LA VERRUGA GALÁCTICA
El nuevo Bernabéu es fiel reflejo de lo que
representa: gigantismo mercantilista, horterada estética, futurismo sin futuro,
megalomanía absurda…
Plano aéreo del estadio Santiago
Bernabéu. / Ayuntamiento de Madrid
Miro diccionarios médicos por internet.
Resumo: “Verruga: también conocido como mezquino. Lesión cutánea epidérmica de
origen viral. Presenta morfología globular y su extirpación no es fácil, ya que
tienen su propio sistema de irrigación sanguínea”. Dicen más cosas, pero ya
tenemos suficiente asco con esto. Tranquilos, no tengo problemas cutáneos. Es
que me he dado una vuelta por la Plaza de Lima y he contemplado la verruga
galáctica más grande jamás vista. Dicen que es el Bernabéu. ¡Mutación!
Santiago Bernabéu, excabo del Ejército Nacional, recibía en su palco a lo más granado de la corruptela franquista y postfranquista. Hoy les hace los honores un tal Pérez
Para entender esta metamorfosis, hay que
hacer memoria. El estadio se inauguró en 1947 en lo que se denominaba “la
prolongación de la Castellana”, luego conocida como Avenida del Generalísimo, o
sea, los terrenos resultantes de la demolición del antiguo hipódromo. Por aquel
entonces, aquello eran los arrabales de Madrid. No existía ni la Plaza de Lima,
ni la calle Concha Espina: todo era campo. Los arquitectos fueron Manuel Muñoz
Monasterio y Luis Alemany Soler, especialistas en estas lides. La empresa
constructora no pudo estar mejor elegida: Huarte, la que crucificó el Valle de
los Caídos. Todo quedaba en casa. El Bernabéu se convirtió en caja de
resonancia del régimen. Las ligas blanqueaban la sangre derramada y hacían
pensar en otra cosa. Allí se jugaba cada año la Copa del Generalísimo, que no
sé por qué no se sigue celebrando, visto lo visto. Don Santiago Bernabéu,
excabo del Ejército Nacional, recibía en su palco a lo más granado de la
corruptela franquista, tardofranquista, criptofranquista y, más tarde,
postfranquista. Ya no los recibe porque se ha muerto, el pobre, pero la tropa
sigue a pie de palco. Hoy les hace los honores un tal Pérez, de nombre muy
floreado.
A lo largo de décadas, el estadio ha
sufrido seis remodelaciones, todas ellas con el imperativo de aumentar el
aforo. Los madrileños hemos visto crecer el recinto como el que ve cómo se va
haciendo mayor el niño. Lo malo es que llega un momento en que ya no tiene
gracia: cuando el niño no entra por la puerta. En 2012, con el Ayuntamiento
dándole a la botella, se llegó a un acuerdo con el Real Madrid para la última
mutación. Tres años después, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid anuló
el plan –diseñado a la medida de los intereses del club– porque infringía todas
las legislaciones vigentes. Hubo que esperar a que llegase el pequeño lacayo
para que el consistorio tirase por la borda las leyes de ordenamiento urbano,
que se hundieron en la ciénaga de la pasta lastrada por el inútil fardo de la
vergüenza institucional. Una vez abierta la barra libre, comenzaron las obras
por tierra, subsuelo y estratosfera a cargo de Fomento de Construcciones y
Contratas, o sea, Esther Koplovitz, Carlos Slim y compañía. El resultado
impresiona. El estadio ya roza las fachadas de los edificios aledaños. Este
nuevo Bernabéu es fiel reflejo de lo que representa: gigantismo mercantilista,
horterada estética, futurismo sin futuro, megalomanía absurda… La principal
pega es el desastre estético: no guarda las proporciones. Es más grande que el
propio terreno en que se asienta. El revestimiento de chapa, recurso
arquitectónico muy visto, no aligera la pesada presencia del trasto. Los hay
que ven en él una gigantesca nave espacial. Yo veo una batería de cocina. Por
lo visto el blindaje lo ha hecho una empresa alemana, así que es de esperar que
sea inoxidable.
Los vecinos están de los nervios. Como
es zona de gente bien, temen por el lucro cesante, por no hablar del ruido y la
peste
Alrededor del estadio, atraídos por su
masa como las partículas que forman los anillos de Saturno, orbita un inmenso
rebaño de “turistariado”. Esquivan socavones, grúas, excavadoras y volquetes
buscando el ángulo bueno para hacerse un selfie colectivo, comentar lo
grande que es el engendro y luego hacer cola para lo que sea que vaya a suceder
dentro: fútbol, boxeo, conciertos, rifas. La salida de los eventos, en manada,
es apoteósica. Todo este trajín atiborra bares, esquinas y parterres con
personal que necesita imperiosamente mear. Resultado: el área del Bernabéu es
hedionda, intransitable y bullanguera. Los vecinos, claro, están de los
nervios. Como es zona de gente bien, temen por el lucro cesante que pueda
suponer todo este barullo a sus bienes inmuebles, por no hablar del ruido y la
peste. Están que no dan crédito, porque quienes les están arruinando la vida
son, precisamente, aquellos a los que han votado masivamente, según las
estadísticas. Da igual, volverán a votarles en cuanto les enseñen el capote
rojigualdo: el español de casta embiste siempre en la misma dirección. El caso
es que dos asociaciones vecinales andan dando la tabarra al pettitepatán
consistorial, que solo se atreve a dar largas, cortas y hacer como que hace.
