dama muerte ha volado sobre nuestro espíritu cuando caímos en un largo cansancio y ahora estamos en su cabaña ¿Qué nos habrá otorgado Dios?
       María se exalta. Su rostro rasgado por llantos de dolor y sus manos temblorosas ante el juicio final venidero la impregna de horror.
-¡Qué error hemos cometido para merecer este castigo¡
    De repente entra en el habitáculo que se encuentra una anciana de mirada penetrante en la oscuridad de sus ojos y arrugada como sus pasos.
  -No soy la muerte muchacha miserable. No menosprecies mi hospitalidad. Os he recogido en el bosque maldito cuando el sol era guiño a más su ardiente calor. Intente despertaros en es instante. Pero nada. Casi la masa de la muerte en verdad os traga.
   María calla. A la vez que mira a la anciana busca a su amante. Lo encuentra con sus párpados aun cerrados.
-        ¿Está bien?
-        Si. Solo es la fatiga ya brillará.
   La anciana es austera en sus palabras. Parece un ser desconfiado y huraño pero en lo más profundo de su mirada se le nota la humildad, la nobleza.
-        Su amor joven?
-        Si- contesta ella dudosa en si es acierto sus palabras.
-        Ya entiendo. Habéis huido me lo huelo no solo por vuestro amor sino por la enfermedad que azota vuestra aldea. Que suerte. Seguís vivos por qué él, ese que esta en lo más alto quiso una nueva vida para vosotros.
            -¡Maria¡ ¡María¡ Amor mío ¿Dónde estás? Dame la mano para sentir tu calidez
    Despierta Juan al sentir la voz de María. No cesa de llamarla. Una llamada que enciende el corazón de ella.
-Estoy aquí amor. Cálmate.
- ¿Qué ocurre? ¿Dónde estamos?
- Estamos en el bosque querido. En una cabaña.
-Salvados María. Entonces estamos salvados amor .Creí que moriríamos. Creí que tu ser danzaba con las malignas hogueras de los muertos. Pero no es así. Estamos vivos.
- Ya veo que estás bien muchacho. Ahora que la felicidad os vuelve a la cara necesito que me ayudéis a la preparación de la siembra. Esto como pago a vuestra vida. No os obligo. Pero si no lo hacéis os maldeciré y regresaréis a donde os encontré. Tendréis que estar tres días en lo quehaceres de mis tierras luego os podréis marcha con mi bendición. Tres arduos días en la labor de la tierra. Ella les daba cobijo y comida. Tierras de un sombrío estado, fangosas. Tres días donde la niebla y la humedad les hacían el trabajo más pesado.  Pero confiados esa maldición que podría insuflar la anciana lo hicieron. Tres días que fueron fugaces.
- Que bien. Que buenos sois.  Aquí tenéis todo lo necesario para vuestro viaje. Os bendigo a los dos. No obstante tener cuidado por este lugar a muchos seres extraños arrancando las últimas riquezas de las almas perdidas. Atender con astucia cada presencia, cada aliento, cada movimiento. Y si el peligro es inevitable retroceder. Aquí estoy.



3

Alejados de aquella cabaña donde fueron emerger del respirar y la vida se introdujeron de nuevo por el vertiginoso boscaje. Caminaron con la advertencias de la ancianas hasta que dieron con un claro, un claro donde el resurgir de unas cabañas se posaba en sus miradas. Tras ellos de repente surgió algo. Se viraron. Era una joven.
-¿Quién eres?- dijo Juan
-Yo soy la celestial hiedra del bosque ¿Qué queréis vosotros? Seña o cuerpo. Elegir.
    Su voz era melodiosa. Sus ojos desorbitados  de un azul cielo. Comenzó a correr por  el bosque y desapareció entre las arboledas. Ellos se quedaron estupefactos pero siguieron en su andar. Se pararon al sentir un arroyuelo para descansar. Y siguieron y siguieron. Otro chasquido.
-        Será la loca- dice María atemorizada.
  Ambos se dieron la vuelta y tras ellos resulto ser un grupo de hombres de aparencias ilustre por los ropajes que llevaba.
-        Quien sois vosotros- preguntó uno de ellos.
-        Somos dos almas en busca de la vida.
-        ¡Huís de la peste¡
-        Si señor- contesto ella con respeto
-        Bien, podéis seguir. Pero antes comer algo con nosotros.

 Todos se acoplaron alrededor de esa carne asada en la hoguera. Además del caballero había tres hombres más. Pabló que prendió en rubor al ver a María. Tomás tosco en sus vestimentas y algo burlón y el más joven de todos el que le servia a ellos.
    Tras la comida María y Juan decidieron marcharse pero era la noche y el jefe de ellos los invitó  a que la pasara con ellos. Juan no quería mientras María era toda mudez. Sus ojos ardían algo ante la mirada de Pablo, no se que atracción interior le ejercía el jefe de ellos. Al final se quedaron la bruma ya era densa y las flores se habían apagado. Durmieron uno junto al otro para así merma el frío y la humedad. Cuando la oscuridad tapo la luna en su profundidad y el fuego apagado algo despertó a María. Era Pablo. Le hizo unas señas y ella se levantó y fue hasta donde el había indicado.
-        De que te vi. Supe que eras tu. Te amo. Por ello lucharé por tu amor.
-        No se, pero hay algo en mi interior que se mueve . Pero soy ala de otra ala a la cual también amo.
-        Decide mujer. El o yo. El amor es cosa de dos.
-        A el lo quiero o lo quise. Me protege. Por ti la sensación de llamas oprime mi vientre. Hacía tiempo que no lo sentía ¡Tiemblo¡ ¡Que hacer¡ Por ti revivo. Por el soy lucha.

Los dos volvieron a sus posiciones originales hasta que el alba con el trinar del boscaje los impulso a despertarse. Juan y María se marcharon. Pablo no estuvo en la despedida cosa que le extraño a sus compañeros.
  -Donde estabas se han ido ya.
- Si a buscar la tierra de la miseria seguro- contesto descortés Pablo.
- ¿Que dices? No le eches maldiciones a los muchachos, parecen buenos.
- No he dicho nada.
-No. Es tu corazón que bulle en amor. Te has enamorado de esa muchacha.
- La hallaré y seres una fuente única por la cual corre la felicidad.






4

 Seguían Juan y María asombrados de la diversidad de aquel entorno. Y llega otra noche, una noche más donde caravanas de luciérganas son los astros del bosque. Pero no estaban solos surgió un grupo de mujeres andrajosas bajo la sombra de la oscuridad.
-        Dos jovenzuelos en el bosque.
-        Quien soy vosotras- dijo Juan a la más anciana.
-        Somos la que creemos en lo deseado por conciencio.
-        ¿Qué queréis?- algo atemorizado se sentía Juan ante aquellas presencias.
  Rodearon a los dos y comenzaron a cantar.
       ¡Malhechoras de la savía¡
Es el apellido de nuestro hurto
Empuñamos ramos.
Arañamos el sol
Y los que tropiezan
Bajo nuestro círculo
Somos burlar de su don.
¡Malhechoras del cascarón¡
Alianza a nuestro bello busto
Vagabundas de la humillación
Para así ser llanto de la tierra
¡Malhechoras de los ricos¡
Segregando ese líquido regio
Abundante en sus ilustres mareas.
¡Malhechoras herejes¿
Desviadas de los pueblos
Por ser cenizas de sus luchas

-Nosotros no tenemos nadas mujeres. Somos pobres. Estamos huyendo de la peste
-Desnudarlos- grita la más anciana con una carcajada- y quitarles todas sus pertenencias.

Las hambrientas herejes se abatieron bruscamente contra Juan y María quitándoles todo lo que tenían. Desnudos en aquel enramado del boscaje y aquellas mujeres mirando.
-        Tu hombre. Sabes fornicar.
-        Que vais hacer. Están locas. Nos habéis dejado sin nada. Dejarlo a él- grita ella espantada
Amarraron a María de un árbol con sus cuerpo desnudo arañado por la corteza. Sangraba. A Juan le obligaron hacer el sexo con cada una de ellas. Cuando hubieron terminado fugaces desaparecieron en la oscuridad como si la tierra se las hubiese tragado. Juan fatigado yacía en la tierra. Exhalaba un lamento titátinico. María rechinaba en un llanto sórdido desde aquel árbol. Impotente, herida. Cuando Juan recobró conciencia se yerto con su cuerpo desnudo para desamarrar a María de aquel árbol.
-        ¿Qué vamos hacer querido mío? Sin nada, solo nuestros cueros. Volvamos a donde estaban aquellos caballeros quizás los encontremos.
-        No amor mío. Hay que ser valiente. Sigamos y sigamos en este extraño laberinto.


5
  Y continuaron. Desnudos. Callados. Absortos en que sería de ellos.  Se iban humedeciendo. Se iban helando. Y una especie de pena se observa en sus miradas que no se querían cruzar. Antes ellos apareció una clarea. Una clarea que los inclino a ser verticales ante las escasas fuerzas que les quedaban. Avanzaron hasta ella. Lo primero que avistaron fueron sus murallas y la puerta que suponían que sería la entraba. Dudaban. Pero no les quedaba más remedio. Entraron y antes de que ellos se dieran cuenta comenzó una especie de apaleamiento en forma de grito. Ellos sin embargo avanzaban ante el vocerío. Pero todo se detuvo. Una voz de mando ordenó a que parasen y poco a poco se fueron retirando dejándolos desfallecidos ante la iglesia. Era el alcalde de la villa.
- ¿Acaso les han cogido esas brujas del bosque?
- Si señor.
-No sois los únicos. Por ello he venido a salvaros de lo peor. Esta gente no entiende. Estáis con vida por qué me encontraba en la iglesia cuando comencé a escuchar el estruendo de sus gritos.
- Gracias señor.
     El alcalde mandó a buscar al posadero con un muchacho que estaba detrás suya. El chico con celeridad fue a la posada.
-        ¿Dónde esta el posadero?
-        Para que lo quieres muchacho- dijo la mujer.
-        El alcalde lo manda a buscar.
-        Vale.
  Inmediatamente el posadero estaba ante el alcalde. Al ver a Juan y María comprendió.
-        Posadero deseo que estos jóvenes tengan ropa y algo que llevarse al estómago.
-        Si señor.
-        Vosotros, muchachos ir con el les atenderá muy bien.
    Fueron detrás del posadero tiritando de frío y agotamiento. Una fina capa de lluvia comenzó a caer por el que apresuraron sus pasos. Llegados a la posada fueron atendidos con comida y nuevas ropas. El muchacho esperaba. Cuando Juan y María se encontraron con él fueron al encuentro del alcalde.
             -Bien muchachos. Os daré dos opciones de las cuales por providencia divina sabréis a que acataros. Os daré tierra que cuidaréis bajo mi protección o preferís seguir vuestra ruta. Ambos por instante se miraron y contestaron.
   - Si señor. Queremos las tierras.
Por un momento paso por su mente todo lo que habían pasado.
-        Pues bien. Tendréis que trabajarlas y construir vuestro hogar. Al principio os ayudaré pero después estaréis solo. Y como todos pagando algún tributo.
-        Vale señor- asintió Juan.
-        Vamos no perdamos el tiempo. Os llevaré al lugar donde emergeréis para la vida. Está a las fuera del pueblo. Con la labor bien echa ya veréis que son muy fructíferos.

Mientras caminaban por aquella aldea el alcalde gritaba y gritaba. Pedía ayuda por construir la casa de Juan y María a las afuera. Poco a poco todos iban saliendo y en fila uno detrás de otro acompañaban hacía el lugar donde estos seres renacerían su vida.
          Gentes de esta hermosa villa
Nuevos seres honraran a vuestro alcalde.
Benevolentes almas desamparadas
Que yo soy protección.
Venid, venid
Para celebrar y saludar
A nuestros nuevos vecinos.
Cantaba un seglar que por allí estaba y escuchaba las palabras del alcalde.


6

Tierras que parecían baldías. La sequedad de su faz inducía a Juan y María a pensar que sería imposible que de allí brotara algo. Pero manos a la obra, decían las gentes del pueblo. Todo es posible en este paraje en que habitamos. En un momento dado flautas y tambores comenzaron a sonar. En ese instante todos empezaron a construir esa casa donde habitaría Juan y María. Ellos miraban a los principios asombrados, intimidados con el recibimiento que habían tenido. Pero allí no se nombraba. Todos trabajan con gran celeridad y destreza mientras que las mujeres preparaban comidas en grandes calderos con una hoguera que habían engendrado. Todo era una fiesta que daba paso a la alegría, a la bienvenida de los nuevos. Cuando la noche llegó el nuevo cobijo de Juan y María ya era vertical. Alrededor de la comida y las hogueras se sentaron todos. Palmas, canciones por la labor realizada. Danzas que conjugaban con sus cantos.
                        ¡Danzad mozas¡
De nuestra moradas
Para ser viento del riuseñor
Zarandeando en nuestros corazones.
Danzad avecillas
Frágil palidez vuestras espíritus,
Mano de nuestra fuerza,
Nutrir del corazón ansiado de amor.
Danzad mozas bienaventuradas
Crujir como las flores
Ser aliento de nuestra calidez ,
Semilla de la felicidad.

