LA
SOLIDARIDAD
POR JOSÉ ANTONIO GUTIÉRREZ
La
solidaridad es una hermosa palabra. Así como los capitalistas tienen como
fundamento moral la competencia y la supervivencia del más fuerte, las personas
que desean una sociedad diferente por lo general encuentran su fundamento moral
en la solidaridad.
“La solidaridad es la
ternura de los pueblos”, decía Che Guevara. El anarquista ruso Kropotkin
convirtió a la solidaridad en objeto de sus investigaciones científicas, cuyos
resultados publicó posteriormente en “El Apoyo Mutuo, un Factor en la
Evolución”. Sin embargo, años participando en la solidaridad con las luchas del
pueblo colombiano me han dado más de alguna decepción y me han hecho
reflexionar un poco sobre el significado de esta palabra que parece que muchos
interpretamos de manera tan diferente.
Hablamos todos mucho de solidaridad, pero la practicamos poco.
Aún en las organizaciones solidarias se reproducen los mismos vicios que
criticamos a los demás. No nos gustan los señalamientos cuando nos los hacen a
nosotros, pero somos muy rápidos para señalar a los demás. Cada combo que viene
de gira por Europa, se dedica a alabar y exaltar el trabajo propio, y a
menospreciar y subestimar a los demás. No hay más presos que sus presos; no hay
más perseguidos que sus perseguidos; los únicos muertos de los que vale la pena
hablar, son de los de su combo. Y quien se atreva a mencionar otros presos es
cuestionado, porque hay solamente uno o dos de los que vale la pena hablar. Hay
presos de primera categoría y de segunda. A los sindicalistas los matan por
sindicalistas, a los negros por negros, a los indios por indios, a los
periodistas por periodistas, a los dirigentes por dirigir, a los reclamantes de
tierra por reclamar, y cada cual se siente un poco más especial que el resto. A
las bases sociales, a los pobres, a los increíblemente pobres, a los sin
tierra, a los sin casa, a los bazuqueros, a los vagabundos, a las travestis, a
las putas les pueden meter plomo sin que nadie diga mucho. La solidaridad
también tiene sus jerarquías.
Se habla mucho de unidad, palabra íntimamente asociada a la
solidaridad, pero tampoco se practica más que para sacar declaraciones. Cada
combo jala, al final de cuentas, para su lado y todos afilan sus puñales en
contra del resto. Bien sabemos que los puñalazos del supuesto amigo duelen más
que los que da el enemigo declarado. Acá un combo cultiva la amistad con una
ONG europea o gringa, y allá otro combo cultiva la amistad con otra. Al final
todo se reduce a la cochina plata. A los contactos, a los viajes por Berlín,
Londres o Washington, a las foticos con “gente importante”. Les encanta eso.
Parece que critican tanto la exclusión porque se mueren por tener un huequito
en el edificio del poder.
El problema, en realidad, es ese: el poder. No quien lo ejerce,
sino cómo se ejerce. Cuando veo a algunos dirigentes sociales colombianos de
gira por Europa comportarse como unos pequeños oligarcas autoritarios,
insolentes, excluyentes, dogmáticos, egocéntricos, pienso qué pasaría si
controlaran el poder del Estado, porque una modesta cuota de poder en las
modestas redes de cooperación hace que se les vayan los humos a la cabeza. No
caminan: levitan. De tanto reunirse por aquí y por allá con burócratas y
politiqueros se les van pegando las mañas; dicen que todo, menos la belleza, es
contagioso. La izquierda puede tener rostros jóvenes, pero todavía tiene
corazón viejo, saturado de vicios de esa vieja politiquería tradicional.

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