Todavía tiene en el cuello el recuerdo de la colleja que le propinó su amo, el
señor Pérez. Por su parte, el Real Madrid ha mandado a un galáctico,
Butragueño, para parlamentar con los quejicas. Siguiendo su famoso instinto en
el área, según se reunió con los vecinos les hizo este regate: tienen que
comprender que la reforma del estadio ha salido por una pasta, así que tenemos
que amortizar la inversión con actividades de todo tipo. Gol.
La desmedida acromegalia del estadio
hace que el paseante apenas preste atención a otros elementos destacados de la
zona. La Plaza de Lima, en sí, no tiene mayor relevancia. Se le llama plaza,
pero en realidad no es más que una rotonda donde cambiar de sentido en la
autopista urbana en que ha devenido el Paseo de la Castellana. En su momento,
quería mantener un impostado aroma andino, con su rotonda gemela, la de Cuzco,
y su edificio homónimo, el Lima, diecisiete plantas que parecían altas y hoy lucen
achaparradas ante la presencia de la monstruosidad futbolera. En la orilla
contraria del megaestadio encontramos un edificio notable: el Palacio de
Congresos (1970). Su arquitecto fue Pablo Pintado y cuenta en fachada con un
enorme mural de Miró manufacturado por el ceramista Llorens Artigas. Hoy está
en estado semiruinoso. El Palacio cerró sus actividades en 2012 y viene
languideciendo desde entonces, dejado de la mano de los dioses que un día
sonaron en su interior: Van Morrison, Lou Reed, Ray Davies… A lo mejor está
pagando el pecado original de haber acogido el Festival de la OTI 1972, quién
sabe. El caso es que ahora está sufriendo una ampliación lenta y antiestética
para renacer algún día como sede de la Organización Mundial del Turismo, esa
institución que no hace nada frente a la progresiva destrucción de nuestras
playas, campos y ciudades por ese turismo convertido en engaño de masas. A mano
izquierda de las escalinatas que dan acceso al Palacio se hallan los jardines
de Ghandi. No se hagan ilusiones. No es más que un rectángulo de 30 metros
cuadrados de césped donde mora un bronce del líder indio. Ghandi se nos
presenta con su dhoti y su cayado, pero sin sus gafas redonduelas, que algún
listo robó según la mayestática esposa del demérito acabó de inaugurar la
estatua. Nadie las ha repuesto. ¿Para qué? Igual tratamiento ha recibido un
reloj internacional que está plantado justo al lado. Es un mazacote de hormigón
ochentero con unas pantallas que ya no marcan las horas de distintas capitales
del mundo porque las brearon a pedradas hace décadas. Sin embargo, ahí sigue,
tan pimpante, marcando al minuto la desidia consistorial. Y eso que estamos en
un barrio de alcurnia.
Frente al Palacio, cruzando General
Perón, se yergue la Torre Europa (1985), obra de Miguel de Oriol e Ybarra. Es
un edificio formidable, con sus 120 metros de alzada, 32 plantas y unas estrías
metálicas en la fachada que rememoran las del World Trade Center, pero con
planta circular en vez de cuadrada. No hay peligro de que estrelle allí ningún
avión: tendría que volar tan bajo que antes se daría un leñazo con el Bernabéu.
Dentro anidan todo tipo de empresas internacionales. A sus pies, aparcan motos
de buen calibre, todas ellas propiedad de los jóvenes ejecutivos agresivos que
aprenden a retorcer sus colmillos en las modernas oficinas del edificio. Por si
les sube la bilirrubina o la testosterona, en los bajos hay un club de boxeo
curiosamente llamado Fabela. Un par de ganchos a un punching-ball con
pinta de chabolista y listo, a seguir produciendo intereses descompuestos.
Detrás del Europa se extiende un territorio temible que atiende al ominoso
nombre de AZCA. A finales de los 60 se empezó a construir esta distopía urbana
bajo la atenta mirada de la Asociación Mixta de Compensación de la manzana A de
la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo. Como poner todas las siglas
juntas habría sido la pesadilla de cualquier crucigrama (AMDCDLMADLZCDLADG), se
decidieron por el acrónimo AZCA, que esconde una red de pasadizos, plazas y
carriles subterráneos poco aptos para la vida tal como la conocemos. A los
datos me remito: tiene solo 1.800 vecinos, pero da cabida a 27.000 currantes en
edificios de oficinas. Lo que se llama un distrito financiero. O de
facinerosos, según la empresa de la que hablemos. Algún día hablaremos de este
infierno de cemento en profundidad, pero antes tengo que pasearlo a conciencia,
o sea, que mejor dejarlo para nunca. ¡Susto!
El “eventódromo”, tal como lo han
rebautizado los vecinos, prevé dar rienda suelta a acontecimientos masivos 200
días al año
Volvamos a la verruga galáctica, máximo
polo de atracción de la zona. El “eventódromo”, tal como lo han rebautizado los
vecinos, prevé dar rienda suelta a acontecimientos masivos 200 días al año.
Nadie lo va a impedir, porque la verruga tiene, como bien dicen los galenos, un
sistema propio de irrigación donde el dinero contante y sonante sustituye a la
sangre. Lejos ya los tiempos en que Rita Pavone se enfadaba porque su novio la
abandonaba los domingos por el fútbol, hoy hay partidos casi todos los días y
fiestas de guardar. Los breves descansos de los astros del balón serán
cubiertos por música a todo trapo. Queda como hito el maratón de conciertos de
Karol G, artista colombiana de reguetón hipercomercial, que petó el estadio y
los oídos del vecindario durante cuatro días seguidos. Y queda en el recuerdo
lejano que Sinatra no consiguió llenar el Bernabéu de 1986, y eso que era mucho
más chico que el de ahora. Fly me to the moon… que la raza degenera.
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