   Y ellas bailan. Y María se anima en ese coro.
Caballero dame vuestra ala
Para ser bondad
De nuestra alma
Y los danzarines
Al amor encantado
Y ellos bailan. Y Juan se anima a ese coro de voces femeninas.

            Y la noche se cerraba y con ella todos dormían. Al amanecer fueron en busca de más madera para la casa al bosque que se desprendía no muy lejos. Uno de los cooperantes, un chico joven, era ríos de sangre al caerle un árbol sobre sus piernas. Rápido lo llevaron al lugar del trabajo cuando su mujer lo vio un dolor inmenso corrió por sus venas ¡Su joven esposo¡ Al encuentro del médico, al encuentro del cura fue uno de ellos.
-Señor cura
-Dime, que pasa. Nada bueno porque tu palidez me lo dice. Quien ha sido. Llévame al lugar.
 El muchacho y el cura corrieron por toda la aldea hasta el lugar donde se encontraba el herido.
-        ¿Dónde se halla el moribundo?- pregunto el párroco
-        Ahí señor con el médico que ya ha llegado- contesto uno de los hombres.
  El desdichado estaba agarrado por dos hombres corpulentos y junto a ellos el médico. Alrededor pero con cierto espacio se escuchaba un rumor de las gentes que allí estaban.
                               La muerte.
Hondo aguacero de cenizas,
Será vendimia de su alma
Con esa hoz negra.
Sus alaridos redoblan.
Descansa buen alma
Que Dios es justicia,
Perdona tus pecados
Y cuidará de tu amada.
La muerte es cercana
De la lánguida tonada.

-¿ Sobrevivirá a la amputación?- pregunta serio el cura
-Sí.
-Pues adiós. Yo no soy aun perdón de sus pecados que siga remendándolos .
Se va. Se va el cura con la rapidez que llega echando su malhumor a cada paso que da. El muchacho corre tras él.
-        Una limosna señor
-        ¡limosna¡ No hay muertos. No hay limosna. Mi tiempo perdido. Para la próxima vez cerciórate de que esta muerto de verdad.
El cura volvió a su iglesia. Allí estaba ella. Su amante o una de sus amantes.
Mientras en el lugar del lamento el accidentado no dejaba de gritar. Lo ataron con cuerdas. Su chillido era atroz, espeluznante sumido a un estado febril.
-        ¡Dios¡ ¡Dios¡ Tráeme la paz y aleja ese demonio grotesca que ronda tras de mí.
Después calló en el desmayo. Su rostro marmóreo desprendía enormes gotas de sudor.Y zas. Zas le amputaron la pierna. La mujer se abalanzó sobre el médico cargada de una energía tenebrosa.
-        ¿Esta salvado?
-        Si señora.
La alegría se tejió en sus soles. Sin decir nada corrió y corrió hacia a la iglesia. Entró. Y dos velas encendio a su venerado Dios colgado en la cruz. A igual que ella los que allí se hallaban alrededor del ileso gozaban de la alegría.
Luz a la vida.
Renacer de la muerte precoz.
Resucita el alma pecadora.
¡Qué abundancia es la gracia¡
El señor te perdona
Para que tu
Seas oración en su nombre.
¡Espíritu engendrado¡
Da gracias a Dios
Cuando tus párpados emanen brillo
Y seas serenata a la vida.
  Con la felicidad en sus pechos y todo acabado para Juan y María pudieran abrir sus vidas se marcharon al pueblo. Cantando. Brincando. Con el convaleciente en sus hombros. Allí les esperaba la mujer en las puertas de la aldea. De rodillas. Mirando a un cielo que se cerraba en astros.



7
  Y pasaron las estaciones. Estaciones donde Juan y María iban abriéndose como hiedra que con buenas raíces trepa hasta su equilibrio. Cultivaban, trabajaban en armonía. En el pueblo por igual solo alguna muerte aislada por enfermedad o vejez. Y esos meses María palidecía más. Hasta ese día en que su ser se desmaya.
-¿Qué te ocurre?- pregunta Juan al recuperarse ella.
-No lo sé. Tengo nauseas y las fuerzas decaen y decaen.
-Espera iré a avisar al médico del pueblo querida.
  Y corre y corre hasta llegar a la aldea. Se introduce en sus estrechas callejuelas hasta llegar a esa puerta donde vive el médico. Toca. El abre. Escuche las palabras de un Juan desesperado y lleno de llantos. El médico se torna calmado pero al ver la angustia de este se espabila y con celeridad va con él al encuentro de María.
   María y el médico se miran. Y con esa mirada ella parece comprender el por qué está así.
-        Entiendo. Entiendo la pesadez de mis fuerzas. Ven aquí Juan. Ven aquí amor mío. Tócame el vientre. Así, suave. Vamos a traer un hijo.
Juan que al principio temía lo peor le sobrevino una sonrisa de sorpresa a su rostro.
Y vinieron los meses sus campos de dorados trigales y huerto comenzaban a ser brío de sus cuidados. Un cielo hermoso en torno a anaranjado y malva se desprendía en aquel amanecer cuando María rompió aguas.
-        Juan. Juan. Ya llega. Ya viene. Avisa al doctor.
Juan envió aquel chico del principio que se había quedado con ellos a por el médico. En la espera no sabía qué hacer.
-        Agárrame fuerte Juan que ya está aquí- decía ella jadeante- sácamelo Juan.
Juan cimbraba no sabía cómo pero seguía la indicación de su esposa.  Y tiró y tiró y entre sus brazos una masa sanguinolenta que vivía. Por unos instantes su mente fue un túnel oscuro donde la fatiga pinchaba y después ante la mirada exhausta y fatigada  de María recobró conciencia. Observó aquel niño atentamente. Buscaba alguna indicación al parecido con ellos. Pero no. La vellosidad de su cabeza era rojiza. No prestó atención pero quedó pensativo. Ellos eran morenos.










8
Y pasaban los meses, las estaciones, los años. La cosecha ya daba sus frutos. Cosechas que con el esfuerzo de Maria y Juan se liaban entre sus manos. Pablo, el niño nacido, crecía y crecía. Era frondosidad de la lindez y altura. María lo miraba. Y cada mirada se desviaba al pasado ¿Qué será de él?, se preguntaba. Aun recordaba aquel hombre. Aquel hombre que ahora se reflejaba en su hijo. Pero aun así con su memoria ferviente en aquel ser Juan le daba estabilidad, equilibrio. Se llevaban bien. Callar y callar, se decía. Para no hacer daño a este hombre que tanto ha hecho por mí.
      Y el jefe y sus tres caballeros ahí estaban en el bosque como siempre. Como vigías de cualquier movimiento nacido de su sombra. Hasta ellos había llegado un nuevo secreto, un secreto aberrante según su uso, pienso yo. La pólvora y el armamento necesario para su uso. Cuando eran tranquilidad de ese lugar sombrío pero esplendoroso llego a ellos un mensajero. Un mensajero del rey. Después de haber entregado una nota al jefe este se dirigió a sus hombres.
-        Nos vamos a Noam.
 Noam ciudad grandiosa acorazada por el océano. Una ciudad que había crecido y crecido hasta poseer la catedral más hermosa de por aquellos años entonces. Pero existía un problema. Una ciudad rival comandada por un rey indomable y sangriento ejercito. Can, que así es su nombre una ciudad que muerde ante su egoísmo. Había que salvar a Noam antes de que se filtrara la malicia de Can. Cogerían las embarcaciones en Noam, así pensaba de rápido el jefe. Y cuando la mar volará en la calma y llenos de pólvora. Una vez próximos al enemigo y esperando el ataque encenderían la mecha la cual explosionaría a las embarcaciones con los de Can dentro. Esa era la estrategia. Fama por ellas tenía estos valientes hombres. Por ello fueron llamados.  Y así fue. Pasaron los días y esperaron. El rey de Can al ver aquella matanza mandó un mensajero a Noam que decía:
Tras ser castigo del señor.
Al hostigar a vuestro humilde pueblo.
Ruego el perdón de mis pecados
Como así la unión de nuestras manos.
He comprobado el poder del castigo
Tan doloroso como maldito
Por ello soy firma de la paz
Que más nunca asolaremos a vuestro reino.
Y así llego la paz, la tranquilidad de Noam. Ellos, los caballeros volvieron al bosque a la espera de otro aviso. Así eran sus vidas.




9
Las malditas del bosque seguían haciendo de las suyas. Los habitantes ya estaban hartos.  Hartos de ese rayo maléfico que insuflaban sus lenguas, a cada ser que pasará por allí. La población llegaba a sus límites y el alcalde ya no podía ofrecer más tierras. Por lo que expuso ante cada callejuela que pasaba su sentencia.
Traerlas.
Sí, condenadas están
Bajo mi mando.
Nunca más
Nunca más
Seremos víctimas de ellas.
Cazarlas.
Cazarlas.
Sin nada.
Se les condena
A ser amarrada a esos postes,
Uno para cada uno de ellas.
Desnudas
Sin alimento.

Y corrieron al bosque. Y corrieron con la hoz y cuchillos ha atraparlas. Una larga lucha se armó. Ellas conocedoras de aquel lugar aunque eran pocas les hacía difícil capturarlas. Pero eran muchos y ya estaban hartos de ellas. Feroz batalla que termino con ser amarradas y llevadas a la aldea. Por el camino de vuelta iban cantando los aldeanos vítores de alegrías mientras que ellas con de sus bocas expulsaban espumas venenosas. Las llevaron al centro de la plaza y allí las ataron para toda la vida. Y así pasaban las semanas. Ellas desfallecidas. Ellas helándose sus entrañas. Ellas zumbados por una lluvia impertinentes que las hacía dar un quejido sórdido. Quejido que duraba días y noches. Solo eran huesos, huesos que penaban. Juan un día ante el lamento y preocupado se acercó a ellas cuando la noche no era de luna.
-        Os acordáis de mí. Me violasteis en el bosque hace años ¿Por qué? ¿Por qué?
-        Es nuestra venganza. Por el daño del pasado. Ja, Ja.
-        ¿Qué venganza? ¿Qué os hicieron?
-        ¿Qué nos hicieron? Vete, vete. Ja, ja.
-        No me iré hasta saber la verdad.
Hablaban al unísono como si todas fueran una.
           -Pues bien. Te contaremos. Ya no nos quedan muchas fuerzas y los demonios vendrán. Nosotras vivíamos a las afuera de esta aldea. Eras jóvenes felices viviendo con nuestras familias. Un día la guerra estalló por lo que todos los hombres tuvieron que partir. Ellos jamás regresaron. Nosotras las mujeres tuvimos que realizar todos los trabajos para sobrevivir. Una noche. Una noche como la de hoy donde la luna se esconde prendieron nuestro cobertizo. Cuando salimos un círculo de antorchas dando alaridos estaban fuera. Nos metimos de nuevo en la casa. Por lo que empezaron a prender esta. Asustadas y temiendo lo peor salimos. Mataron a nuestras madres y abuelas a pedradas y nosotras una y otra vez fuimos violadas. Todo cenizas. Solo nos quedo una alternativa la muerte y la venganza.
- Todos no somos iguales- dijo Juan asombrado.
- La venganza es eterna y el dolor aconseja a la herida.

          
10

Ahí en el boscaje también pasan los años. Los estratagemas permanecen así aislados a la espera de una noticia, de alguna labor a realizar. Y llega la misión. Una misión que los llevará a un país lejano de nombre Temo y rodeado por el océano. Nunca habían oído su nombre pero ellos serán enviados allí. Un lugar de costumbres distintas a su país natal pero mano amiga de donde ellos fueron engendrados. Y leyeron la notificación. Una nota que iba más allá de la realidad. Quedaron espantados ante ese escrito. Tenían que matar. Si matar a cualquier raza distinta a ellos, a vagabundos, gentes mermadas por alguna dolencia ya fuero cojo o manco o la locura en sus carnes. Al fin al cabo un disparate.
-¿Nosotros amigos de este asesino?
- Callad- grito el jefe enfurecido-Tenemos que hacerlo, es una orden.
 Una orden que los dejaron cabizbajo. De nuevo zarparon. A Temo. Cada uno de ellos sentía una opresión en el pecho, un dolor intenso que los hacía no mirarse a la cara. No podían. La atrocidad que iban a cometer era injusta, era disparatada. Llegaron a Temo y penetraron en sus entrañas observando, observando cada ser que tenían que asesinar. Esperaban que la noche fuera hilo conductor de ese proceso horrendo. Sí, cuando el silencio solo alumbrado por una llovizna débil les dijera vamos allá. “Huid, huid”, les decían. “Os persigue la muerte. La naturaleza humana es a veces cruel”. Y pasaron los meses, las noches y todos habían desaparecido en la profundidad del boscaje de aquella isla. No quedaba nadie. Pero estaban vivos. Sí, vivos para que pudieran reiniciar sus vidas. Así mezclados entre árboles y arbustos que harán de muralla contra los depredadores de los inocentes. El viento les avisará del peligro y las pisadas sobre las ramas secas los inducirá a su defensa. Eso pensaban los estrategias. Habiendo acabado su trabajo volvieron a su bosque esta vez decaídos, incomprensibles a la barbarie humana. Allí todo era calma y un silencio que los hacía estremecer.



