miércoles, 19 de agosto de 2020

PAÍS DE MISERABLES

 

PAÍS DE MISERABLES

CRISTINA FALLARÁS

 

Fue en ese tiempo en el que las estaciones y apeaderos tenían quioscos donde además vendían libros, normalmente de bolsillo. Yo tenía 15 años y era la primera vez que mis padres me permitían quedarme sola en la casa de verano algunos días. De camino a la playa, solía comprarme el periódico para pasar las horas al sol. Aquel día de septiembre, quién sabe por qué, me hice también con un ejemplar del Romancero Gitano de Federico García Lorca. Abrí el libro sentada contra el lomo de una barca, lo devoré. Volví a leerlo inmediatamente y hacia la mitad ya me eché a llorar mansamente. No era zumo de limón/ agrio de espera y de boca lo que lloraba sino lágrimas de gozo, sacudida por una inesperada comprensión de la belleza y su metáfora.

 

Poco tiempo después supe lo que era volver a casa sucia de besos y arena. Cada vez que he visto una carga contra los ciudadanos, las ciudadanas, que les he visto intervenir en un desahucio sacando a rastras a las madres ante sus hijos me he podido decir que tienen, por eso no lloran,/ de plomo las calaveras; igual que en cada andanada contra los inmigrantes, en cada disparo, en cada bola de goma he pensado que el cielo se les antoja/ una vitrina de espuelas. Sé que las lavanderas de hoy cantan todavía Yo planté un tomillo,/ yo lo vi crecer./ El que quiera honra,/ que se porte bien. Y que los ricos dan a sus queridas/ pequeños moribundos iluminados/ y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

 

Con Lorca aprendí a nombrar lo visto y lo sentido, a describir dicha y desasosiego. Desde los días de cuna les conté a mis hijos que el lagarto y la lagarta estaban llorando porque habían perdido su anillo de desposados, ay su anillito de plomo. Para que ellos también supieran cantar la realidad con voz certera y libremente. Porque es necesaria la voz del poeta para poner en palabras exactas lo que somos. De la misma forma que cubrirlo de silencio retrata un país de miserables.

 

Este pasado domingo 16 de agosto, el periodista y erudito Víctor Fernández recordaba: Tal día como hoy, a las cinco de la tarde, un grupo de hombres armados llegaba a la casa de la familia Rosales en Granada para detener a Federico García Lorca. Poco después era asesinado. En ese lugar hoy no hay ni una placa que recuerde ese drama.

Añado más. Ninguno de los miembros de las instituciones públicas salió a cantarle a Lorca su grandeza, a admitir nuestra vergüenza. La vergüenza de un país en el que nació y mataron, por rojo y maricón, al poeta más grande del siglo XX y probablemente uno de los mayores autores de todos los tiempos. Celebramos cotidianamente efemérides, nacimientos y muertes, victorias futbolísticas, aprobaciones de leyes, nombramientos políticos, grandes gestas históricas y días dedicados a las más estrafalarias ideas. Pero no hemos encontrado un hueco para honrar a Federico García Lorca como merece. Honrarlo anualmente, sí. Institucionalmente, sí. No se trata solo de él, se trata de nosotros, de nosotras, de que no sabemos dónde están sus huesos y de que han tenido que venir de fuera, ay querido Ian Gibson, para prestar algunos datos a nuestra memoria cerrada como el hueso seco que fue de melocotón.

 

El país entero debería salir cada año a celebrar a Lorca, pero eso supondría admitir que vivimos en un territorio donde al mayor entre los mayores de la belleza lo mataron de un tiro por rojo y maricón aquellos cuyos sucesores hoy sientan su putrefacto culo en las bancadas del Congreso, en los consejos de administración, en las poltronas de los poderosos que siguen luciendo los mismos dominios de entonces. Supondría mirarnos a la cara y enfrentar el rastrero retrato de un país de miserables.

 

Corrían los primeros 80 del siglo pasado cuando lloré el Romancero gitano. Desde entonces apenas ha cambiado nada.

 

Los versos robados en este artículo pertenecen, por orden de aparición, a los siguientes poemas u obras:

 

Romance de la pena negra

La casada infiel

Romance de la Guardia Civil española

Yerma

Oda a Walt Whitman

El lagarto está llorando

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