miércoles, 6 de marzo de 2024

BARROSO: POLÍTICA Y MEDIO (VALGA LA REDUNDANCIA)

 

BARROSO: POLÍTICA Y MEDIO (VALGA 

LA REDUNDANCIA)

El influyente asesor en la sombra, fallecido en enero, fue un actor clave en el gran pulso por la hegemonía progresista disputado durante décadas a caballo entre la Moncloa, el PSOE y el Grupo Prisa

REVISTA MONGOLIA

< Juan Luis Cebrián y Felipe González. / Luis Grañena

Una de las figuras más influyentes de la política española, aunque en buena parte desconocido para el gran público porque se movió siempre en la sombra, falleció sorpresivamente el 13 de enero a los 70 años: en Miguel Barroso (Zaragoza, 1953 - Madrid, 2024) convergieron varias de las líneas maestras que han marcado la España política y mediática desde la recuperación de la democracia: el fracaso de la extrema izquierda en la Transición, que él vivió en Barcelona desde Bandera Roja y El Viejo Topo; el auge arrollador de la socialdemocracia con la llegada de Felipe González a la Moncloa, al que se sumó ya de entrada como jefe de gabinete del ministro de Educación y gran referente intelectual del PSOE, José María Maravall, y la posterior tensión entre polos generacionales y políticos crecientemente en tensión en pugna por la hegemonía progresista, un choque que trascendió de mucho al PSOE e impactó de lleno a la Moncloa, a las relaciones en el conjunto de la izquierda y al ecosistema mediático de este país.

 

En casi todas las fallas clave, las verdaderamente capaces de desencadenar un terremoto político o mediático, estuvo Barroso, que fue un actor determinante para intentar liberar el campo progresista de los corsés impuestos por la Santa Alianza custodiada durante décadas por Felipe González y Juan Luis Cebrián, con múltiples réplicas en el PSOE, en la Moncloa y en las relaciones de ambas instancias con el Grupo Prisa, el gran referente mediático de los progresistas en España desde la Transición.

 

Barroso fue un actor determinante para intentar liberar el campo progresista de los corsés impuestos por la Santa Alianza

 

A través de su figura, Mongolia repasa sucintamente cuatro décadas en los grandes pulsos de construcción de hegemonía progresista en la política y los medios (valga la redundancia).

 

El reinado feliz del PSOE y El País

 

El País se convirtió, casi desde el mismo día de su fundación, en 1976, en el periódico de referencia de la nueva España que se perfilaba con la Transición. Arrancó con un accionariado que en sí mismo simbolizaba este proceso –con representantes de casi todo el espectro político, desde AP hasta CDC y el PCE–, pero el éxito colosal desencadenó rápidamente una batalla interna que el consejero delegado, Jesús de Polanco, y el director, Juan Luis Cebrián, llevaron, desde la independencia que aportaba la solvencia económica, hacia una creciente comunión con el polo que acabó encarnando los nuevos tiempos: el PSOE de Felipe González.

 

 

Jesús de Polanco y Felipe Gonzalez en un almuerzo-coloquio de 

la Fundación Euroamérica en 2007.

En 1981, tras una rocambolesca aventura periodística para desenmascarar a los golpistas del 23F, Barroso aterrizó en El País junto a su cuate Javier Valenzuela y desde ahí vivió la marea que el año siguiente iba a llevar a Felipe González a la Moncloa a lomos de la espectacular mayoría absoluta. Formado el Gobierno, Barroso se sumó al equipo de Maravall y arrancó con ello una larga trayectoria como asesor de cabecera al máximo nivel, pero sin quitar nunca el ojo de El País y del campo de juego mediático, consciente como siempre fue del papel vital de los medios de comunicación sobre la opinión pública y como actor político clave en la construcción de hegemonía.

 

En los sucesivos mandatos de González, el Gobierno y el Grupo Prisa, que fue amplificando su influencia tras adquirir la Cadena Ser y las sinergias con sus editoriales, consolidaron una relación simbiótica construida inicialmente en plano de igualdad por la potencia de ambos, no exenta de las tiranteces inherentes al poder y al ejercicio del periodismo, pero con una agenda compartida de modernización progresista del país. Las relaciones privilegiadas entre González y Cebrián alumbraron un exitoso combo, que llegó incluso al terreno editorial cuando firmaron a cuatro manos –El futuro no es lo que era (Aguilar, 2001)–, autoconvencidos de que su genialidad compartida merecía la admiración no solo de los españoles sino del mundo entero.