11
 Todavía esas mujeres de mundo no habían eran muerte. Sus rostros pupilas dilatadas negras era seña de sus fortalezas. Solo eran un manojo de huesos, huesos que aullaban cuando la noche era sombra del pueblo. Por todos los rincones se escuchaban sus gemidos. Sus gentes ya se habían acostumbrado. Todos pensaban que en el vecino invierno callarían para siempre. Juan habló con su esposa. Juan era un hombre de pensamientos firmes y coherentes por lo que no había ningún indicio de venganza contra aquellas mujeres. Tenía un plan, no soportaba más ese dolor y más sabiendo la historia que ellas les habían contado. Cuando la noche callera, una noche de otoño donde el gemir se confunde con el rascar de las ramas les daré libertad, contó.
-        Pero qué dices Juan.
-        Ya sé que sus maldades fue tempestad a muchos del pueblo incluso a nosotros. Pero no ha habido muertos, todos han olvidado. Solo por el mero hecho de hacer la maldad con sus críticas odiosas los ha llevado a la venganza uno por uno. Sus voces se pasan y todos en masa hemos caído sobre ellas, incluso, creo yo, que este odio ha sido provocado. Que más de uno le daba igual. Pero los rumores…Las lenguas feroces de la exageración…han hecho estos.
-        Te condenarán. Nos echaran amor mío.
-        No. No te preocupes María soy ágil y águila del viento. Nadie lo sabrá. Y estoy seguro que de las bocas de ella no saldrá nada.
 María preocupada, mortificada dio su conformidad. Entendía a su marido. Era una barbarie lo que estaban haciendo con aquellas mujeres. Pasaron las noches. Y una noche sin luna cuando el viento otoñal era violín acelerando cuyas notas distorsionaban la atmósfera fue al pueblo, fue al centro de la plaza y las liberó. Huid, huid, dijo Juan. Desaparecer mientras los astros y el viento taponan las miradas y las orejas.



12
 Declina la noche. El amanecer se ve entregado a una bóveda ceniza. El  pueblo va despertando y alguien canta. Sí, canta al suceso desconocido.
   Escurridizas son.
   Una mano desleal os ha brindado el vuelo
Para que seáis más malvadas
 Se han salvado por ahora
Han huído
Han desaparecido en la malignidad.

    Escuchan. No entiende lo sucedido. Y todos van a la plaza, así, como se levantan. Los postes están vacíos. Ellas no están. Sí, ellas que ya deberían de ser sepultura. Voceríos se arrojan a la vez que una densa niebla los atrapa. Como ha podido ser si ya estaban en las últimas. Más allá de la plaza María siente temor por si descubren a Juan. Sí a Juan que les dio libertad. Todos vuelven a sus hogares, el frío raja los rostros. Piensan que tal vez que con la venida del invierno y la debilidad de estas mueran. Muerte en la desnudez de sus cuerpos en el boscaje donde el ambiente es aun más agudo que el pueblo. El alcalde estalla. No entra en su comprensión, se aproxima donde están esos postes vacíos y en su soledad habla.
   Será torturado,
Hasta que la tierra lo cubra
Aquel que haya sido puñal
Contra sus vecinos, con sus amigos.
No habrá perdón.




13
Ahí estaban los estrategias. Con otro quehacer pero esta vez en su propio reino. Maum nombre del reino de donde ellos eran hijos proyectaba terrores. Terrores a las mujeres embarazadas.  Tenían que hallar a ese hombre de las montañas, a ese misterioso grotesco que bajaba de ella cuando una mujer estaba preñada. Para arrebatarle la vida. Con un puñal de fuego cuando todo era oscuridad y la luna dormía el descendía por esos barrancos hasta aquella casa donde había vida en el vientre. Uno de ellos se arrodillo, alzó sus brazos a la copa de los árboles que sombreaban aquel lugar.
Fin, fin a todo esto. Los hijos de nuestro pueblo son solo muerte ¡Por qué dios¡ No entiendo. Siempre hay algo nefasto en esta tierra. Esta tierra que pisamos y dejamos la huella del horror.
Todos lo sabían menos los estrategias el por qué aquel hombre se tornó asesino. Tuvo un ayer doloso, penoso. Antes vivía en el pueblo y se mostraba grato. Estaba casado y tenía dos hijos. Su mujer se hallaba embarazada. Pero una bala mortal le alcanzaba estaba en la absoluta miseria aunque trabajara de sol a sol. Su mujer dio a luz el niño. Pero ella desangrada perdía aliento cada día que pasaba. Fue a pedir ayuda. No se la dieron, los pobres por aquel entonces no tenían derecho a nada. Eran tratados como escoria. La mujer se fue a un mundo subterráneo. El niño indefenso enfermó. De nuevo fue a pedir auxilio. Nada. La nada se cernía sobre él. Su pequeño falleció fundando en el un retorcido carácter a medida que el tiempo avanzaba. Abandonó el pueblo y los dos hijos que ya tenía los dejó en el orfanato. Avanzó hacia la cumbre, a un lugar inhóspito, solitario, difícil de localizar. Alejado de todos comenzó a sollozar. Un llanto que en las noches sin luna crujía como algo espantoso. Todo el pueblo lo oía y era insoportable. Con el paso de los años su callar se hizo brutal. No más penas, ahora quedaba la venganza. Sí, esa venganza que iba recorriendo su sangre en noches de luna llena. Como bestia que olfatea bajaba al pueblo en busca de su presa.
Los estrategias esperaron y esperaron a que la luna resplandeciera con todo su fulgor y alguna mujer en parto. Movimientos rápidos y censurados al ruido para cazarlo. Ahí venía el viejo de la montaña con su puñal. Se le echaron encima pero este hombre aunque anciano tenía las fuerzas de las tinieblas, de una vita edificada en el anonimato y solitaria. Una apuñalada alcanzó a uno de ellos. De bruces en la tierra se transformók en la faz del terror. “Se fuerte”, se decía, jadeaba. “Lucha, lucha contra el mal”. Mientras los otros tres lograron sujetarlo. Lo amarraron en un árbol para después ser ahorcado. Antes fueron hasta su compañero. Ya era examine, su rostro anquilosado ya reflejaba el inframundo, esa oscuridad donde los rayos solares no más incidirán sobre él. “ Se justo. Os quiero”, fueron sus últimas palabras. Entonces se dispusieron a colgar al asesino como ordenó el rey. Esperaron al cura. Ese cura que se retrasaba.
¡Tu nutrir de los pecados¡
Ya no eres de este lugar
Que Dios te perdone.
Fueron las palabras del cura. La soga fue echada al cuello y antes de ello le permitieron decir unas palabras.
-Pronuncia tu último aliento viejo de las montañas.
-Tú.
Y uno de los estrategias lo miró con los ojos inyectados en sangre ante el murmullo de la noche y de todos los vecinos venidos al lugar.
-        Sí tu. Al que llaman Pablo. Tú qué eres estrategia para el castigo. ¡Eres mi hijo¡ Pero ahora te dejo. Un aborrecer revuelve mi sangre. Lo que engendras se vuelve contra ti. Adiós.
Alguien a lo lejos cantaba, cantaba a este ritual que se estaba llevando a cabo. La muerte de un infeliz, de un hombre cuya venganza no tenía fin.
Y al fin y al cabo fue ahorcado,
En honor a las víctimas
Aunque su lengua grotesca
Era aliento de negra sangre.
Ha desaparecido
Con sus pies colgando
Sobre una tierra que le dio la vida.
Sus colmillos no regresaran.
¡Salid¡ ¡Salid¡
Gentes de este pueblo.



14
Pablo herido estaba enfrascado en tenebrosos vendavales. Su padre. Un asesino que el mismo asfixió hasta llevarlo a un submundo de ecos insondables. Su rostro como las nubes que se avecinan de una hojarasca que se iba y un invierno que ya flotaba en el aire era tétrico. Consternado y en las esferas de la duda se dirigió al entierro de su compañero. Estaba callado, no miraba a nadie. Se fue y en el bosque un recóndito lugar desconocido quemó todas sus insignias de estratega, de su pasado. Indefenso y desnutrido de sus armas se internó más y más en el bosque, por esos rincones donde esas mujeres de la mala sangre hacían sus fechorías. Ya deberían de estar muertas, pensó él. Durante meses se sumió en sus pensamientos, era presa del pánico y un meditar frenético. Si la tuviera aquí, se decía. Sí, esa mujer del ayer. María, María…llamaba todos los días cuando la noche mecía su frío. Por allí no pasaba nadie. Con el tiempo rompía en gritos líricos convirtiéndose así, en un seglar, en un poeta, en un artista que esperanzaba un canto a la vida por medio de la palabra. Un tiempo que solo concurría  a la villa en busca de papel y pluma.
Y ella donde está,
Aquella que en una noche de hogueras y bebidas
Me sedujo con su aroma, con sus besos.
Inolvidable vacío
El que siento
Y la dibujaba, y la dibujaba. Recordaba perfectamente su rostro, su silueta aunque aquella noche fuera la más oscura.



15
El invierno. El invierno. Una aldea que se tiñe de polvo blanco, unas cosechas que por la dureza de este son destruidas. Todo se acaba hasta los alimentos. El hambre. El hambre parece tropezar en los pasos de cualquier gente del lugar. El alcalde, protector y recaudador, se veía preocupado. El helar arrebatará nuestras vidas, pensaba. Mientras en el hogar donde María y Juan conviven a las afueras tenía poco abastecimiento.  Debían hacer racionamiento y sacrificar sus vientres en ese año aterrador.
Vienes blanca.
Vienes de huesos.
Vienes de los infiernos bajo el granizo.
Muertes y más muertes
Se revuelcan en la plaza, en la huída.
Cantaba alguien por los cuerpos semimuertos ante la iglesia.
 No eran suficientes las ropas y el bosque lejos y como un muro de difícil acceso los ahuyentaba de ir a cortar madera. No había calor bajo sus techos así los más débil iban muriendo cubriendo la aldea con un lamento terrible, brutal. Niños, ancianos, vagabundos, débiles todo se iba extinguiendo que el feroz retorcer del estación invernal iba avanzando. Pero llego esos días, esos días donde el terror termina y un sol derrite el lamento. Esa primavera tan esperada, tan deseada. Tanto que unos a otros se abrazaban entre lágrimas, entre gritos de vencidos y vencido esa bestia capa de capa blanca y temperaturas atroces. Y así cantaban los que quedaron en ese pueblo.
Astro rey padre de nuestra vida
Vienes con la fuerza de la alegría
Después de una devastadora sentencia natural.
Vienes con el sosiego
A nuestros cuerpos titilantes
De tanta y tanta helada
Astro rey nos auxilias
Este pueblo desnutrido de fertilidad.
Afianza nuestras ganas
Con la vitalidad ida.
Tráela, tráela.



16
Primavera. Primavera. Arroyuelos que corren desde la cumbre para culminar en los cultivos y así germinar en un verano que se aproxima. Es época de recolecta, de observar lo tejido, de ventas. Y el pueblo se anima. Se anima en esa caravana que irá de mercado a mercado a otras villas para la venta, para el trueque. Ahí está Juan y María, preparados, listos, con todo dispuesto para esa nueva experiencia. Todo reverdece, todo es anunciado por un pinzón azul que desciende de las alturas como aviso que ya es hora de comenzar el viaje y cantan y cantan.
                         La ilusión
De la fruta variopinta,
La ilusión de telas
Que darán abrigo,
La ilusión de los artesanos
Que nos embriagaran
Con sus manos de hacedor.
Nuestros animales
Que priman en robustez
Preparemos para este viaje
Por las sendas de la esperanza,
De la benevolencia del tiempo.





