ARTIGAS, UNA
PIEDRA FUNDACIONAL
EDUARDO SANGUINETTI,
FILÓSOFO RIOPLATENSE

En el orden de la cultura y de los ¿valores? importados, siguen
pidiendo permiso, sin perder la mirada de las naciones del denominado primer
mundo, para la producción de un film, la apertura de un centro gastronómico, la
puesta en escena de un desfile de modas o de una muestra de artes visuales, con
algún guiño autóctono; la producción de programas de tv, incluidos los de
noticias y documentales al estilo Hollywood, Discovery o National Geographic,
entre otros, tienen como referente a Estados Unidos.
Hago mención a Argentina, puntualmente, tierra donde he nacido,
pródiga como ninguna en este planeta en recursos naturales y en una pésima
distribución de la población y no a otras naciones suramericanas, donde aún el
trabajo tiene espacio y lugar, como deber y derecho, nada se regala.

Honestamente, a pesar de las diferencias en maneras y modos,
guardo un profundo respeto al pueblo uruguayo, que aún persiste en vivir en su
tierra y no emigrar, como así también a la militancia del Frente Amplio,
compuesto de trabajadores a tiempo completo, hoy luchando a brazo partido,
intentando el milagro de que sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia
del Uruguay logren el prodigio de arribar a un tercer gobierno del FA,
indispensable para continuar, bien o mal con un camino ya trazado hace 10 años.
De más está decir que blancos y colorados nunca más llegarán a
ser gobierno, si hacemos memoria y recordamos los pactos de tiempos del Herrera
de los años treinta, cuando se administraba Uruguay para terratenientes
europeizados y sus acólitos, bajo la protección del Imperio Británico. No olviden
que el caudillo del partido nacional o blanco Luis Alberto de Herrera comía con
el rey Jorge, haciendo de la Banda Oriental, un protectorado inglés. No los
considero ni para darles una chance, solo para llenar espacios de historias
trasnochadas del diario de la dictadura y sus anécdotas para la hora del té.
Estos partidos, colorado y blanco, llegaron a sellar un pacto
donde el partido triunfador en elecciones se reservaba el 60% de los cargos
públicos y el derrotado disponía del 40% restante. A este convenio, la prensa
uruguaya afín a conservar este status quo, designaba en guiño cómplice el
“Pacto del Chinchulín”.
Hacía 1950, no olvidemos, se produjo un viraje en el pensamiento
de Herrera: no era más el que había escrito acerca de la Misión Ponsonby en
1930. No había nada de extraordinario en ese cambio, pues el Uruguay se
precipitaba a un giro de 180º, y la generación ilustrada de jóvenes “de buena
familia” que se habían iniciado militando en el Partido Socialista, fundarían
años después el Movimiento Tupamaros. Iban tras las huellas de una historia
olvidada. Eran los rastros de Artigas, que volvía desde lejos, dispuesto a
terminar y destrozar los pactos y tratados con el Reino Unido.
Artigas había sido arrojado a un abismo de olvido después de la
derrota a manos de los porteños y portugueses, luego de hundirse su proyecto
trascendente de fundar una Nación Suramericana. A fines del siglo XIX, la
figura de Artigas comienza a corporeizarse, como su sueño fundacional.
Artigas hoy está más vivo que nunca, no lo olviden los
candidatos del Frente Amplio: un deber histórico, digno y puro los aguarda si
llegaran a ser electos para ocupar el ejecutivo de la República Oriental del
Uruguay.
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