 

Sin embargo, desde la década de 1990 ambos transitaban ya lejos del apogeo creativo de los ochenta. Aburrido del periodismo, y con una creciente obsesión por el dinero y el poder, Cebrián quiso convertirse en un gran ejecutivo –en Prisa, pero también en la banca, con Bankinter–, y hasta jugar directamente a la política, con coqueteos con el italiano Marco Pannela y su Partido Radical italiano, desde posiciones ultraliberales, que tras la caída del Muro de Berlín se le radicalizaron y le llevaron a intentar ajustar cuentas en su propio periódico con lo que devino su verdadera obsesión durante muchos años: el deseo de extirpar de la redacción cualquier resto que pudiera quedar de la cultura del mayo del 68, que veía por doquier.

 

Cebrián procedía del periodismo franquista –Arias Navarro, exponente del bunker, confió en él como jefe de Informativos de TVE– y llevaba mal que el éxito de su periódico lo debiera también en gran parte a la redacción formada muy mayoritariamente por rojos y rojas procedentes de toda la sopa de letras de la extrema izquierda en la Transición.

 

Obviamente, buena parte de esta radicalidad se fue atemperando en la mayoría de casos con la consolidación de la democracia, pero sí quedó muy impregnado en el periódico este poso cultural, con fuertes raíces en el mayo del 68. Ello molestaba sobremanera a Cebrián, renacido como aspirante a tiburón capitalista, que se atribuía casi en exclusiva el éxito de El País hasta el punto de que incluso Polanco le empezó a parecer un figurante timorato, como reflejó años después en sus memorias, Primera página (Debate, 2016).

 

Cebrián se concentraba en pequeñas batallas para estar en condiciones de imponerse cuando llegara la era post-Polanco

 

Uno de los motivos permanentes de tensión entre Cebrián y Polanco, que se prolongó hasta el fallecimiento de este último, en 2007, fue precisamente esta obsesión del primer director del periódico por extirpar los restos del mayo del 68 de la redacción, lo que a menudo derivó en cruentas batallas con el poderoso comité de empresa. Pese a su empecinamiento, Cebrián solía perder estas batallas, puesto que Polanco, que también procedía del franquismo, siempre optó por mantener el statu quo con un argumento pragmático: “Si así nos ha ido tan bien, ¿por qué cambiar?”.

 

Al no poder ganar la guerra, Cebrián se concentraba en pequeñas batallas para estar en condiciones de imponerse cuando llegara la era post-Polanco, como el nombramiento como jefe de Opinión de El País de una figura tan derechista como el hoy eurodiputado de Vox Hermann Tertsch o la promoción de un grupo liderado por el periodista Antonio Caño, que en el crepúsculo del Gobierno de Felipe González ya se organizó para llevar el periódico hacia la derecha con el fin de entenderse mejor con un futuro gobierno de José María Aznar, que a partir de 1993 se veía como ineludible.

 

Este grupo primigenio, que denunciaba la influencia del “comando Rubalcaba” dentro del periódico con argumentos supuestamente profesionales pero con un trasfondo político neoconservador muy evidente, se convirtió en el polo de referencia interno de los que iniciaban un tránsito hacia la derecha y alcanzaría el cenit en la década de 2010 con Antonio Caño aupado a la dirección del periódico cuando la muerte de Polanco dejó a Cebrián con el camino expedito para su programa máximo y sin contrapesos.

 

Todos estos movimientos fueron taponados siempre por Polanco mientras vivió, pero ayudan a entender las raíces en el siglo XX de las batallas mediáticas en el ecosistema progresista en el siglo XXI, que tendrían en Barroso a uno de los principales antagonistas de este polo derechista. Y es que este corrimiento de tierras se daba también en la Moncloa, con Felipe González en fase crepuscular, que en 1993 evitó el K.O. por los pelos y que en su discurso de la victoria imprevista dejó para la historia una de las frases que le proporcionó precisamente Barroso: “He entendido el mensaje”.

 

Pero en realidad, González no había entendido una de las claves de la frase que le regaló su asesor: la hora del viejo PSOE y de sus dogmas había pasado.