17
El tiempo recorre este boscaje húmedo y sumiso a la exuberancia. Llevo meses en este recóndito lugar apartado de toda civilización. La muerte de un amigo es ya casi olvido cada vez que miro esa cascada que se halla frente mí. Pero me encuentro tan vacío… que mi escabullir en estos lares oscuros es solo ruido del viento que aprisa pasa. Dónde estarás, me pregunto. Sí, ella. Siento tu voz cada vez que el lamento viene a mí. Sí a mí, arrebatándome toda condición de fortaleza en lo más profundo de estas arboledas. La escucho como enamorado de sus labios, de su ser . Y doy un beso retornando a aquella noche. Ahora todo es invernal, parece que me congelo pero no. Te buscaré y te buscaré y después morir a tus pies con el último aliento.  Que escucho, que escucho. Un llanto. Se levanto de la piedra que se hallaba sentado, extrañado fue hacia unos matorrales donde un quejido monótono estrangulaba sus sentidos. Lo que descubrió lo indujo a un asombro pálido. Una mujer y a su lado un recién nacido. Sangre y más sangre. Cogió al niño y lo llevó a su refugio. Sangre y más sangre. Aunque su lugar no era un sitio bien caliente estaría mejor, ahuyentaría cualquier fiera. Volvió donde ella estaba, su rostro decía que ya era hija de las profundidades de la tierra. Con sus propias manos y con celeridad la enterró. Una mezcla se sudor, barro y sangre recorría su frente. Extasiado fue a su cabaña. Allí estaba el niño ya más calmo. No me importa tu procedencia. Tu madre yace muerta yo a partir de ahora, de ya te protegeré. Serás hijo mío, hijo de las estrellas, hijo del amor que te pueda dar, le dijo. Aquí crecerás. Ya verás, ya verás como de ti emanara la belleza y el bonancible carácter. Solo hace pocas horas que estás conmigo y ya te siento mío como si fueras parte de mí. Siento que la primavera llega con todo su apoteósico poder. Hielos derretidos, arroyos que fluyen, flores que reviven el vals de la brisa.



18
Estación de caravanas. Tras la bendición del cura a todos los que iban en medio de la plaza el pueblo arranca su ruta. Protegidos por unos pocos soldados para la protección en largo viaje.
Se va la cosecha.
Se van las telas.
Se van los vinos.
Se van los artesanos con sus artes
A la ventura de las ventas, del intercambio.
Que vengan las riquezas.
Que venga el bienestar.
Contentos, alegres, dudosos,
Avanzan adelante.
Penetraron de lleno en el bosque. Solo hombres. Mujeres en casa guardando, atareadas en su quehacer. Iban al antiguo pueblo de Juan. Un pueblo donde ya la peste había sido censurada y cicatrizada con el tiempo. La primera noche, noche sin luna, la pasaron en el bosque. Ese boscaje tan temido más recuerdan aquellas mujeres huídas. El aullar de un lobo. Se aproximaban, en círculos encendieron antorchas para estos animales de colmillos sangrantes en la ansiedad de alimento. Truenos se escuchan. De repente comienza a llover. Todos mano a mano se alabanza en los tejidos, en los zapatos, en los alimentos porque todo ha de permanecer impecable, intacto para la venta.  Fue una noche de tormentas, de lobos amenazantes, de antorchas que luchaban hasta la salida del sol. Y ahí está. El sol. Él sol. Continúan su camino sin parar. Y llegan. Llegan ese día de fiesta y alegría, de abrazos y sonrisas. Juan entretanto recordaba con amargura aquella época terrible, desesperante. Lágrimas se insuflaban de su rostro. De repente una mano en su hombro. Se viró. Y allí estaba el alcalde de esa aldea. Lo reconocía. Lo reconocía. Sus ojos clavaron agujas ardientes sobre los ojos de Juan.
-Tu, traidor. Huir cuando la gente te necesitaba. Tu caridad es mala. Cobardía ante la agonía de un pueblo. Vete. Vete. No tienes derecho a pisar esta tierra de la que has huido.
Juan estático. Juan helado. Juan pálido ¡Qué decir¡ ¡Qué excusa…¡
-        Huí por qué aquí moriría mi mujer.
-        Yo no he muerto. Muchos no han muerto. Ahora estás aquí. Te quieres enriquecer a costa de nosotros. No mereces nada. Vete. Vete.
El alcalde en un ataque de ira y con su fusta se la emprendió con el puesto de Juan. Golpeaba y golpeaba. Todos sus compañeros miraban atónitos. No entendían lo que estaba sucediendo.
-¡Por qué¡ ¡Por qué haces esto a un humilde campesino¡ El pasado no cuenta. Detente. Detente.
Y le arrebató la fusta al alcalde. Los soldados de él al ver lo que pasaba y agarraron a Juan.
-        Llevarlo a la celda. Sí, encarcelarlo para que aprenda.

-        No. No puede ser. Mi huida. Mi mujer. Mi hijo. No, no me podéis detener Por qué? ¡Por qué¡

-        Las penas del ayer hay que pagarla y tu fuiste injusto, recuerda.

Arrastrado, humillado fue llevado a una celda. El gritaba y gritaba. Un gran pesar rompía su verticalidad. La impotencia respondía a sus lágrimas. Le encadenaron manos y pies. Por su mente pasaba el ayer. Juan y el alcalde era malos amigos por ello de la venganza. El sabía que también quería a María, que la deseaba viva o muerta. Por ello de aquel duelo en el pasado. En la colina más alta, con palos largos y finos. El alcalde perdió por ello de esa venganza.
  Uno de los escoltas soldados fue hablar con el alcalde de esa villa.
-        En mi pueblo es castigo la traición cuando la muerte se avecina con su tempestad de sucesos unos tras otros.
-        Si, lo entiendo señor pero otros se fueron no el solo. Es algo normal. Por ello ruego su libertad.
-        ¡No¡ Primero recibirá su castigo.
-        No. No puede ser. Con que podemos pagar su pena.
-        ¡Con nada¡ Nada sobre esta tierra podrá pagarse para salvarlo de ello.
-        ¡Usted va en contra de la ley señor¡ Su amistad con nuestro pueblo es dudosa.
-        ¡Mi amistad…¡ ¡Mi amistad es sincera y noble¡ Dentro de un mes será entregado mientras permanecerá aquí.
-        Tiene esposa e hijo señor.
-        No hay retroceso. Marchaos de mi pueblo. Cuando termine el mercado tenéis que iros y él se quedará aquí. Si no cumplís mis órdenes esto puede pronunciarse en una batalla.



19
Quisiera volar. Quisiera ser invisible ante los ojos de este pueblo maldito que me condena por mi ayer ¡Por qué¡, me pregunto. No sabía que el escapar de las malas manos de una epidemia que nos llega a las entrañas de esta tierra fuera castigo. Ahora, aquí encerrado. Con otros. Sí , con otros. Atado de pies y manos como si fuera un asesino. Oh , mi mujer. Oh, mi hijo. Qué será de ellos. Ellos que esperaban fervientes de alegría mis primeras ganancias tras un año de lucha con la labor. Ahora nada. La nada dibuja estas paredes grises, húmedas, infectas. Cómo no me di cuenta. La incredulidad se cierne sobre mí. Mis manos sangran. Mis pies sangran. Estoy preso. Preso por un ser que es odio y que ahora es poder ¡Mi familia¡ El rigor del llanto es guerra que me atosiga. Estoy desesperado. Oh, la libertad. Sí, ser libre para poder ser encuentro con mi hijo, con mi esposa. Pero no. He de pagar mis culpas. Encadenado a la desidia, a la imposibilidad de volar y volar hasta donde ellos se hallan y abrazarlos. Los quiero tanto…Pero de está saldré. Un mes a dicho. No sé qué pensar. Su odio aplastante es demasiado. Yo le robé a su María. Y por qué no. El solo era un presumido de mala muerte que se llevaba todas las muchachas por su vereda. Menos María. Menos María. María me quería a mí. Amor maldecido, amor de la huida. No quiero comer. Pero he de probar bocado si no los veré jamás. He de estar fuerte. He de estar con los pilares bien afincados a este piso de lodo y excrementos. Me siento débil físicamente. Pero mi mente reboza de fortaleza. Espérame. Espérame hijo, mujer mía.



20
Mudos, absortos, apenados se van del pueblo vecino ya vendido e intercambiado las mercancías. Otra vez tenían que atravesar ese endemoniada masa boscosa, oscura, opaca. Otra vez los truenos, los relámpagos y esa tormenta. A lo lejos vislumbraron una luz, una luz que provenía de una cabaña ¿Quién vivirá allí? , se dijeron. El escolta soldado se bajo de su caballo y se aproximó. De entre las ramas salió un hombre con piedra en mano.
-        Yo antiguo estrategia vivo aquí.
-        ¿Cómo que vives aquí?
-        Si. Esta es mi patria, mi lugar.
-        Deberías de ir a algún lugar donde te den tierras ¿Estás solo?
-        Si- dijo Pablo- No me interesa. Puedo sobrevivir aquí. Marchaos. Seguid vuestro camino.
             Y siguieron con sus pasos en la penumbra de aquel sitio. De repente aves que se desperdigan en el crujido de las hojas secas. De repente un asalto por los poscritos que andan en ese enrevesada maleza. Ellos con solo cuatro escoltas soldados. Los otros un numero indeterminable de bandidos que se zambullían contra ellos con la experiencia de los años. Todos a lucha, a la defensa de sus pertenencias y beneficios. Pero es imposible. Unos caen heridos, otros muertos. Y fugaces desaparecen en medio de la nada. Ellos desorientados, extenuados, llorosos ¿Cómo volver al pueblo?, se preguntaban. Juan encarcelado, nuestras manos vacías. Todo perdido. El alcalde, nuestro señor, se enfurecerá. Oh, que desgracia ha caído sobre nosotros. Hay uno de herida mortal, los otros, nosotros heridos. Sí, con nuestras manos vacías, se decían. Ay de nuestros hijos, de nuestras mujeres. Pero tenemos que avanzar. Así carcomidos por las fechorías de otros, con la ausencia de unos, con el desastre. Ya queda poco. Esto no lo esperábamos. Dios, di por qué. El Dios no contesta. No contesta nadie. El silencio rompe sus rostros cansados con el color de sangre. Y siguen avanzando hasta las afuera de ese inframundo verdoso y frondoso. Ahora todo es un descampado del cual se avista la aldea. Pocos kilómetros quedan. Quedan para presentar sus caras pálidas ante la derrota, ante la humillación, ante la pérdida. Van lentos. Muy lentos. Las fuerzas se hunden y no desean malas noticias. Pero en sus interiores brota no se qué dolor, desgana. Todo ha sido un fracaso. Ahí en el centro de la plaza el alcalde, el párroco, las mujeres, los niños, los ancianos esperando. Ahí en la plaza una nube gris primaveral pasa a ras de sus rostros cuando los ven llegar. Las madres abrazan a sus hijos, los ancianos se sientan y corriendo con avidez el alcalde y el párroco se aproxima. Como mirar cara a cara la derrota, la ofuscación de la alegría. Lágrimas danzan como lluvia en la densa atmósfera.
-¡Qué ha ocurrido¡- grita el alcalde.
-¡Los hijos del demonio¡- grita el cura- Han sido ellos. Verdad. Os han arrebatado todo, todo…Dios por qué, no te basta con el cruel invierno para que ahora nos azotes con la tempestad de ladrones. Di Dios por qué…Qué mal hemos hecho. No lo entiendo. Aquí ante tu tierra caigo de rodillas y te suplico, te suplico no más penalidades. Esto es devastador. Qué vamos hacer.
-Qué vamos hacer señor cura… ¡Cazarlos¡ Desde ahora, no hay tiempo.
          Unos de los soldados escolta sale ante el público, ante las palabras del alcalde.
-Juan señor…Juan está encarcelado en el pueblo vecino.
-¡Encarcelado¡
 María allí presente al escuchar esta palabras se doblo de dolor y de rodillas se dirigió hasta el soldado escolta.
-¡Qué dices¡ ¡Què dices¡ Mi Juan encarcelado ¿Por qué? ¡Por qué¡
- Por su huída en el ayer cuando la enfermedad acosaba esas tierras.
- No ¡No puede ser¡ Mi alma se cae, la pena es tan aguda que me siento desfallecer ¿Volverá? Dime escolta, ¿volverá?
- Sí, dentro de un mes cuando cumpla la pena.
- Qué puedo hacer.
- Nada señora.
- Esperaremos un mes. Señora no se preocupe intentaré solventar esto lo antes posible. Mientras…esperemos. Si dentro de un mes no es devuelto buscaremos otra solución. Ahora preparaos hay que atrapar a esos mal nacidos.    Vosotras y niños a sus casas.



