viernes, 25 de mayo de 2018

AQUÍ CABEMOS TODOS O NO CABE NI DIOS


AQUÍ CABEMOS TODOS O 
NO CABE NI DIOS
JUAN CARLOS ESCUDIER
Históricamente, el patriotismo nos ha hecho a los españoles una digestión muy pesada, con retortijones, ardores y flatulencias. Lo peor han sido siempre los ardores y, sobre todo, sus chispas, esas que abrasaban todo y dejaban a su paso montañas de cadáveres, todos muy patriotas, todos muy españoles o antiespañoles, y todos muy muertos. Por lo general, nuestra relación con el patriotismo se ha reducido a una lucha desigual entre la libertad, que por costumbre caía derrotada, y la reacción, que se imponía a tiro limpio y luego salía bajo palio. Del patriotismo que entendía Azaña, y que siempre se pone de ejemplo, sólo han quedado unas hermosas y profundas citas de lo que debió ser, nunca fue y, desgraciadamente, sigue sin serlo.


Pese a los cólicos, el patriotismo siempre ha vendido mucho y Albert Rivera, que es un fenicio, se ha inventado a falta de crecepelos un derivado del ‘todo por la patria’ en forma de plataforma, a la que ha dado en llamar España Ciudadana, con la que promete que superemos la crisis de identidad nacional y hasta la de los 40. El suyo, asegura, es un patriotismo cívico que, al parecer, consiste en agitar banderas y en que Marta Sánchez vierta lágrimas como una Magdalena al entonar a capella su “Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin”, con el que está arrasando en las discotecas del centro de Madrid.

Rivera ha querido emular a Argüelles cuando, enarbolando la Constitución de 1812 en la Iglesia de San Felipe Neri, proclamó aquello de “Españoles, aquí tenéis vuestra patria”, pero a nuestro líder veleta le ha salido algo muy distinto que no pasa de ser una manifestación grosera de nacionalismo que, como cualquier otro, precisa para existir de un enemigo, de esa antiEspaña que nos resulta tan conocida y que hoy está integrada por los independentistas y por aquellos que no comparten la idea de que la nación tenga que ser tan única y tan arisca.

El de Ciudadanos no ha inventado la pólvora aunque se muestre tan dispuesto a usarla. Más bien, se ha subido a los lomos de ese monstruo que habíamos narcotizado a la muerte del dictador bajito y que, finalmente, ha despertado en una explosión rojigualda que da muy bien en los balcones y en las encuestas. Lo suyo no puede ser patriotismo ni cívico ni cívica, que dirían las madres, porque se alimenta de resentimiento y utiliza la historia como alambique del odio, justo lo contrario de lo que debía intregrar su dieta.

Su maniobra ha sido muy criticada por el PP, que creía que ese caballo estaba en sus cuadras y le acusan de ser un vulgar cuatrero, pero también ha despertado la admiración de Alfonso Guerra, que en uno de sus ataques agudos de jacobinismo, cree que Ciudadanos se verá recompensado por defender lo español en Catalunya, es decir, el discurso de la izquierda antes de que se volviera nacionalista. Con las mismas, ha pedido a los “progresistas” liberarse de perjuicios y proclamar su patriotismo, que pasa obviamente por custodiar la unidad territorial como garante de la igualdad entre españoles.

Defender a la patria es, como se ha dicho, un ejercicio muy peligroso porque la idea que cada uno tiene de ella no es uniforme. Ni son menos patriotas los que en otros países, como Reino Unido o Canadá, han favorecido que los ciudadanos de Escocia o Quebec expresen en referéndum lo que quieren ser, ni tampoco los que aquí opinan que la patria no se corresponde con una única nación y no necesitan agitar trapos de colores para expresar su amor al país.

El patriotismo es una manifestación de orgullo por pertenecer a una comunidad. Se confunde con un sentimiento cuando es, en realidad, un pensamiento racional, un convencimiento en gran medida científico de que uno habita un país respetable. Como se ha dicho aquí en alguna otra ocasión, esa respetabilidad no está en función de la soberanía que defiende sino de los derechos que ampara y del trato que dispensa a sus ciudadanos.

La patria, por lo demás, no deja de ser la imagen que devuelve esos espejos deformantes de la realidad con los que cada uno la observa. Habrá quien considere patriota al rapero Valtonyc por poner pies en polvorosa y denunciar con su huida la ausencia de libertad de expresión. El propio Zaplana, ese brazo de mar de trajes entallados y zapatos impolutos, de piel barnizada en contraste con unos cuellos de camisa blanquísimos, diríase que almidonados, recogidos en el nudo Windsor o príncipe Alberto de una corbata que si no es de Hermés lo parece, siempre se consideró un patriota con derecho de roce a la caja registradora.

Los descreídos de banderas himnos y naciones también tienen su idea de patria, mucho más incluyente y generosa porque trasciende las fronteras, que son esas líneas imaginarias donde el vecino deja de serlo para convertirse en extranjero. Cantaba Víctor Manuel hace casi cuarenta años la mejor definición que se ha escuchado de la patria, la que no precisa de salvadores como Rivera ni arma de razón a los que se llenan la boca con su nombre, la que no juega con sables ni considera traidores a los que no participan de sus procesiones. Aquella en la que necesariamente caben todos o no cabe ni Dios.
 


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