 

A diferencia del nuevo grupo neocon que anidaba en El País –y que se expresaría abiertamente como tal durante la “guerra contra el terrorismo” emprendida por George W. Bush a partir de 2001–, la receta de Barroso marchaba en sentido contrario: hacia una regeneración de la izquierda que la liberara de los dogmas heredados de la Transición y en alianza con sectores sociales emergentes a partir de agenda progresista que bebía precisamente de la cultura del mayo del 68 y que ponía los pelos de punta a Cebrián y su cáfila: feminismo, ecologismo, democracia participativa…

 

Las bases para el gran pulso de la batalla por la hegemonía político mediática en la izquierda en la década siguiente quedaban sólidamente asentadas.

 

Aznarato: las trincheras preservan el statu quo

 

José María Aznar llegó finalmente a la Moncloa en 1996 a lomos de la Convergència i Unió (CiU) de Jordi Pujol, pero los planes de Cebrián en Prisa, con Antonio Caño en la pole position para conectar con los nuevos tiempos conservadores, nunca pudieron ni siquiera ensayarse. El choque entre el conglomerado de comunicación y la Moncloa fue virulento desde el inicio y fue escalando rápidamente hasta un nivel de destrucción nuclear, con el Gobierno implicado hasta las cejas en la construcción de una plataforma mediática con el uso de Telefónica como caja para intentar arrastrar a Prisa hacia la quiebra y, en paralelo, con maniobras judiciales para encarcelar a su cúpula.

 

Con semejante contienda, la “revolución pendiente” de Cebrián necesariamente quedó en un cajón y Prisa se mantuvo en el espacio progresista, articulado alrededor del felipismo, aunque con un cambio muy significativo con respecto a las dinámicas anteriores: antes, las relaciones entre El País y el PSOE se movían en un plano bastante igualitario, como consecuencia del poder y del éxito de ambos. Pero ahora el PSOE entraba en barrena, despojado de poder y carcomido por guerras cainitas, mientras que Prisa, a pesar del asedio teledirigido por Aznar, se mantenía en la cúspide de influencia y de poderío económico, que culminaría con la salida a Bolsa, en el año 2000, en un contexto de borrachera del capitalismo de casino que minimizaba los riesgos del sobreendeudamiento, como iba a descubrir con crudeza más tarde todo el mundo, Prisa incluido, al estallar la burbuja financiera global a partir de 2008.

 

Prisa y el felipismo siguieron juntos en la trinchera, con sacrificio de Josep Borrell incluido, y los disidentes progresistas del felipismo-cebrianismo salieron del tablero a la espera de tiempos mejores. Como el propio Barroso, que encontró en el FNAC, fundado por extrotskistas franceses, una magnífica plataforma para proseguir sus batallas culturales desde la empresa privada y hasta dar rienda suelta a su notable talento como escritor con la publicación de su novela Amanecer con hormigas en la boca (Debate, 1999).

 

Barroso encontró en el FNAC, fundado por extrotskistas franceses, una magnífica plataforma para proseguir sus batallas culturales desde la empresa privada

 

Tras el hundimiento electoral en el año 2000, el PSOE se vio obligado a afrontar sus demonios en un congreso decisivo del que, contra todo pronóstico, fue aupado como secretario general José Luis Rodríguez Zapatero, en una alianza contranatura de todos contra el felipismo, que apoyaba la candidatura de José Bono. Zapatero logró aunar a renovadores, aperturistas, izquierdistas y hasta guerristas –que dejaron tirada a su propia candidata, Matilde Fernández, en un giro crucial de última hora del que todavía se arrepienten un cuarto de siglo después– para inaugurar una nueva etapa que se proponía soltar amarras con el felipismo y sus dogmas, así como reconectar con la evolución de la ciudadanía progresista y sus nuevas ambiciones, lo que necesariamente pasaba por retomar debates congelados por el pacto de la Transición.

 

Zapatero sí parecía haber “entendido el mensaje” cifrado de Barroso: era inevitable que se encontraran.

 

Zapatero: la ruptura impensable entre Prisa y el PSOE

 

La sorpresiva victoria de Zapatero en 2004, bajo la conmoción de los atentados del 11-M, reequilibraba de nuevo la situación histórica entre El País y el PSOE, que volvía a la Moncloa, pero con una novedad muy significativa: Prisa seguía bajo la órbita del felipismo, mientras que en la Moncloa soplaban los vientos nuevos que traía Zapatero, que cimentó su victoria interna en abrir una nueva etapa libre de los corsés del felipismo y que aspiraba pues a sacarse de encima cualquier pretensión de tutela del viejo PSOE.