       21
             Juan en la celda. Juan encarcelado. Juan encadenado. Juan desnutrido. Juan en el lamento. Juan en el dolor. No solo. Solo no estaba. Habían dos presos más con el llamados Eduardo y Jorge ¿Qué habrán hecho?, se preguntaba ¿Por qué estarán aquí? Juan sin fuerzas escucha sus conversaciones pero no logra entender, no alcanza el por qué…
-        ¿Por qué estáis aquí?- pregunta doliente Juan.
-        Yo maté a tres hombres- contesto Eduardo- Si quieres te hago un favor amigo…Piénsatelo
Juan apartó la mirada asesina de Eduardo. Su aliento escupía sangre, delirio.
         -Yo he robado. Robar a ese maldito alcalde para darle de comer a mis hijos- dijo el otro. Aquí estoy ahora. Condenado a muerte. No. No lo soporto. Quien cuidará de mis hijos. Mi esposa muerta y ellos solo. Se los llevaran al orfanato donde me han dicho que se ven cosas horribles.
La conversación se para. Entran dos soldados. Se llevan a Juan ante el alcalde este en su despacho pronunciará el castigo que ha de recibir.
-Buenos días compañero del ayer. Pero ante nada quiero que te arrodilles ante mí, ante mi pueblo. Sí, arrodillarte por todos los pecados cometidos. Tu ausencia. Veredicto suficiente para que ahora por treinta días seas esclavo mío. Me escuchas. Sino tomas razón y desobedeces serás condenado por hereje. Ya sabes lo que te esperaría.
 Juan observaba. Juan se le engarrotaba la garganta. Juan se siente débil. En su mente pasaba su muerte, su desesperante ante este ser ¿Cuál sería su castigo? No entendía.
-Todo esto se moverá en una serie de pruebas. Pruebas que tendrás que pasar para quedar libre, libre de la muerte segura. Mañana nos veremos.
 Se lo llevan. Arrastrando. Arrastrando. Cual perro en sus huesos verdes. Y la mañana llega, una mañana de tormenta. La lluvia no perdona y Juan a de ascender a un palo sin ayuda cual base superior soporta dos sacos de maíz. Los tiene que bajar hasta el suelo e intactos llevárselo al alcalde impío. El pueblo expectante miraba, miraba como este hombre corroído por el hambre y los malos tratos subía hasta esa cima. Sus ojos andaban desorbitados, sus manos llenas de sangre y un quejido que sonaba dolor intenso. Lo tenía que hacer, se decía. No ya por el él sino por María y su hijo. Cuando la noche llego los sacos ya estaban a los pies del alcalde. Lo miraba con la fijeza del odio. Derruido, destrozado y casi desmayado se lo llevaron a su celda. No tuvieron ni necesidad de encadenarlo pues su fuerza era nimia.
 Y amanece. Juan con unas ojeras que se borraban con el sanguinolento líquido que resbala por su cuerpo.  Otra vez sus pasos. Se incorporo. Ahí lo estaban esperando para la siguiente prueba. Cansado pero con su mente agarrada en su hijo y su mujer avanza. Tenía que sembrar maíz en un terreno que parecía infinito. Labor de varios la tendría que realizar el solo. Solo, la luna y el sol. Lo logró. No se sabe cómo pero roció todo ese campo de maíz para el nacimiento en el paso del tiempo. Pero aún  le quedaba una última prueba. Ya no se preguntaba. Le daba igual. Solo funcionaba su cerebro con el deseo de salir de allí y encontrarse con los suyos. Sí, esa última que consistía en ir a lo más cerrado del bosque y traerle a la loca.


22
Y llega también el amanecer para Maria. Ojerosa. Pálida. Apenada. El llanto se propaga por su tez como algo quemante. Desnuda se baño en el arroyo más cercano. Una mezcla de dolor y recuerdo se alzaban en su pecho ¿Qué será de Juan? ¿Qué será de Pablo?, se preguntaba. Por un pequeño instante un insignificante rubor penetro por sus venas pensando en aquel estratega. Volvió a la casa. Una casa sola pues su hijo era aprendiz ahora del panadero. Aún quedaba cierto aliento de Juan por lo que decidió dar una vuelta por aquella inmensidad que la rodeaba. Un paseo largo. Sí muy largo. Hasta lugares nunca visitados por ello. De repente escuchó algo. Como si fuera un animal. Un extraño animal.
-Quien. Quien anda ahí.
-Soy yo- contesto esa voz que parecía que venía de alguna tumba.
-¿Quién eres tú? No te veo. Te escucho pero me hallo desorientada.
-Estoy encadenado.
  Una sombra paso por los sentidos de María. Atado. Quien será. Cierto temor la invade, la cubre de duda pero el misterio la imanta.
-        ¿Dónde?
-        Sí, aquí. Dentro de la cueva. Entra y lo veras.
Y María valiente entra en esa oscuridad humedad. Busca y busca la voz. Oh esa voz que parece salir de la ultratumba. Pero no teme. El miedo es vencido por la curiosidad. Ella seguía. Se introdujo en una cavidad pequeña donde la luz casi no llegaba y ahí estaba.
Sus ojos. Ay sus ojos cuando vieron aquel ser que se removía entre cadenas y mierda. La lástima vino.”Quién. Quién podría haber hecho algo así”, se dijo. “ Criatura prisionera de algún despiadado”. La imagen era estremecedora, imposible de describir. Por un momento se quedo muda. Por un momento sus lágrimas recorrieron su tez como agujas que pinchan y pinchan hasta no más que ser sangre. Se recobró. Se hizo fuerte ante lo que tenía ante ella.
-Por dios quien eres tú y por qué estás así, atado.
- Yo soy un niño. Me llaman Tobias. Mi padre dice que soy hijo del diablo. Ten cuidado que nos no escuches. Y hasta que el demonio me lleve he de estar en este lugar.
- Pero…Pero que dices…hijo del diablo. Eso son estupideces. No es verdad. Quién es tu padre
- El dice que se llama alcalde.
- El alcalde…no sabía que fuera tan cruel. Esto es una maldad.
- Es que soy hijo del demonio.
- Que hablas. Todo eso es una mentira que tu padre ha creado para tenerte aquí. Aislado, encerrado, consumiéndote. Con este hedor que hace repeler a cualquier ser vivo.
- Soy hijo del demonio es que no lo ves.
   María se iba consumiendo. Ella que parecía tan asentada en sus pilares al principio. Esa palabra “ hijo del demonio” le llegaba a las entrañas de su ser. Siente ganas de vomitar por el olor, por la repugnancia a ese alcalde que tenía a esta criatura de la inocencia encadenada. “ Amarme de valor”, se decía.
-        Te voy a quitar lo que te ata y te vendrás conmigo. Me dejas pequeño.
-        Yo hijo del demonio puedo hacer un daño bestial. No, no lo hagas. El se enfadará.
-        Tu hijo del demonio yo hija que tiene el poder de quitártelo. Te arrebataré ese mal si me dejas…
     Se miraron por un momento. Ella se acercó más a él conteniendo la nauseas. Lo desató. El se quedo inmóvil de pavor. En su mente aguas turbulentas pesaban, no se podía mover ¿Qué pasaría si huyera con ella?
-        Te puedes mover muchacho. Sé que llevas mucho tiempo así. Venga dame la mano yo te ayudaré, salgamos de aquí. Rápido ya está oscureciendo por lo que no debes temer la claridad.
El tiempo había pasado rápido. María no se había dado cuenta. Mejor pensaba para sus adentros así este chaval podría salir sin que los rayos solares incidirán en sus ojos. Podría ver. Sí ver ese mundo exterior, respirar de la brisa suave de la atmósfera, caminar y caminar como pudiera después de estar inocentemente encadenado. Labor ardua pensaba. Labor que la llevaría a una entrega absoluta de su yo. Sería capaz de rescatarlo después de tantos y tantos años de oscuridad. Dudaba y esa duda le producía un cierto quemor en su vientre…i
 Salieron de aquel agujero. Agujero mortífero. La noche ya llegaba. El niño con sus pasos torpes y agarrado a María hablaba y hablaba de un ayer.
Cuando mi padre fue guerrero en los campos de batalla en una de ellas solían llevar mujeres a los campamentos. El placer según contaba mi madre el fundamental para después combatir. Dice que los hacía más seguros, más valientes, más tranquilos. Mi padre siempre llevaba   a la misma mujer en sus largos viajes. En una de las ciudades el cardenal de dicha le invitó para que fuera a ver la catedral que se estaba construyendo. Cuando la visitaba hubo confuso temblor de tierra destrozando aquello que no estaba firme. Le cayó encima de la pierna y a partir de ahí impedido para la lucha. El cardenal apenado le cedió unas tierras. Se alejó de las batallas y aquí en Io formó su aldea. Mi madre mientras lo buscaba y buscaba. No hallándolo en los campos de batalla preguntó y le contaron. Ya estaba embarazada. Fue en busca de él desesperada. Atravesó aldeas y aldeas hasta llegar a Io. Débil, harapienta con el vientre avanzado preguntó por él. Más dijo ella que era un día de mercado y hambrienta como estaba robó un pan, no podía más. De inmediato se lanzaron contra ella acusándola de ladrona. A prisión fue llevada. La metieron en una celda que había de todo. Ella lloraba y lloraba, según me contó. Gentes acusadas de brujería otros por defender su linaje, gentes que veían más allá de la realidad y ladrones también. Una infinitud de personajes asombroso. Por casualidad el carcelero le pregunto. Ella dijo estar embarazada del alcalde de Io. El no daba atino a lo que escuchaba. El es mi esposo insistía. Una noche cuando la luna se censuraba a todas los ojos vinieron a buscarla a la celda y se la llevaron hasta aquí. Hasta esta cueva donde yo nací. Comprendo tu expresión ¿Qué es de mi madre? Ella falleció en el paso de los años. Un día desperté y ya su cuerpo no estaba.
 Mientras avanzaban María lloraba para sus entrañas. Se sentía mal, algo fatigada ante tanta crueldad.



23
Pablo caminaba por ese desolado bosque observando aquel pequeño con gran ternura ¿Serás príncipe?, se decía. Dime luna de este nocturno de este ser frágil que será de el criado entre tus raíces a riendas de mi oleaje. Dime luna si este ruiseñor del silencio que merodea este lugar será grande, grande y bello. Dime luna si este que es ahora hijo mío se cubrirá de gloria.
Y en su andar recolectaba raíces y frutos de ese mundo entre sombras , cazaba algo. Su monólogo se extendía hasta el grito. Preocupado estaba por aquella criatura, quería lo mejor para ella.” Luna todavía no te vas. Estás aquí, junto a mí. Preñando mis pensamientos de lo que será el mañana. Fuerte, valiente, honesto seré edificar de su alma. Tanto…Que el daño no ampute su ser. “




