jueves, 3 de mayo de 2018

LORCA Y LOS NOVIOS DE LA MUERTE



LORCA Y LOS NOVIOS DE
 LA MUERTE
DAVID TORRES

No se ve a muchos políticos españoles acudiendo al teatro, a un concierto, al cine, a la ópera o a la presentación de un libro. La mayoría son alérgicos a la cultura, incluido el ministerio de Cultura, que fue okupado a lo largo de varias décadas por ejemplares del rango de Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy o Carmen Calvo, por no hablar de los últimos fichajes, Ignacio Wert o Méndez de Vigo. Quizá hacen bien en alejarse de bibliotecas, pinacotecas y conservatorios, porque les podría suceder lo mismo que a Alfonso Guerra, quien un día se puso a declarar su amor incondicional por Antonio Machado con unos versos de Miguel Hernández.


En esto, como en tantas otras cosas, los políticos -salvo raras excepciones como Jorge Semprún o Luis Alberto de Cuenca- no hacen más que seguir las principales tendencias callejeras. El pueblo español -el mismo que una vez pidió unas cadenas bien gordas y todavía no se las ha quitado de encima- siempre ha tenido menos afición por los libros que por los toros, hasta el punto de que cuando se conocieron José Ortega y Gasset y Rafael el Gallo, el célebre mataor le preguntó en qué trabajaba. Ortega le explicó que era filósofo y que se dedicaba mayormente a pensar, y entonces el Gallo apuntilló: “Tié que haber gente pa tó“. En la Feria del Libro de Málaga asistí a un remake de esta anécdota, cuando el único paseante que se acercó hasta la caseta en la hora y media que estuve sentado allí me dijo: “Sabe, es que nosotros no somos mucho de leer. Somos más de estar por la calle”.

Curiosamente, fue Ernest Hemingway el que acuñó en diversos libros y fotografías los tópicos hispánicos de la juerga, la bota de vino, la barrera en Las Ventas, la borrachera y los sanfermines. El franquismo pretendía imponer la visión de España como “reserva espiritual de Occidente” pero al final acabó triunfando la metáfora de Hemingway de España como botellón pueblerino universal. La pasada Semana Santa la metáfora del botellón volvió a cumplirse en la cochambrosa imagen de cuatro ministros en activo cantando a coro “Soy el novio de la muerte” ante el Cristo de la Legión en Málaga. Estaban la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal; el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido; el de Justicia, Rafael Catalá; y el de Cultura, Iñigo Méndez de Vigo; y los cuatro se sabían la letra al dedillo.

Vivimos en un país bárbaro donde un gran poeta fue fusilado por orden de un general genocida y todavía no se sabe -ni se quiere saber- dónde fue enterrado exactamente el poeta, mientras que el general genocida sigue descansando a los pies de la Macarena. Estos días la barbarie ha vuelto a escribir una página infame al pintar los seis palotes de la esvástica nazi en la frente de la estatua de Federico García Lorca en el bulevar de la Constitución en Granada. Millán-Astray, fundador de la Legión, compuso el lema definitivo de esa España de charanga y pandereta que continúa cantando a voz en grito sus tercos escupitajos a la belleza, la poesía y la verdad: “¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!”
 


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