 

Este choque se visualizó muy claramente ya en la primera reunión al máximo nivel entre el nuevo presidente del gobierno y la cúpula de Prisa, que le trató como si fuera un don nadie y le sugirió sin contemplaciones los nombres para llevar las políticas de Comunicación.

 

Pero Zapatero ya tenía decidido a quién nombrar y no estaba en la terna sugerida por Prisa: Miguel Barroso.

 

El afán de tutela, explicitada sin remilgos en esta primera y fatal reunión, así como las vinculaciones entre el grupo de comunicación y el viejo PSOE en un nuevo marco en que, debido a la debilidad del partido frente al poderío del grupo mediático, la Moncloa se arriesgaba a quedar en una posición subordinada, habían convencido a Zapatero y Barroso de la necesidad de abrir el campo de juego del ecosistema mediático para la entrada de nuevos actores progresistas. En su planteamiento, se trataba de un plan doblemente democrático: tanto para el interés general, puesto que la entrada de operadores televisivos privados con Felipe González había derivado paradójicamente en una hegemonía incontestable de la derecha con Tele5 y Antena3 en el panorama audiovisual, como para la propia izquierda, demasiado condicionada por un monocultivo de Prisa, tan poderosa que no dejaba crecer la hierba, y erigida en un auténtico contrapoder felipista.

 

Desde la Secretaría de Estado de Comunicación, Barroso fue clave para abrir el terreno de juego con la licencia televisiva que permitió a la televisión de Prisa –Cuatro– emitir en abierto y a la vez facilitar la irrupción de un nuevo actor progresista, La Sexta, llevando por vez primera la competencia también en el ecosistema mediático de la izquierda.

 

La reacción de Prisa fue equivalente al desencuentro de la década anterior con Aznar: se apretó el botón de guerra nuclear. Esta vez, contra Zapatero y, sobre todo, contra el “visitador” –así empezaron a calificarle–, al que responsabilizaron de la tragedia de perder el monopolio y al que destinaron toda la artillería mediática: Miguel Barroso.

 

Esa ruptura política y mediática ha marcado la izquierda desde entonces, con un pulso permanente entre dos polos: el del felipismo, que en los últimos años busca abiertamente la colaboración con el PP para blindar el relato de la Transición, y el de la renovación auspiciada por Barroso en el PSOE y en la Moncloa, primero con Zapatero, luego con el intento frustrado de Carme Chacon y finalmente con Pedro Sánchez, que aspira a colaborar con la izquierda alternativa y los nacionalistas para superar los márgenes fijados por la Transición hace más de cuatro décadas. Hasta 2018, Prisa jugó a tope con el primer polo, felipista. Desde 2021, y de la mano de Barroso, pasó a alinearse con el segundo.

 

LaSexta-Público: auge y caída del conglomerado alternativo

 

En contra del esquema diseñado por Barroso, el nacimiento de La Sexta no logró consolidar un conglomerado potente que compitiera con Prisa por el segmento de mercado progresista. Los problemas arreciaron desde el principio, por la incompatibilidad entre los dos polos del accionariado más interesados en la gestión de la nueva cadena, que apenas se conocían entre sí antes de la aventura y que tenían en las relaciones históricas con Barroso el único nexo en común: Globomedia, con base en Madrid, era el eje editorial del proyecto y aportó la presidencia de La Sexta, que recayó en José Miguel Contreras. Y para el “hierro” –cámaras, logística, equipamientos, etc.– se incorporó en el último momento Mediapro, con base en Barcelona y liderado por Jaume Roures, que había coincidido con Barroso en los círculos de izquierda alternativa en Barcelona durante la Transición.

 

El nacimiento de La Sexta no logró consolidar un conglomerado que compitiera con Prisa por el segmento de mercado progresista

 

Pero Mediapro no se conformó con el papel que se le atribuía, restringido al “hierro”, y casi desde el primer día empezó a maniobrar para hacerse con el control del grupo y entrar de lleno en la dirección editorial. Al no lograr avances en el control de la redacción, en manos de Antonio García Ferreras, entonces en plena sintonía con Contreras, Roures buscó reforzar su posición de contrapoder interno con una interlocución directa con la Moncloa a través del lanzamiento del diario Público a espaldas de sus socios.