24
La caída de la tarde. Abren el calabozo. Juan dormitaba. Lo arrastraron hasta fuera, en la intemperie de una noche sin luna que venía. Que venía con nubes oscuras, con el viento norteño tirando de él. Se levanto y a paso lento fue alejándose de aquella maldita aldea en busca de la loca. Irrumpió en el bosque y un sabor a libertad atravesaba sus venas dándole ánimo. Tenía que encontrar, hallar a esa mujer para su vuelta al hogar. Todo se puso negro solo el quejido de las ramas con el pisar de la brisa fuerte, solo los depredadores que en la noche enseñan sus colmillos de hiel. Valiente, poderoso se sentía y comenzó a ir a su encuentro “¿ Donde te hallas mujer de los hombres? Soy cuerpo tuyo. Soy alma tuya. Soy el hombre de tus deseos. Ven y desgárrame hasta que la muerte sea ave agonizante en medio del océano”, gritaba Juan.
       Pablo que se hallaba por los alrededores escuchó ese quejido, esa llamada distorsionada. “Alguien busca a la loca ¿Quién será? ¿Quién será..? Sigilosamente y como animal al acecho fue al encuentro de aquella voz. Al principio no lo distinguía pero después no salió de su asombro. Era Juan.
                      -Hola Juan. Que haces aquí. Qué te ha pasado. Parece que te han torturado.
- Se quien eres, ya recuerdo. Pablo tal vez…
- Si, soy yo…Y ¿María?
- No te preocupes por ella. Que la buena fortuna la invada. Ella bien. No te fijes en mi. Estoy en las últimas pero lucharé.
- Si luchar. Luchar por la vida, eso es importante. Parece que una jauría de lobos te hubieran arrastrado por este bosque. Dime, cuéntame que te ha sucedido.
Y entonces Juan contó y contó todo lo ocurrido, todo sucedido.
-¿Tenéis hijo?
- Si y bien hermoso es
Ante la noticia Pablo quedo triste, azorado “ ¡María mi amor tiene un hijo! El es mi rival. Tendría que matarlo e ir a buscarla para decirle que la amo, que la amo con el alma, con el corazón”, pensaba Pablo.
-Olvídate de la loca. Esta muerta.
- No. No puedo ser. Tengo que llevársela. No digas esas palabras. Maldición. Adiós tengo que volver.
-Adiós Juan.
   Se aleja Juan con la destrucción de su vida. Que le esperara. ..No sabe. Ya todo le da igual, solo quiere descansar. Y María. Su dolor es tan intenso que viento cerrado del boscaje parece que lo descuartizan. Mientras Pablo lo ve irse piensa en María. En su devoción, en su deseo. Aun vive. La esperará, transcurre en su mente. Juan se presentó ante el juez de su vida.
-¿Dónde está esa hereje?
- Muerta señor.
-¡Muerta¡ No me digas…Tráemela. Quiero ver el desahucio de su cuerpo.
-Pero…Señor.
-No admito excusas. Tráemela. Estás tardando.
Con la quejadumbre de su espíritu Juan retrocedió como pudo. Otra vez tendría que internarse en aquel obscuro bosque. Otra vez las sombras y los ruidos de la noche que acechan a un alma que todo le daba igual. Y grito Pablo, Pablo…El quizás lo podría ayudar en esa búsqueda. Y Pablo apareció como si fuera mecenas de aquel tenebroso lugar.
-        Qué haces de nuevo por aquí. Creo que lo puedo adivinar. Te han mandado a buscar a esa mujer muerta.
-        ¿Sabes dónde está?
-        Espera. Yo iré- contesto Pablo.
Entre las entrañas de esa masa arbórea Pablo se fue. Dejó allí a Juan. Se dirigió hasta el árbol más alto y allí cavó y cavó hasta encontrarse con el cuerpo corrompido de aquella mujer. Un olor fuerte despedía y todo tipo de bichos se nutrían de sus carnes. Le produjo náuseas, asco pero con su valor la sacó de aquella fosa que el mismo había realizado. Arrastrándola se la llevo a Juan. Si Juan estaba fatigado, lánguido más se quedo. Y como hizo antes Pablo se volvió invisible ante la bruma que allí  era influjo. Le trajo ese cuerpo corrompido. Juan lo miro estupefacto, lánguido y con sus mínimas fuerzas se fue arrastrando aquella cosa. La noche era profunda, envuelta en brumas hasta que se esfumo de aquel bosque. Después una llanura donde los astros del universo serían su guía hasta el pueblo.



25
María crecía de alegría y de pena a la vez. La lejanía de Juan, sin noticias de él. Sin embargo aquel muchacho acogido bajo su techo se enderezaba, se desprendía de esas cadenas ensangrentadas del ayer. Vamos muchachos, decía a su hijo y aquel que había adoptado, es hora de la siembra.  Y allá en los campos de cultivo se afanaban en la labor desde el primer lucero del alba hasta que los astros abundaran sobre sus espaldas.  Pero todo no era tan calmo el recaudador iba de casa en casa para el deber de aquellas gentes de la aldea el pago de los tributos. Vamos chicos, tengamos fe, decía María al ver que con el paso del tiempo la cosecha no daba a luz. Pero nada, una ola de calor sobrevino incendiando los campos y llenándolo de plagas, la cosecha perdida. Vamos chicos, que los dioses nos de la fortuna de poder sobrevivir, tengamos, decía María. María con los ojos descolocados de su órbita, con la lágrima contenida. Ellos bajaban la cabeza. Sabía que esa gran mujer se derrumbaba y no por ella sino por ellos. Vamos chicos, tengamos fe, no pasará nada, decía María. Y el dolor crecía y crecía. El recaudador toco en la puerta de su caso. El recaudador tocaba y tocaba y María no sabía qué hacer. Tranquilo chicos, tengamos fe, aunémonos. María abre la puerta, por su rostros lágrimas hacen ver a este que no tienen nada. Ya sabe lo que le espera. La expulsión. El vagar y vagar a otros lugares donde les den tierras para poder cultivarlas. El vagar y vagar en busca de algún cobijo ¡La expulsión¡ A María se abrazan los dos muchachos. Avanzan hasta el cobertizo y allí la mula y un carro de mala muerte. Depositan lo poco que tienen en el y se van. Se van donde el destino de la brisa caliente los lleve. Otra vez, se dice. Otra vez vagar sin rumbo, sin la firmeza de que mañana comerás. Y Juan ¡Juan dónde estás¡



26
Nocturno no te siento respirar en mi alma. Ando al ritmo de los arroyuelos hilando el silencio. Quedo abandonado en una duna infecunda donde tus ojos no son vergel de esta monotonía¿ Donde andas María? Surge entre mi un viento hostil ante tu oscuridad. Posa ante mí mariposa encantada. Aquí te espero. Recuérdame, por favor. Que los dioses del universo te lleve mi mensaje, escribía Pablo en el paso de los meses. Meses y estaciones donde el niño crecía vigoroso o eso creía. La enfermedad se aproximo en aquel bosque. Ansioso buscó la vieja del bosque, dónde andaría. No debe de estar lejos, se dijo. Con el niño entre sus brazos avanzaba y avanzaba de manera apresura al encuentro de alguna cabaña semiescondia donde ella vivía.
-Pero que haces Pablo ¿por qué me buscas? Los lobos, las ardillas, el mecer de las ramas me avisan.
-¿Qué escucho?
- A mí a la vieja del bosque. Ante ti mi techo. Entra, anda.
- Tú que tanto sabes. Que tiene mi niño.
- Nada Pablo. Que la magia de la luna llena con esta savia de los altos árboles que aquí habita lo sanen. Déjamelo y vete. Mañana cuando vuelvas lo verás vivir de nuevo.
 Pablo se marcha confiado. Sufre, sufre por la enfermedad del pequeño. Regresa a su guarida con los pasos perdidos, suplicando, suplicando la curación de este.
    Luna blanca que me visitas
Anima a las ánimas de esta tierra
Expirar el dolor de este pequeño.
Venga, venga
Que venga la lluvia de verano
Mientras tú ahí arriba
Censuras la enfermedad.
  Ungüentos, luna llena, espíritus andantes alumbraron la cabaña y el pequeño renació. Abrió sus ojos lentamente y con una sonrisa la vida en el amanecer llamo a su padre. Pablo invocado por los rumores del bosque fue hasta allí. Lo encontró jugando con la anciana mujer y muy feliz. Salgamos fuera Pablo y pequeño, contemplemos este reino natural maravillosa que nos da vida. Dancemos cuando venga la noche en las hogueras de la esperanza para agradecer a las ánimas por el auge de este ser. Ya te observo Pablo como me miras ¿Te preguntas como he llegado aquí, por qué estoy en este lugar? En mi ayer fui monja, me metieron cuando era una cría en un convento lejos de aquí. Al principio todo era primoroso: cosechábamos, recolectábamos, hacíamos dulce y rezábamos. Pero llegó la hambruna y nos quedamos sin protección. Una noche incendiaron el convento y tuvimos que huir. Pero huir a donde. Descontroladas cada una se fue por su lado. Yo me refugié en este denso bosque, bajo sus sombras. Y aquí he vivido desde mi juventud. Ahora, vete Pablo con tu hijo. Con este hijo de las lunas azules. No me cuentes tu historia que ya la sé como también sé quién es la madre. Cuídalo.



27
Sí, luna. Partimos por caminos desconocidos sin saber si mañana comeremos. Yo y mis hijos…y Juan…Juan no sé. Lo habrán liberado ¡Oh Dios¡ si existes. Trae bienestar a mi familia, por aquí andamos, derruidos por la miseria, por estas manos que ya no saben que hacer. Solos. Sí, solos ante el indolente astro rey. Avanzamos hacia no sé dónde. Que terrible es todo esto. Mis hijos. Yo y mis hijos. Ayúdame a resistir, a que por lo menos ellos en vertical avancen en la vida. El bosque esta cerca. Ese bosque fiero y traicionero. Qué horror. Qué será de nosotros. Cansada. Sí, cansada. Mis alas no son capaces de levantar pero he de un esfuerzo, un esbozo de vitalidad ante estas dos criaturas. El bosque ya era sombra. Sombra que estremece los cuerpos que se adentran. Ella abatida. Ellos la seguían. Venga no podemos parar, dice ella. El miedo la acusaba no por su ser sino por la de sus hijos. Madre tenemos que descansar, decía uno de ellos. Dónde hijo, aquí es muy peligroso, nuestras vidas están en riesgo de extinción. No es el lugar adecuado. No dormiremos hasta que hayamos salido de feroz laberinto. Aquí ocurren cosas muy extrañas, tan extrañas que te pueden llevar al dolor. Ellos asienten, le deben todo el amor a María ¡Ahí María¡ Que fuerte eres en espíritu. Sí un alma ambulante y humilde cuya fortaleza edifica el optimismo en las que la siguen. Siempre con ánimo, siempre con un signo de alegría aunque el peligro y las atrocidades de lo cotidiano sean evidentes. Noche que entra, ruidos que estremecen pero todos en silencio sin dar señas de sus miedos, de sus terrores.




28
Grilletes que se rompen, sangre que mana, fuerzas mermadas y el silencio. Ya es libre. Juan ya eres libre. Te puedes ir, cuanto antes mejor, dice el carcelero. Y Juan intenta abrir los ojos, sus ojos enrojecidos, sus ojos heridos. Se arrastra hasta fuera de la celda. Ya el dolor no lo siente, su respiración cortada piensa en su María, en su hijo. Lágrimas que brotan y Juan intenta ponerse en pie. Le cuesta. No puede. Un último esfuerzo muchacho, se dice. Se endereza su cuerpo desfallecido, fatigado. Intenta dar unos pasos y cae. Otra vez intenta levantarse. Otra vez da pasos. Pasos lentos y cuidadosos. Ve la luz de la luna. Una luna que le dice eres libre, regresa. El fija su atención a ella y la mira y la mira. Suda. Tiene que avanzar. Caminar hasta el bosque hasta llegar a ese sendero que le llevará a Io. No quiere pensar. No…no. Todavía le queda. Llegar al bosque, se dice. Desaparecer ante él ese maldito pueblo. Avanza. Lento pero seguro. A veces cae y a ras del suelo sigue y sigue. Pero de nuevo se eleva y sus pasos y moral a esa luna. Ella me guiará, se dice. Ahí…ahí está el bosque. Siente que lo persiguen. No…no, se dice. Serán ellos. Pero no, no son ellos es Pablo que lo andaba esperando.
-¡Juan¡ Aquí estoy te andaba esperando sabía que te iban a liberar. Vamos amigo en pocos días te enderezaras y podrás volver a tu hogar.
Y vivirás y de nuevo irás al encuentro de tu María. Ahora te acojo como humano que ha de sobrevivir a las inclemencias de la violencia, de la agresividad. Y vivirás, te lo juro. Queda poco ya estamos en mi guarida. Oh, siento el niño llorar, ya es hora de alimentarlo. Alguna loba será manantial de su crecimiento en este extenso follaje. Déjame que lo observe. Ah, está bien. Loba de la luna llena ven que tienes que amamantar a esta criatura nacida de los astros. Su leche a ti también te ayudará a crecer Juan, te recuperarás.



29
-El muchacho no está en la cueva señor alcalde.
-Pero que dices. Sabes lo que estás diciendo. Acaso ¿no estaba bien encadenado?
-Sí, señor. Pero no está. No sé cómo…no sé cómo ha huido.
-¡Huir¡ me dices ¡Huir¡ Mentecato, maldito, búscalo y mátalo.
-Matar…no, no mi señor. Mis manos no pueden….
-Que no pueden tus manos. Tú harás lo que diga yo. Búscalo y acaba con su vida. Sabes todo lo que esto supone…Vete ya.
  Se va con presteza en sirviente vigilante de aquel chico. Se va con el corazón engarrotado, con la mente ida ¿Dónde buscar? ¿Dónde encontrarlo? Imposible hallarlo. Y si lo hallará que sería de él ¡Matarlo¡ ¡Matarlo¡ No, no puede. Por lo que disimuladamente mientras cavila la grotesca mirada de su amo también piensa en la huída. Sí, tiene que escapar. Irse de esa aldea y no aparecer jamás.
¡No¡ Traicionado por mi dejadez. Nunca debí dejar en manos de ese mal nacido al chico. Ahora que. No está. Se ha ido. Pero cómo, me pregunto. Habrá sido él. No sé. No sé. En el depositaba toda mi confianza. Y ¿En quien confiar acaso? En la nada. En esta nada del infierno que me rodea. Estoy perdido. Sí, perdido si se enterasen de esta criatura venida del mal ¡No¡ ¡No¡ Lo colgaré. Si a él. Y a ese muchacho mandaré en su búsqueda con mis soldados para que me lo traigan y yo mismo con mis manos lo llevaré bajo la fosa de los mortales. ¡Guardias¡ Venid aquí. Donde yo estoy. Hoy ha ocurrido algo terrible. Tan terrible que solo tenéis que escucharme. Traedme a mi criado en primer lugar, me ha traicionado. Y en segundo buscar...no, mejor traédmelo a el primero aquí…aquí ante mis pies.
¡El bosque¡ ¡El bosque¡ Mi libertad y esperanza. Adentrarme lo más antes posible. Conozco a mi amo y no habrá perdón. Prefiero morir libre ¡Sí libre¡ Desgarrado por los seres que lo habitan antes de caer en sus garras macilentas, de hiel ¡Si libre¡ Muchas estaciones presa de él en contra de mis convicciones. Ahora libre ¡Si¡ ¡Si¡ Correr hasta él con el tintineo de los arroyuelos, de las aves que volaran a ras de mi mirada perdida. Soy libre. Yo decido mi fin. Si, ese fin donde el corazón será comida para los colmillos de este bosque inmenso. No me arrepiento. Si ha escapado el pobre muchacho, que lo dudo, que alguien tuvo que auxiliarlo me parece estupendo, bella persona que lo haya logrado ¡Sí¡ la libertad. Todos libres.
Y por qué de esta asquerosa traición. Yo que confiaba tanto en él. Mi criado más fiel. Vayan en su búsqueda y déjenme solo. Sí, solo y que nadie se atreva a molestarme. Se cerró la puerta. El alcalde aislado de todos. Coge un látigo ¡He pecado señor¡ He pecado por confiado. En el poder no se puede fiar de nadie. Son todos unos inútiles, unos hipócritas, la envidia los consume. Uno…que el dolor sea manantial de mi sangre por ser tan seguro. Dos…cuerpo mío sufre toda la calma de estos años. Tres...lo mataré.




