sábado, 9 de junio de 2018

PALABRAS PARA JUAN FRANCISCO SANTANA DOMÍNGUEZ


PALABRAS PARA JUAN FRANCISCO 
SANTANA DOMÍNGUEZ
PRESENTACIÓN DE SU NOVELA TOBY
(8- 6 -2018)

   Sucede a veces que la vida tiene a bien regalarte amigos, son esos amigos en forma de seres especiales, que agradeces recibirlos como un preciado tesoro y que el azar pone en tu camino – como es nuestro caso- un día determinado en un Encuentro de Escritores, en La Laguna. Así considero la amistad que me une a este gran escritor, Juan Francisco Santana Domínguez, al que esta tarde tengo el honor de presentar su novela Toby, y al que agradezco profundamente que haya depositado su confianza en mí para llevar a cabo estas palabras de presentación. No importa que nuestra amistad sea reciente. Lo realmente importante es caer  en la cuenta de que ha entrado en mi vida un amigo que desprende grandes valores humanos, una persona íntegra en la que habita el respeto, el que él inspira y el que muestra hacia los demás.
   Nacido en la isla de Gran Canaria, Juan Francisco Santana Domínguez es un incansable buscador del saber, una persona rendida siempre al inagotable mundo del conocimiento, lo que ha hecho de él un hombre sumamente culto y de gran formación intelectual que, por otra parte, comparte con su condición de humildad, sencillez y cercanía.
   Escritor, historiador, antropólogo, biógrafo, profesor en la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Las Palmas de Gran Canaria, Doctor en Historia con  Sobresaliente Cum Laude en la lectura de su tesis Doctoral, realizada en Madrid, sobre el Municipio de San Lorenzo de Tamaraceite, avalan su brillante trayectoria, a lo que hay que sumar numerosas publicaciones que tienen que ver con el citado municipio, además de otros títulos como su brillante y concienzudo  libro sobre Pino Ojeda: poeta y Pintora, así como los poemarios Me recuerdo alzado y otros 100 poemas, publicado en Madrid, Los sueños de la conciencia, publicado en Canarias, Prosapoeticando (2017),  publicado en Madrid, así como las antologías Palabra y Verso, junto a otro poetas. Y en otra interesante faceta, Juan Francisco Santana es también protagonista en la película-documental “Alzados: Historia del Nacionalismo e Independentismo en Canarias”, así como en el documental “Déjame ser”. 

  Y cuando todavía estamos saboreando el buen hacer como poeta de su reciente libro Prosapoeticando, Juan Francisco Santana Domínguez, nos sorprende con una magnífica novela: Toby (Ediciones Aguere-Idea). Podríamos, sencillamente, decir sobre ella, que se trata de una novela amena y entrañable, en la que sus páginas poseen el don de ansiar seguir leyéndola con el mismo interés desde su primera página hasta la última, que su lectura es una forma de invitarnos a sumergirnos en el pasado, el pasado de su autor, que también es el nuestro, porque transcurre en nuestras islas, concretamente en Gran Canaria, y eso nos lleva a acercarnos al entorno que rodeaba al autor durante su infancia y hacer nuestras muchas de las descripciones que Juan Francisco Santana relata en su novela, como si el lector fuera invitado a recurrir también a su infancia.
   Pero Toby es algo más que esto, es algo más que una remembranza del pasado de su autor. Toby, que alude al nombre de su perro, el que se convirtió en su amigo fiel, su compañero de aventuras, su cómplice en sus andanzas por su entorno, nos ofrece, como novela, una complejidad mayor que la que, a simple vista, podría considerarse como la historia de su perro. En esta novela, Toby nos sirve de hilo conductor para que hilemos toda la estructura narrativa. Es el testigo más inmediato de una época de su autor en la que aparecen sus  familiares más cercanos a su hogar, -sus padres, sus abuelos y abuelas, sus tíos-, las escuelas a las que acudió, sus amigos, sus maestros, los paisajes que le sirvieron de escenario en su vida cotidiana y un sinfín de elementos que van enriqueciendo progresivamente la novela.
    En Toby, Juan Francisco Santana va creando para el lector su particular Macondo, un mundo de fantasía y realidad que se entremezclan de forma magistral hasta dar forma a esa memoria infantil y mágica que él llama Tobunipol, donde no falta, en el ámbito de su imaginación,  su querido unicornio, Uni, y un paisaje que le rodea, real e inmediato, que el autor sitúa, en su fantasía de niño, en  las Pirámides de Egipto o el Kilimanjaro, donde no faltan elfos y hadas en los bosques que él ve a través del cauce del barranco.
   Podría decirse  que nuestro autor se propuso hacer de su novela un conjunto de universos personales, divididos en  diferentes categorías, pero universos al fin, porque Juan Francisco Santana nos lleva a su infancia por diferentes caminos, bien definidos y expresados, a través de paisajes, plantas, animales… Todo aquello que conformó su vida cotidiana. De ahí que no le resulte indiferente aquel barranco cercano a su casa, que desde su inocencia de niño lo veía como un peligro deseado para asomarse e imaginar que se encontraba en otros lugares a lo que le invitaba su imaginación, cuando no el polvorín de su tío Francisco, que le acercaba tempranamente a indagar sobre los secretos y peligros de los explosivos y la pólvora, desde la curiosidad de un niño.
 Pero en sus paisajes aparecen también tajarales, aulagas, tabaibas, tuneras, parrales, higueras, durazneros… Y hasta las piedras ocupan un lugar destacado. Conversaba con ellas, al entender que poseían su propio lenguaje, que le lleva a citar la Piedra Filosofal, de la que opina que ésta “está en los seres humanos”.
   Pero no es Toby el único animal que rodea su infancia. Junto a su inseparable compañero de aventuras, Juan Francisco Santana nos va dejando un extenso elenco de personajes de su universo animal, de los que va dejando constancia. No faltan los lagartos, a los que le gustaba acercarse como si de amigos se tratara, especialmente uno al que no dudaba en ofrecerle alimento. Pero también forman parte de sus páginas los cuervos, cernícalos, pardelas, grillos, pájaros, periquitos, pavos, gallinas, palomas y hasta un ratón blanco, sin olvidar los perros guardianes del polvorín.
   Tampoco nos pasa desapercibido el universo del sentido del olfato en Toby. Son muchos los recuerdos que nuestro autor lleva a las páginas de su novela a través de los olores. Todos ellos se encuentran ocupando un lugar concreto de algún momento determinado de su infancia. Quizá uno de los más arraigados a sus recuerdos sea el olor del carburo, unido a los efectos que su luz desprendía y de la que dice: “El color de aquellas luces era como salido de un cuento de hadas”. Era la misma luz con la que su tío Francisco hacía proyectar en la pared, bajo el efecto de sus sombras,  figuras de animales con historia. Pero había otros aromas en aquel entorno que vuelven a su memoria narrativa. De su casa,  la que consideraba un remanso de paz, guarda el olor del perejil, cilantro, hierbabuena, hierbaluisa… Y no falta el recuerdo de los sabores, los que le llevan a la leche escaldada, el gofio amasado, el pan con chorizo, dulces y galletas de las monjas del Císter…

