sábado, 26 de mayo de 2018

TERRERO, por José Rivero Vivas


TERRERO
José Rivero Vivas



(Incluye un fragmento de
 La magua, cap. 20.
José Rivero Vivas
Ediciones IDEA
ISBN: 978-84-9941-826-1)
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Marcelo, excelente cantor de copla canaria, exhibía su voz de barítono, armoniosa y aterciopelada, en fiestas y recitales, que se oía en romerías y guachinches del Norte y Sur de Tenerife, donde la parranda era incesante, lo que despertaba auténtica atracción en los amantes del folclore, popular quehacer, convertido en preciada reliquia de estas Islas. Amigo dilecto de don Abelardo, virtuoso de la guitarra, en cuanto músico profesional, se les veía en sucesivas madrugadas realizar su héjira de bar en bar, hablando sus cosas, cuando el cansancio imponía sugerente pausa en el toque y la canción. Una noche se les ocurrió a ambos que podían asimismo interpretar su arte, a través de bien organizado espectáculo, en sede conocida de la Calle Castillo, en Santa Cruz de Tenerife. La noticia lanzada, pronto se vio la Ciudad vestida con el cartel anunciador del evento. En luminosa tarde de mayo se celebraría la performance, con ellos dos solos en escena.

La sala se vio repleta de un público heterogéneo, ferviente amante del canto vernáculamente arraigado en Canarias. Don Abelardo, a la guitarra, pulsaba acordes y canturía con maestría excepcional; mientras, Marcelo, crecido ante el numeroso público que abarrotaba el local, desgranaba su arte con justeza, ternura y cálida melodía. Su copla, como de críptico mensaje, sorprendió:

“Te fuiste, Marcial querido,
 al fondo de tu verdad.
Te condenan al olvido
 por tu anhelo de igualdad. “

Al terminar, la ovación, general, cundió atronadora en el salón. Marcelo, circunspecto, ilustra:

“Cantaba bien Isabelita. Era verdad. Alzaba la voz en la salida de la malagueña, y su trino, a flor de labios, daba efluvio a ruiseñor. De canario y capirote parecían las folías. De calandria era la isa, acompasada con su sabroso brinquito que la emparentaba en galanura con la alpispa saltando a un lado y otro de la atarjea, contrapunteando el claro murmullo producido por el agua en su deslizamiento hacia tierras más bajas.
              Siempre empezaba con las folías, entonando ella sola el estribillo más cantado por Marcial padre.

                Escucha, canario,
esa voz que canta,
dejo acompañado
de timple y guitarra.

              Terminaba de tararear la introducción y, zas, al canto abierto y sentido, como si hoy fuera ayer. “