30
Tres días, tres noches en la que la impertinencia de la fiebre ataba a Juan con Pablo. Después en el engendrar de una nueva salud, de nuevos puntos de vista que a él lo hacían tambalearse ante sus propios pilares. Con razón se enamoró María de este hombre, se decía para si mismo. En vertical y triste preparo su marcha hasta Io en busca de ella ¿Cómo se encontraría? ¿Mantendrían la misma relación vital que tiempo atrás? No sabía, la duda lo embarcaba en brumas que trepaban por sus venas. Y así se fue, con el disimulo ante Pablo. Se despidieron como grandes amigos a las afueras de aquella masa arbórea. Pablo solo, con su hijo. Juan solo con su cavilar. Ay hijo mío he salvado a este hombre de la muerte y desesperación ¿Por qué ¿, me pregunto si es rival mío. Sí, su María…Ay, mi amor puro y verdadero le dará sombra. Qué lejos está. El vigoroso la rodeara con sus brazos de amor y la querrá. Que solo estamos, que desamparado hijo mío. No sé. Pero seguiré anhelándola Por qué no. Si quererla desde la distancia. Aún así es injusto Dios. Sí, Dios. Dejar pasar el tiempo. El dirá. Y Juan corría, cabalgaba hacia la aldea en la fresca de la mañana. Quería sorprende a María y a su hijo. Cada vez que pensaba en él se le retorcía el estómago. Pero no quería razonar. No, se decía él. No puede ser, se parece tanto a él. Iría directamente a su casa, a las fuera del pueblo. Le quedaba un trecho. Pero sentir esa libertad…ausente en días de calamidades lo premiaba para acelerar sus pasos y pasos que de alguna manera fueron relantizándose a medida que se aproximaba a su techo. Algo extraño invocaba el aliento de la brisa, una desolación, una pérdida. Todo estaba abandonado, marginado a las orillas de un silencio sepulcral. Su tez palideció como los jazmines espesos que arrastraban su casa. Nada. No había nada como si el olvido y esas jornadas truncarán sus vidas. Sintió la sequedad de su garganta ¡María¡ ¡María¡ gritaba ¿Dónde estás por Dios Santo? Y la nada se asemejaba a las nubes inanimadas estancadas en la bóveda. Es como si nadie hubiera habitado el lugar. Un fuerte dolor en el pecho se le incrustó. Fue hasta ese sitio donde hacían de comer, aun los calderos sobre la fogata estaban caliente. No, no muy lejos…se han ido ¡Oh no¡ Ese maldito bosque. Por allí deben de estar. Rápido, rápido he de protegerlos, he de encontrarlos. Se me anuda la garganta, precipicios de hiel sueñan en mis manos. Rápido, rápido. Hallarlos de la venganza cruel del barro y los asesinos que andan sueltos ¡Oh mundo¡ Por qué tanto sufrimiento. Rápido, rápido avanza hacia al bosque, desorientado, perdido en sus sentidos al encuentro de María y su hijo.



31
Su olfato. Ese olor a humareda reciente penetrante en los sentidos. Hacía ahí va Juan. Una hoguera. Tres cuerpos que parecen dormir y una bruma que juega con sus ojos. Se aproxima. María, María, grita. Al lado su hijo y otro chico que no reconoce. Pero María no responde. Consternado y pensando lo peor arrima su tez a su boca. Respira. Esta viva pero desfallecida. Ellos levantan, lo miran. Padre, dice uno de ellos. Rápido hay que reanimar a madre. Le acerca un poco de agua a los labios, ella musita algo inteligible. María ¡María¡ soy Juan. Abre los ojos y cae desmayada. Ayudadme muchachos a subirla al carro. Tenemos que encontrar algún techo para guarecernos. Ahora tiremos de este carro la mula no puede más. Los chicos lo intentaron pero no podían había algo que se lo impedía. La bruma, el interminable fango y la fatiga. Venga, no podemos pasar la noche en este infierno. Por un momento se hizo silencio. No se…no se…presiento que no estamos solos. Quien será. Cantos graves y agudos comenzaron a escuchar. Cantos como si vinieran de la ultratumba. La bruma sin más desapareció y ante ellos estaban las hambrientas herejes. Si, ellas las profanadoras de tumba. Desnudas. Juan se arrodilló suplicante. Algunas las reconoció, otras no. Ellas cogieron el carro y lo arrastraron. Juan seguía arrodillado rogando a no sabe quien ya. Los muchachos la seguían. Os llevaremos a un lugar seguro. Ellos ante aquella situación insólita seguían observando a Juan, arrodillado. Levanta hombre. Si, tú. El que nos salvaste la vida una vez. No vamos hacerles daño solo un lugar donde sobrevivir. Juan se eleva. Juan las sigue, ellas, con un canto a boca cerrada casi imperceptible. Un canto que hace sólido el camino, un camino lleno de luz y de brío hasta topar con un gran portón. Ellas desaparecen, solo el aliento de sus sudores impregna la atmósfera, un sudor dotado de esperanza. Con sus palmas Juan toca y toca. Desde dentro se escuchan pasos y una voz.
-        ¿Quién va?
-        Somos una familia. No podemos más. Vamos camino de Tuam.
Con una lentitud chirriante abrió la puerta. Ahí estaba ese monje de hilachas, de manos sucias pero su despertaba gracia y bondad.
-        Buenas noches hijos de Dios, bienvenido seáis  a este humilde lugar. Aquí recibiréis cobijo para cuando queráis partir ¿Cómo es tu nombre hombre?
-Juan. Me llamo Juan y esta es mi familia a la cual protejo.
Bajo la sombra de la oscuridad y el olor a incensio y mugre pasaron. El monje llevaba una antorcha. Un gran jardín se alojaba a sus flancos. Marchito. Derruido, con la consumición de alguna última escena de vida.  Ellos, detrás del monje, sabían a donde los llevaba. El establo. La luna llena parecía no agotarse en esos pasos casi fúnebres, silenciosos, ásperos.
-Aquí os quedaréis hasta que algún gallo indique la hora de partir. No sé cuánto tiempo pero supongo que el preciso. Adiós amigos. Os traeré algo de comer.
El monje desapareció, solo en el absoluto silencio se escuchaba sus pisadas y el croar de alguna rana agitada por los grillos. Los muchachos se tumbaron en la paja y Juan fue beso a María.





32
Voces guturales que se escuchan. Juan y María en el establo, los chicos han ido a dar una vuelta.
-        Tanto tiempo Juan. Como te ha ido en las esferas del sufrimiento, del dolor.
-        No importa mujer. Ahora estoy aquí, con nuestro hijo y contigo. Dime quien
-        Historia larga de contar Juan. Me lo hallé en una cueva encadenado por orden según me han contado del alcalde. Maldiciones para él. No sabía fuera bestia negra. Ya ves. Me alegro que estés aquí, vivo, conmigo. No sabía si llegarías a tiempo. Pero ya observo tu espíritu siempre ha estado con nosotros hasta hallarnos. No puedo definir lo que lo que siento ahora. Abrázame en este desconocido lugar. Escucho el romper de las olas. Por lo que este monasterio ha de estar cerca de acantilados.
-        -No hables mujer. No te canses. Sé que has sufrido mucho. Ahora duerme que te hace falta. Si, es cierto tenemos que estar cerca del mar. No sé donde, pero muy próximos. Siento su furia que desencadena en oleaje muerto sobre las rocas. Olas que vienen y van dejando tras de sí un aroma que podemos sentir.
-        Creí que no vendrías más. Que bajo una fosa salvaje estaría tu cuerpo. Te lo juro Juan. No creí en la promesa de ese hombre grasiento, salivoso.
-        Ya ves. Estoy aquí. Me pude escapar. Pero hazme el favor de no hablar más te agotas.
        



33
Sombras en la noche. Una llama agarrada a una antorcha meciéndose al son de la brisa. María y Juan tendidos, relajados en la armonía de los astros a través de algún agujero en el techo del establo. Sombras que aparecen. Sombras que suenan a pisadas. Alguien viene. Dos cuerpos oscuros ante ellos, quien será, quien será…Creían que estaban solo. Pero no hay alguien más. Dos cuerpos oscuros ante ellos. Nuevos, nuevos…escuchaba en un ronroneo Juan y María.
-Quien va- pregunto Juan incorporándose.
-Quien va…quien va…Preguntas. Nosotros ¿Quiénes sois querida pareja o mejor dicho de donde venís?
-De Io.
- Yo y este caballero les damos la bienvenida a este monasterio que nos acoge.
- Si, yo caballero o más bien excaballero de los montes andantes en batalla. Ahora aquí acogido en mi huída frenética ¡sangre¡ Campos donde la maldad se cuece al ritmo de las espadas, al ritmo de las vidas que se pierden y pierden en el anonimato. No. No más guerras. Estoy harto de tanta crueldad. Ahora que estoy aquí me doy cuenta. Vine por una noche y llevo varias lunas saboreando la paz, esa fuerza vital que es la esperanza si todos actuáramos acorde con la bondad. Sí, soy excaballero ¡sangre¡ Irremediablemente el humano está perdido. Aquí en este lugar aislado entre el bosque y los acantilados he descubierto muchas cosas, cosas que no sabía. Aprender a leer, a escribir….oh, qué maravilla…cultivarte en aquello que eras ignorantes. Muchas de los interrogantes que poseía los he eclosionado en el vaivén de las jornadas. Sin embargo ¡sangre¡ el mundo sigue igual. Guerras y más guerras el egoísmo del ser es tanto que solo nos tiramos del pelo para verificar nuestra realidad. No vemos la del otro.
-Si este caballero que habla y habla de las sin fin barbaridades que se cometen en esta tierra. Pero perdona, deja que me presente. Me veréis como vieja moribunda por mis vestimentas. Así es la vida. La huída. Sí, la huída de todo mi ser. Yo la traigo al mundo a las criaturas y también por qué no la que arrebata aquellas que no desean que el ser que lleva en sus entrañas salga  a la luz. Si, huyo. Arder. No todavía no estoy preparada para que me quemen. Como bruja de magia negra me han categorizado menos estos pobres monjes que todo les da igual. Aquí estamos y alguno otro que vendrá en su huída. Sí, la huída de la realidad que nos merodea. Aquí estamos con el vacío de acantilados, con las tinieblas del boscaje. Aquí, a salvo bajo estos muros añejos, retorcidos de musgos.
 Campanadas, campanadas se escuchan unas campanadas. Alguien entra. Es un monje rechoncho y bajito. Tiene la capucha echada y trae una jarra en las manos. Se las ofrece. Vino de romero para que la censura de la fatiga después del largo viaje para ustedes  también Albert y Amada. Ahora me retiro a la celda a mis ejercicios espirituales. Los esperamos a todos en la cena. Rezad…¡Rezad hermanos¡ Por vuestra salvación y el buen vino.




