jueves, 26 de noviembre de 2020

PELUQUERIA JUAN

 

PELUQUERIA JUAN

En la calle Benavides

QUICOPURRIÑOS

Alguien me podría decir porqué las manos del barbero siempre están frías. Lo notas cuando te toca el cuello y te dice: ¿cómo quiere que le corte el pelo? o te corte el pelo según la confianza. Y tú le respondes, pues, para que dure, pero adecuado a mi edad, no de la forma que lo llevan los pibes de hoy en la cabeza, que más que un corte de pelo parecen un tatuaje.

Y alguien podría explicarme porqué el barbero, peluquero, ahora estilista, en lugar de hacer su trabajo, que es cortar, que lo hacen, se empeña además  en amenizarte hablando sin parar. ¡Que he venido a que me quites las greñas, no a la consulta de un sicólogo, ni a una terapia de grupo!

Pero no hay manera, lo mismo les da. Hablan y hablan. Y tú, con la revista “Hola” o la que por allí tengan de una edición de meses o años atrás e intentas hacerte el loco, leyendo en el papel cuché para ver si se calla. Leyendo lo que te importa un pito de la Pantoja o del Paquirrín o de la Esteban o de  cualquier otro protagonista de esos culebrones televisivos que llevan y llegan, tras un arduo proceso de selección, a los tontos y tontas, a los mas bobos y bobos del país a esos platós. Lo que es, lo que  manda la audiencia. Estudie Vd. para qué. No niños y niñas (lenguaje inclusivo, bravo Ministra Celá) lo que se lleva es ir a una isla del fin del mundo, eso sí con cuerpos medio cachas y enseñándolo todo, con un grupo de ellos y ellas, a pasar una semana bajo el sol, pescando pececitos y pescando al o a la de al lado. Y luego contando como fue esa noche de amor del lunes, que ya el miércoles terminó, pues se convirtió en traición, porque él o ella (lenguaje inclusivo otra vez, no olvidar) se metió entre sábanas con otro/a descerebrado/descerebrada de esos/esas que fueron/fueran seleccionados/as, tras un escrupuloso castin, para incorporarse a ese “instructivo” programa de máxima audiencia que tanto nos enseña, que tanto nos aporta.

Qué hice yo, años y años me pregunto, estudiando una carrera y ahora a poco de cumplir cuarenta años de ejercicio profesional, con la que nos está cayendo, sin medio peso.

Me arrepiento de no haber invertido unos euros en unas horas de  gimnasio para aumentar mi masa muscular y sólo con eso, y mi gracia, que también la tengo, sanear mi actual paupérrima cuenta corriente. En el castin, si voy, a los demás partícipes no les digo el palabro paupérrimo, no sea que me digan…¿cuáslo?).Pero estoy pensándomelo, en colgar la toga y tirarme a esa piscina de culebrones dirigidos a descerebrados. Total, ¿qué pierdo? Y si digo en antena que la coyuntura actual nos lleva inefablemente hacia un mundo donde los seres, las personas que ya no razonan y han perdido el espíritu crítico, mesurado, ese que en la transición ayudó tanto a esta tierra nuestra a aunar esperanzas y propiciar encuentros que contribuyeran a crear un mundo nuevo, fresco, reencontrado, de reconciliación que ayudó a alumbrar, a brotar,  un nuevo país renacido de sus cenizas olvidando rencores, que resurgió como el Ave Fénix. ¿Qué dirían los coleguitas, esos que llevan gorras para atrás  y pendientes en la oreja y nariz?

Yo creo que si digo eso en antena, me dicen, tú de qué vas, que no se te entiende nada y me invitan, seguro, a abandonar el plató.

No todos los peluqueros o barberos son iguales. Que las manos las tienen frías y las sientes en el cogote, eso sí, no cabe duda, aunque Juan, mientras te atiende, comparte una conversación inteligente, pausada y razonable. El sí entendería las palabras que a mí supondrían la expulsión de cualquiera de esos  programas basura.

 A ti Juan, te dedico este relato y gracias por haber colocado en tu salón,ese sillón rojo de barbería clásica que es una monada.

 

                            quicopurriños, 24 de noviembre 2020

 


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