   Y en mi recorrido por Toby y sus múltiples mundos, no puedo eludir la presencia de los personajes más arraigados a su historia: su familia. En uno de los poemas que nuestro autor va intercalando en su novela, destacaría estos versos dedicados a su madre:
                               “Emocionado y aferrado a tus manos
                                 cruzamos el arco iris de la espera
                                 encontrando allí, entre mis pasos,
                                 los besos que siempre me diste”.

   Pero hay un personaje, un familiar muy cercano, al que Juan Francisco Santana alude con especial interés y al que le unía fuertes lazos: Su tía Lola, de la que dice que “le gustaba coleccionar sonrisas” y a la que se refiere como aquella persona que le inculcó, de forma certera, los valores de la vida y sus valiosas enseñanzas. Sus consejos quedaron con él –cito- “como si hubiesen sido tatuados en mi ser”. Siempre la vio como a la Ternura –con mayúscula-, y su admiración y cariño hacia ella le hace escribir líneas tan entrañables y poéticas como: “Parecía que siempre venía de ver a las hadas y caminar entre jazmines”.
   En definitiva, podríamos seguir extendiéndonos en múltiples apartados que van conformando la novela que hoy presentamos, todos ellos con un papel significativo y trascendental para conocer todos los entresijos que guarda Toby en sus páginas. Así, podríamos mencionar el paso del coprotagonista de la novela, el propio autor y su perro, por la escuela –que fueron varias-, detenernos en aquellas tablas de multiplicar que se resistían, en aquel mal compañero, “mataperros”, en D. Ignacio, el cura, quien le llevó a plantearse, siguiendo un diálogo con Toby, crearse su propio dios, su experiencia en los cines en las tardes de domingo, las tiendas de su entorno, aquellas tiendas de “aceite y vinagre”, como la de su admirada y muy recordada Carmita, su pasión por los comics, sin dejar de mencionar su interés precoz por nuestros ancestros y el respeto por sus huellas arqueológicas. Tampoco omite en su novela la presencia de la medicina tradicional y el poder o don de las curanderas con sus remedios caseros, como fue el caso de Francisquita.
  
   Y termino mis palabras con el ferviente deseo de que, a través de ellas, haya conseguido acercarles a la excelente novela que hoy presentamos e invitarles a su lectura, no sin antes dedicarle a Toby las palabras con las que Juan Francisco Santana le define: “guardián, acompañante, protector, asesor o amigo”. Pero, sobre todo, quisiera trasladar el amor que nuestro autor le profesaba a Toby, por el que pide poder morar, eternamente, en sus ojos, los que le hablan. Y lo hace con estas palabras, que no necesitan de las mías:” Me alarga la vida tu mirada”.
   ¡Enhorabuena por tu novela, mi querido amigo Juan Francisco!

Cecilia Álvarez




 

1 comentario:

  1. Muy agradecido a la poeta y amiga Cecilia Álvarez por su hermosa presentación. Miles de gracias y me faltan palabras para agradecer tu enorme trabajo. Un abrazo GRANDE.

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