            Se trata, como habrán podido observar, de un fragmente de La Magua, novela de José Rivero Vivas, de quien hará alusión don Abelardo, amigo suyo y compañero de travesía europea.
              Don Abelardo se puso en pie, insinuó una genuflexión, y, acto seguido, volvió a tomar asiento. Colocó displicente unos folios sobre la mesa, y habló:
“Ignoro si mis palabras alcanzarán más allá de un equilibrado sentir, exento de derrubio y francamente lozano.”
Fue cuanto dijo aquel hombre en el momento de subir a la tribuna a disertar sobre la inedición de su libro. Por mi parte, hube de ruborizarme al entender que nadie avanza al margen de convicción manifiesta ante detractores y simpatizantes. Por consiguiente, se ha de cantar, aunque la voz no sea argentina, en espera de que, como las mismas notas que entona, su son se diluya en el espacio. Pintan en bastos las cartas recibidas hace un milenio; su poder de ensueño, sin embargo, continúa en plenitud, haciéndome hocicar en mi fuero, sin medio de librarme a su influjo. Altruista y mecedor, me dije ayer a mí mismo, olvidado de posible alusión a su gesta, en instante supremo de su personal valía, defendida ante el juez instructor de laboral agravio.
Desvelada, pues, la síntesis de su ponencia, presentada en el Salón Noble de la Corporación, cabe aprontar el contraste de los hechos, sucintamente inscritos en el cómputo secreto de los vaivenes estereotipados. Disipado el humor maléfico, el premio habrá de causar satisfacción en la propuesta que a todos concierne, relativa a la egregia promoción de Lo nuestro.
Ajeno a la eminente labor hoy referida, he de confesar que no acierto a remontarme a cuanto romance pudieron legar nuestros antepasados guanches; comienzo, por tanto, esta cita con amplia demarcación que va desde Cairasco hasta Alejandro Suárez, y tantos otros, que engloban asimismo el total dedicado a las letras; de lo cual se desprende que la suma no solamente la componen aquellos autores favorecidos por la oficialidad, merced a la calidad y relevancia de sus obras, junto a otros, también agasajados, acaso por simpatía de la Administración, que alguien, en su malevolencia, entrevera mimo, en atención a presunta ductilidad y somera garatusa.
Hemos además de comprender que, al ignorar aviesamente la aportación previa de cuantos han añadido su grano de arena, implícita la genuina participación efectuada al margen de academia, nunca se logrará cúmulo exuberante en nuestro acervo, por donde devendrá improbable la extracción de excelencia, circunstancia que habría un día de propiciar la aparición del genio, consecuencia de pródigo concurso, no de singular alharaca al viento. Ello, en múltiples facetas, tanto de excelsa magnitud, cuanto de humilde arraigo; todo contribuye a enriquecer nuestro patrimonio, y no parece sensato desechar obras y autores, por mero capricho de alto funcionario, aversión de individuo de espíritu concreto, celo de colega que en la profesión rivaliza, o ciega obediencia al dictamen de atrabiliario potentado. Se trata, en definitiva, de nuestro fruto, tesoro encomiable producido en este ámbito insular, considerado nación, provincia de ultramar o zona periférica; tal vez colonia, como lo asume el elemento foráneo, tras gratuito veredicto de infravaloración, agravado negligentemente por obvio desdén del mismo oriundo de estas Islas, independiente de estado, formación y escala social.
Comprendo que, aun fuera de propósito, haya podido incurrir en improcedente exceso a lo largo de esta plática; en oportuna enmienda remito al respetable mi sincera apología, al tiempo de reconocer que mi oratoria está reñida con ampulosidad y rimbombancia, elocuencia y esplendor. Su ambivalencia, empero, permite subrayar que mis frases adolecen de nítida exposición, por donde podría resultar tergiversado el claror de mi enrevesado concepto, respecto de orientación, especificidad y movimiento.
Pero, constriñéndonos al folclore, con próxima unanimidad proclamado lema rey del Archipiélago, he de emitir mi desconcierto al constatar que no todo protagonista es netamente valorado por su noble entrega. Tanto así, que prevalecen los ases, de incuestionable categoría, con multitudinaria audiencia en los medios de comunicación, que prolijos cooperan en su esparcimiento, Esto es, hasta cierto punto, admirable; su éxito, no obstante, entraña ansiada emulación para los más, que se traduce en empobrecimiento de la atribuible versatilidad, inherente a la expresa esencia del pueblo.
Consciente de ello, mi irreductible fervor alienta el deseo de aferrarme a la compañía de Marcelo, a quien gratamente acompaño a la guitarra, y, extasiado con su canto, proyecto mi recuerdo sobre el inédito Marcelino, invencible cantador de otrora, que nadie nombra.
Muchas gracias a todos por su atención.

El orador resultó un tanto incongruente, o el público no llegó a entender su disertación, quizá por no sintonizar con cuanta premisa hubo sido vertida durante la charla. Lo cierto es que sordo se oyó un aplauso contenido, como de forma y cortesía. Con la misma, comenzó el desalojo del lugar.
Ambos amigos cruzan una mirada de complicidad. Se felicitan, luego, y deciden iniciar, allí mismo, su particular ronda señera.
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José Rivero Vivas
TERRERO
Tenerife.
Islas Canarias.
Mayo de 2018
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