 

Sumar un periódico de ámbito nacional al nuevo conglomerado formaba parte del plan quinquenal del proyecto alrededor de La Sexta, pero Roures y Tatxo Benet se adelantaron y lo montaron por su cuenta y al servicio de sus intereses particulares. Desde fuera, parecía que se estaba construyendo un gran grupo mediático. En realidad, el periódico evidenciaba la guerra, ya imposible de reconducir, dentro de este espacio justo a las puertas de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión de 1929, que a punto estuvo de llevárselo todo por delante.

 

La brutalidad de la crisis económica acabó con el experimento: el núcleo de Mediapro, con más fondo de armario financiero, acabó imponiéndose internamente, entre acusaciones de desvío de fondos para financiar Público con la caja de La Sexta que nunca llegaron a trascender. Pero los ganadores del pulso interno se aprestaron a cerrar la edición impresa del periódico y a controlar la edición digital a través de personas interpuestas para así contar con mejores cartas para implorar al nuevo Gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy y Soraya Saénz de Santamaría que facilitara la absorción de La Sexta por Antena3 en el nuevo espacio de Atresmedia como la única vía para salvar el pellejo ante el mar de deudas generado, incluso a costa de que sus participaciones en el nuevo conglomerado se quedaran en residuales.

 

El fin de la ilusión terminó con La Sexta dirigido por Ferreras pero dentro del universo controlado por Planeta –muy bien conectada con el PP– y con el Grupo Prisa movilizando todas sus tropas a favor de Alfredo Pérez Rubalcaba enarbolando la bandera del “viejo PSOE”, para impedir a toda costa –todo parecía permitido– que Carme Chacon, entonces esposa de Barroso, lograra hacerse con la secretaría general del PSOE.

 

Pintaban bastos, con artillería de “fuego amigo” a discreción y una nueva “década ominosa” en ciernes: Barroso se replegó en La Habana como delegado de la multinacional WPP (accionista de Mediapro). Un dulce retiro que resultó ser apenas una tregua.

 

Cebrián-Caño: “Revolución conservadora”en El País

 

Ahogado por el peso de la deuda descomunal de Prisa, y ya libre de la tutela de Polanco, Cebrián pudo por fin acometer, tras la llegada a la Moncloa de Mariano Rajoy, la “revolución conservadora” que había pergeñado infructuosamente en la década de 1990: entenderse también con el PP en nombre de una supuesta “política de Estado” responsable que pasaría porque el PSOE, felipista, colaborara con los conservadores para cerrar el paso a cualquier “aventura” que se propusiera ir más allá de límites que fijó la Transición, particularmente ante el proceso independentista en Cataluña.

 

Para esta fase, Cebrián desempolvó la candidatura de Caño a la dirección del periódico, que se arrastraba también de un cuarto de siglo antes, formó un comité editorial nucleado alrededor del felipismo y de sus propuestas “responsables” de gran coalición, que pasaban por situar al frente del PSOE a Susana Díaz y desembarazarse de Pedro Sánchez, y cerró filas con el Gobierno de Rajoy aprovechando que le ofreció un respirador asistido económico a través de las maniobras de Soraya Sáenz de Santamaría, quien pasó a tener carta blanca en Prisa para vetar a periodistas o incluso mandarles a lejanas corresponsalías.

 

No se trata de rumores: el giro fue evidente tanto para la redacción, que entró en una profunda depresión que ha dejado fuertes secuelas, como para los lectores, que ante el brusco giro a la derecha y la contemporización con la Moncloa desertaron en masa del proyecto, lo que agravó sus dificultades económicas y lo hizo todavía más dependiente del Gobierno del PP, con la cuenta de resultados permanentemente en rojo.

 

Esta sumisión de Prisa a Soraya Sáenz de Santamaría está muy bien explicada desde dentro, y con abundantes detalles, en el libro Memorias de luz y niebla (Galaxia Gutenberg, 2020), de Gregorio Marañón, uno de los puntales del Consejo de Administración de Prisa durante más de tres décadas y artífice del bonus multimillonario que se embolsó Cebrián por el ERE de 2012.