34
…Rastros, una hoguera que rota en sus desperdicios ¿De quién será? Se dice Pablo. Qué será de José habrá hallado ya a María y juntos pacerán bajo su techo. Qué desgraciado soy. Yo que lo amamante con leche loba, que curé sus heridas. Ay hijo mío quiero ver las estrellas ya estoy harto de los tabiques de brumas y arboledas de este lugar. Vamos, vamos a un descampado, nos arriesgaremos.  Contaremos una a una y seremos deseo de su brillo. Quizás ellas nos guíen hacia ella. Hacía otro mundo donde tú crecerás mejor. Y fueron a un lugar descampado, la niebla inexistente estimulaba a Pablo que seguía con su niño. Para él divertido. Se sentó en una roca y contempló toda esa ramificación del universo. Oyó un crujido. Pero no hizo caso. Después pasos que se aproximaban. Ahí estaba, la vieja de la cabaña. Se saludaron con un fuerte abrazo. Ella adivinaba lo que le ocurría mientras jugaba con el pequeño. Sano y fuerte, decía. Pero el embebido en sus pensamientos y en el firmamento no atendía a las palabras de esta. Sano y fuerte, vamos conmigo pequeño. Se lo llevó para que su padre descansara en ese ensimismamiento. La noche avanzaba, una noche sin luna donde estrellas fugaces parecían que iban a impactar con su mirada distraída. Se sentía bien, en ese acogedor lugar. La noche avanzaba, una noche sin luna donde las nebulosas lejanas eran espirales de humo que iba absorberlo y desaparecer. Sí, desaparecer. Era lo que más deseaba, se había dado cuenta que el niño se lo había la vieja de la cabaña y el nutrido  por sus aventuras del ayer daba la sensación de retorcerse en sí mismo. Escuchaba el grito de los lobos. Ojala vinieran a por él. Pero como, eran sus pasos, sus amigos. Oh, la noche, la noche….la noche cerrada, temblorosa a medida que pasaba el tiempo. ..



35
Todos a cenar después del orar en sus celdas. Una extensa mesa de madera, había espacio para todos. Primero entraron los monjes después ellos. Sí, ellos los que huían de las inclemencias de la vida. Se sentaron. Uno de los monjes rezó y todos con la cabeza gacha escuchaban el pequeño sermón en gratitud a los alimentos. Cuando termino todos se lanzaron sobre esa carne grasienta, el pan y el vino. Nadie miraba a nadie. Solo tragaban y tragaban casi sin masticar, jauría de muertos de hambres a esas horas de la noche. El lugar era oscuro. Solo unas pocas velas daban lumbre aquello que estaban engullendo. Noche ya cerrada, enmarcada en la desesperación de sus estómagos. Nada de palabras. Pero todo termina, todo acaba y los monjes se levantan en profesión van las completas. Todo extraño, ni una palabra de amistad, de fraternidad. Ya están desgastados, viejos, ausentes solo les importa su rezo. Si orar a ese Dios que le dará otra vida mejor. Para que esforzarse si te vas a morir. Todos, todos…seremos tumba con el paso del tiempo y aquí solo dejaremos huellas inexactas en el ambular de los años. Ellos han elegido la oración, la calma, la paz otros sin embargo en constante movimiento hasta el fin de sus días. Muerte y vida se entremezclan en sus caminos hasta el término de los soles, de las lunas. Y que es la muerte si no, un estado más de este girar y girar por este mundo. Y que es la vida si no, el rondar por las alburas de la alegría, de la tristeza, de la rabia ¿por qué? Tanto y tanto preocuparse al final todos estaremos bajo tierra con cipreses desgarrando lo que fuimos. Ellos solos nos recordarán y alguna nube en los pensamientos que aún no han pisado esa fosa.




36
Y los gallos repican a medida que amanece. Su canto anuncia el levantamiento de las almas. El día que viene parece mezclarse entre nubes y un azul que los estimula. Los monjes en fila van hacía la capilla a celebrar sus oraciones mientras en el establo todos se elevan ante el crecimiento de una nueva jornada.
-Vamos Juan- dijo el caballero
-¿Vamos? A dónde Albert.
- De caza. Tenemos que cazar.
-¿Cómo? Si yo nunca...
-No importa. Vendrás conmigo y yo te guiaré en dicho proceso. Así en futuras jornadas protegerás mejor a tu familia cuando el ritmo de la vida esta cabizbajo. Cojamos las lanzas y la ballesta ya verás que sencillo resultará.
-Sangre y sangre. Nunca en mi vida he hecho daño a cualquier ser vivo. No, no puedo. Vete solo.
-No. Irás conmigo, hay que sobrevivir. Somos de naturaleza depredadora, ellos nos sirven de alimento. Ya sé que la sangre produce dolor, la violencia pero es una necesidad. Vivir o no vivir esa es la pregunta. Piensa en tus hijos, en tu mujer.
-De acuerdo…de acuerdo te observaré.
Se marchan del monasterio, colina abajo hasta llegar a las entrañas del bosque. Oh, este bosque, piensa Juan. Cuantas angustias he pasado en este extenso encuentro. Mi memoria hace un largo recorrido por todas mis penas, mis dolores, mis sufrimientos. Pero nunca he matado algún ser vivo. Ver mis manos sanguinolentas, que horror. Por qué se empecinará este caballero en llevarme con él. Sé que tras mis espaldas está mi familia y he de protegerla para que sigan el curso de la vida. Pero qué vida…no he comprobado nada bueno solo terroríficas posturas del humano. Qué desastre. Yo que deseaba edificar la felicidad de los que estaban a mí alrededor. Ahora mis manos se llenaran de las entrañas de esos seres que daño no me han hecho. Que prisa tiene este hombre. Cazar y cazar cualquier cosa para nuestros estómagos rebosen de felicidad. Pero como hacerlo. No puedo. No puedo. Me da una lanza y me dice que la lance a cualquier cosa en movimiento. Que no puedo errar. Y lo intento…y lo intento pero no alcanzo a darle. Soy un desastre. El sin embargo a la primera, un jabalí yace moribundo en este espacio que nos rodea. Eso será nuestra comida de hoy, pienso. Lo remata. Me llama. Pide mi ayuda para llevarlo al monasterio. Gotas que caen, peso que he de soportar, sangre de este animal recorriendo mis manos. Sangre y más sangre. A pesar de lo tortuoso que ha sido mi recorrido por la vida me entran nauseas, me da vértigo ver esta criatura de la naturaleza capturada y muerta. Sí, muerta.





37
Llevo todo el nocturno bajo el haz de las estrellas, sobre esta roca. Siento frío, mi cuerpo meditativo quiere cambiar su rumbo. ¡Sí¡ Iré a Io quiero ver a María. Disimuladamente me aferraré allí como un pobre solitario y la vigilaré en la distancia. No puedo vivir sin ella, sin ella…Seré solamente un mendigo, nadie me reconocerá y así podré aproximarme a mi amor. Sí, mi amor eterno. Instantes que recogeré en mi espíritu y la llamaré. Sí, llamar con mi aspecto distorsionado. Juan no sabrá de mi. Tengo que hallar alguna trampa para sacarle a él de su vida. No quiero llegar a la muerte...pero el amor. Ay, el amor. Llamas centelleantes en el refugio del corazón. ¡Levántate cuerpo mío¡ Tenemos que ir a ese pueblo donde mis ojos se arrimaran a la belleza. Sí, por qué es bella.
El alba, el alba…avanza Pablo hacía Io. Su hijo en los cuidados de la anciana estará bien. Sus zancadas se aprietan a la celeridad cuanto más cerca está. Cuando llega los rayos solares gozan de su punto más álgido. Mira, observa esa pequeña ciudad y su rostro se mueve en el sentido de la paz. Ahora tiene que encontrar ese techo donde se cobija. Una muralla la rodea. Se dirige hasta ella, descalzo, sucio. Se pregunta si lo dejarán pasar. Sí, entra inadvertido. Sigue caminando. Ve una iglesia con su gran campanario allí se dirige. Entra. Solo se halla el párroco. Lo ve. Se miran.
-¿Qué quieres? ¿Comida, abrigo?
-No señor. Busco a ciertas personas
-¿Buscar? ¿A quién?
-María y Juan.
-Ah, sí. Ya sé a quién te refieres. Viven fueras de estas murallas a no muchas leguas de aquí.
El cura le indica. Lo mira de arriba abajo. Con tal de quitárselo de encima le explica donde se encuentra la casa de Juan y María. Pablo se va alegre. El cura no entiende. No entiende que un harapiento busque a alguien. Dios mío, dice ¿Qué es esto? Estoy harto de esta gente mediocre que cruza tu casa. Por cada uno que pasa parece que ensucia las paredes de esta iglesia. No los soporto. Estoy pecando señor al despreciar este tipo de gente, perdóname. El cura se arrodilla y comienza a rezar. ¡Dios te suplico que me perdones, que me escuches¡ El terror invade mi espíritu. He actuado como muchos de los humanos despreciando al prójimo por no más que vivir en la miseria. Mi sangre hierve. Mis sienes retumban en sentido del miedo. ¡Cómo he podido despreciar a quien viene a pedir ayuda a esta casa¡ Sí, despreciar como si fuera una bestia o algo tenebroso. Soy un pecador. Contéstame que te escucho. Qué dices, que ore, que me fustigue por mis errores. Eso haré. Ah, grandes gracias Padre. Se levanta ante la figura de un Cristo crucificado. Por unos instantes ver manar gotas de sangre de sus ojos. Esos ojos estáticos y tristes. Se lleva la mano a la cara y tapa todo su rostro. No…no quiere ver el desorden de su alma. Sale corriendo de la iglesia en busca de aquel vagabundo. No lo ve. Su mirada se ofusca en unas contusiones que lo hace caer. El pueblo mira y mira esa extraña actitud del cura. Se sienten asustados y rezan. Cientos de aves Marías vuelan alrededor del párroco. Su miedo se aumenta de nuevo entra a la parroquia corriendo, se abrazo a los pies del Cristo. Las campanas empiezan a sonar con un replicar de difuntos, de temor. Me confieso…me confieso de todos mis pecados. Que horrible es el ser en soledad. Sí, la soledad en medio de estas paredes. Me oprime ¡Por qué suenan las campanas¡ ¡Dios¡ ¡Qué he hecho¡ ¡Perdóname¡ Las gentes de Io observaban desde la puerta de la iglesia. Las gentes de Io comenzaron a preocuparse y de ahí a atormentarse. No entendían lo que pasaba. Solo que algo maligno había caído sobre ellos. Se arrodillaron también y siguieron rezando, rezando en voz alta para que aquel demoniaco suceso desconocido se alejara. Y granizó, un granizó que al principio los espantaba. Y las campanas callaron. Y el cura se santiguó en un rito por la paz que ya regresaba a su persona. Y todos se marcharon. Y el sol nació de nuevo.




38
Laudes cuando llegan Juan y el caballero con la caza. Monjes que en su orar y orar creen que está la salvación de sus almas. Callados, enigmas de sus solemnes pasos discurren ante ellos. Es impresionante esa caravana perfecta. Ellos van a la cocina, el monje hospedero se halla allí y le dan la pieza cazada. Sonríe y les ofrece algo de vino.
-Cuando partís- pregunta el monje a Juan
- Dentro de poco. Tenemos que seguir nuestro camino y construir  nuestras vidas de poco.
Se van de dice Albert para sí mismo. Yo que estaba ilusionado con enseñarles este tipo de vida. Pero no, el tiene una familia. Solo otra vez con la partera y estos monjes que no salen de su mutismo. Me entregaré a sus saberes y con el paso del tiempo ya veré que corriente tomar.
-Te vas Juan. Me alegro de haberte conocido.
-Sí, me voy. Me siento con fuerzas de comenzar de nuevo. Voy al establo a anunciar a María y a los chicos la partida.
Se van, se marchan de aquel monasterio. Otra vez la sombra del bosque. Otra vez el adiós a las mareas que se precipitan en los acantilados. Otra ciudad o pueblo donde su rostros solo serán oscuras sombras de la nada, un enigma que quizás no se descifre.






39
 Mi corazón retumba la cercanía de la casa de María. Estará el también. Supongo que sí. La observo y me parece extraño que a estas horas no exista movimiento alguno. Lento voy. Lento me aproximo. Lento miro y la puerta no está. Qué habrá pasado. No hay nadie. Algunos soles tal vez. Me siento caer. Sí, caer en las profundidades de las marismas enrarecidas del amor. A dónde habrán ido, me pregunto. De nuevo hacer incursión en ese monumental boscaje y seguir el rastro. Y lo sigo y lo sigo. Me lleva hasta el monasterio que rozado de olas da a su término. No, se han ido, me dicen. La derrota se cierne sobre mis sienes. Me siento estallar, impregnarme de algo negativo. Tengo que seguir, seguir su camino …no, será mejor dejarlos a su cierto ritmo. Yo me iré a mi rincón con la vieja del bosque y mi hijo. Quizás, quizás en el mañana…
Fin

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