 

El estropicio fue tal que la sorpresiva caída de Mariano Rajoy y la llegada a la Moncloa de Pedro Sánchez, víctima de los cañonazos lanzados desde Prisa y su consejo felipista “responsable”, forzó una rectificación por parte del Consejo de Administración, entonces liderado por el Banco Santander, ante la quiebra económica en ciernes de la compañía: se encomendó la misión de salvación a dos periodistas con gran autoridad en la redacción y entre los lectores, Soledad Gallego Díaz y Joaquín Estefanía, que estaban ya semijubilados.

 

El núcleo alrededor de Caño fue despedido y con los años se ha ido apartando del proyecto a la cáfila de intelectuales que forjaron esa época, en su mayoría felipistas o en tránsito hacia la derecha, que han acabado atrincherados en el diario digital The Objective, con la excepción de Cebrián, que sigue impertérrito cobrando una tarifa especial por sus artículos y se mantiene como presidente de honor de El País. La reciente salida de Fernando Savater y Félix de Azúa se inscribe todavía en esa misma onda expansiva.

 

Oughourlian-Barroso: la extraña pareja

 

La gran paradoja es que la reconexión de Prisa con su base tradicional de lectores y el realineado con el segmento progresista del mercado se debe al financiero Joseph Oughourlian, que se cansó de perder dinero en un proyecto desnortado, cada vez más alejado de su comunidad lectora y gestionado como “una casa de apuestas fallidas” al servicio de proyectos políticos del establishment que solían estrellarse sin alcanzar nunca sus objetivos, como sus infructuosos y constantes intentos de aupar a Susana Díaz o de noquear a Pedro Sánchez.

 

En 2021, el presidente del fondo Amber Capital dio un golpe de mano y reunió los apoyos suficientes en el Consejo de Administración para hacerse con la presidencia de Prisa, dirigir él mismo la corporación y relegar a Cebrián a un lugar puramente honorífico a partir de motivaciones de estricta racionalidad económica, desprendida de cualquier ideología: si los lectores y la audiencia de El País y la Ser son mayoritariamente progresistas, la línea editorial del grupo debe moverse también dentro de estos parámetros, desde el rigor y con la máxima independencia que permita una situación financiera tan desesperada.

 

La reconexión de Prisa con su base tradicional de lectores se debe al financiero Joseph Oughourlian

 

Durante sus años en el consejo, al que se había incorporado en 2015, Oughourlian escuchó muchas historias de complots en los que siempre acababa apareciendo supuestamente la mano oculta de Barroso, convertido en una auténtica obsesión para Cebrián desde que Zapatero se negó a aceptar la tutela de Prisa y de González, en 2004.

 

Y así fue como, para estupefacción general, el financiero acabó llamando a Barroso, le incorporó al consejo y le entregó plenos poderes para que Prisa reconectara con su audiencia, lo que incluyó el nombramiento de Pepa Bueno en la dirección de El País y de Montse Domínguez en la de la Cadena Ser.

 

Oughourlian sí había entendido el mensaje, aunque solo fuera para dejar de perder dinero.

 

En poco más de dos años, El País suma 350.000 suscriptores, con lo que al fin recorre la misma senda que siguen desde hace años los diarios de referencia en los países occidentales, que basan su modelo de negocio en la construcción de una base de lectores de pago, un auténtico tabú para Cebrián, que nunca entendió el nuevo mundo digital, y no en una timba de apuestas políticas. Para ello el grupo necesitaba recuperar la sintonía con su audiencia, lo que ha facilitado que al menos todas las unidades del grupo dejen de perder dinero.

 

Pese a ello, la situación sigue siendo muy complicada, con el agobio de la estratosférica deuda acumulada en el pasado, por lo que el giro impulsado por Barroso dista mucho de estar consolidado y depende en buena medida de la entrada de más inversores que acaben compensando al financiero francés para que pueda reducir las minusvalías que acumula.

 

Tras la muerte de Barroso, el nombramiento de Jordi Gracia como nuevo presidente del Consejo Editorial de Prisa y de José Miguel Contreras como director de Contenidos ha sido interpretado por un cáustico analista con retranca como una prueba de que “Barroso sigue trabajando después de muerto”.

 

Eso sí: los millones de la multinacional francesa Vivendi y de su ultraderechista dueño, Vincent Bolloré, próximo de Oughourlian y socio de este en varias aventuras, aguardan su momento por si el nuevo polo empresarial que estaban construyendo Barroso y Contreras no alcanza a cumplir sus objetivos.

 

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Esta pieza pertenece a la sección Reality News, espacio de la Revista Mongolia dedicado a noticias reales.

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