sábado, 26 de mayo de 2018

TOBY O LA CRÓNICA DE LA FELICIDAD


TOBY O LA CRÓNICA DE 
LA FELICIDAD
RAMÓN DÍAZ HERNÁNDEZ
Es un trabajo escrito cuyo contenido resulta difícil de calificar y, por lo tanto, imposible de clasificar. Toby qué es: ¿Una memoria? ¿Una autobiografía? ¿Un viaje al pasado a través de la palabra? ¿O, tal vez, una evocación nostálgica de la primera e irrepetible infancia?

 El autor nos da alguna una pista diciendo casi al principio de su relato que es una “historiasueño” o una “quimera-realidad a prosapoetizar”. Pero, casi al final de la lectura, nos sorprende al afirmar que “Todo lo dicho son, simplemente, las memorias, fantasías y sueños de aquel entonces y mis encuentros con el ahora”.

Es decir, ni una cosa ni otra sino todo lo contrario. Con lo cual, lejos de iluminarnos nos confunde tanto como cuando Miguel de Unamuno llamó “nivola” a su novela Niebla. Pienso que Juan Francisco Santana Domínguez en ese viaje iniciático a la semilla ha mezclado tantos géneros inabarcables en este experimento literario que no me atrevo a definir ni mucho menos a clasificar. Pero esa opción no es en modo alguno censurable, ni menos aun reprochable, porque el ejercicio de la libertad creativa no conoce límites, cada uno se expresa como mejor le venga en gana sin sujetarse a arbitrarios cánones académicos ni estereotipos mercantilistas. Toby es, a juicio de este desordenado lector, una apuesta abierta, arriesgada en donde su autor está al corriente de los problemas que comporta atreverse a buscar la felicidad a través de la escritura. Por eso yo hubiera subtitulado el libro como “Toby o la crónica de la felicidad” porque en su páginas se reconoce una vez más que La verdadera patria del hombre es la infancia” (Rainer María Rilke).

El libro que presentamos hoy y aquí, en esta tarde-noche de un 22 de mayo, se titula Toby. Está editado por Ideas y en su cubierta aparece una sugerente creación composición de Francisco Lezcano. Consta de 157 páginas distribuidas en 15 capítulos, viene precedido de un excelente prólogo del artista argentino Eduardo Andaluz y de un prefacio e introducción del propio Juan F. Santana Dominguez. Santana Domínguez es, además de historiador, antropólogo, poeta y profesor, un hombre de letras que contagia lecturas de ahí que el lector se encuentre ante un texto repleto de citas de otros autores y que, a modo de exquisita guarnición, dialogan entre sí y con el autor amenizando una lectura que te va dominando sin apenas esfuerzo.
Son muchos los objetivos que este relato ambiciona en su convocatoria. Uno de los principales es dar a conocer los recuerdos y sueños infantiles a través de la emotiva convivencia con el perro de la familia, Toby, y del limitado espacio geográfico de un hogar acogedor, pero un tanto peculiar por el cometido de sus rectores, aunque ciertamente nada claustrofóbico y sí pródigo en escenas de memorables vivencias, anécdotas, pequeñas biografías, testimonios, paisajes,  imágenes rurales y urbanas en donde sus protagonistas (personas, avifauna, flora, luz, relieve, actividades) interactúan encadenando el pasado con el presente y emitiendo reflexiones sobre las más diversas cuestiones de la vida y de las preocupaciones eternas de la humanidad que tanto inquietaban entonces y siguen inquietando al común de los mortales. Todos estos ingredientes configuran una foto fija o una microhistoria de unos años de plomo que ya no se volverán a repetir y que, convertida en palabras, quedará como un hermoso documental para la posterioridad.
El relato se desarrolla en un contexto en el que priman valores positivos como el amor, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la amistad, la admiración, el agradecimiento y muchos otros que sustentaron toda una época de cambios rápidos, profundos y sorprendentes en donde hasta determinados componentes del denominado progreso (la crueldad de la matanza de un cochino en Teror o algunas actitudes acartonadas de las instituciones religiosas aparecen retratadas como eminentes contravalores. 
En el fondo de esta narración subyace la improbable creencia, ingenuamente a criterio mío, de que si el universo de Tobunipol se extendiera como proponía aquella quimérica Utopía ideada por Tomás Moro, otro mundo mejor sería posible.
Y llegado a este punto en que surge la palabra Tobunipol es obligada hacerse esta otra pregunta retórica: ¿Pero qué es Tobunipol?: Una isla perdida, rodeada por alambradas”, dice el autor;  y dentro de esa isla (añado yo) un microespacio espectral habitado por Juan y Toby al que luego se irán incorporando otros personajes reales o imaginarios (Unicornio, Sita, Vel, Tanta, etc.) que revivirán aventuras excitantes al modo de las que aparecían en los tebeos, cómics, radionovelas y películas de entonces. En la seguridad de aquel ambiente y ante la escasez de amigos reales, nuestro autor inventaba historias ensoñadoras en las que los personajes eran Toby, Uni (diminutivo del mítico Unicornio) y el resto de los perros, lagartos,  palomas y pichones,  ocas,  gallinas, cabras,  pájaros,  tuneras,  piedras y toda la familia.
Como es sabido de todos, los microespacios literarios son lugares comunes al que recurren imaginativos escritores como Juan Benet (en Volverás a Región, 1968); William Faulkner en su ilusorio condado de Yoknapatawpha o Mateo Díez en el territorio de Celama. 

Pero Toby es igualmente una historia sobre relaciones familiares. ¿La familia? Sí, la familia le interesa particularmente al autor de este relato porque en ella se dan todos los sentimientos que hay en el mundo pero más concentrados y con mayor intensidad si cabe.

Volver sobre todo lo que aquello significó constituye un viaje dichoso pese al dolor que supone soportar la ausencia de tantos queridos antepasados, ante lo cual lo único que se puede hacer ahora para resarcirse de la pesadumbre de la nostalgia es intentar revivir aquellos momentos felices y soportar la pena de su pérdida haciendo literatura de esa experiencia como si de una terapia liberadora se tratase. Teniendo en cuenta que narrar hechos pasados ejerciendo de juez y de parte interesada no es una posición fácil para un  ‘letraherido’, nadie ha dicho que lo haya sido para nadie. El narrador lo reconoce y lo evoca así: “Se me hace duro cerrar una parte de mi vida, o quizá sólo sea parte del camino andado hasta ahora, y la de un perro inolvidable”, con momentos felices alternados de tiempos más ingratos que no se reflejan aquí como un ajuste de cuentas o una blanda y sentimental reconciliación. Al revés, es un intento difícil, hiriente en ocasiones y sin artificio que se orienta a reflejar la vida tal y como fue, con sus lógicas carencias y sus abundancias pero dignamente vivida; tirando del hilo conductor con secuencias que parecen fílmicas acompañamos al autor a un  ficticio viaje vital de un hijo agradecido y sin resentimiento con todas aquellas personas que le ayudaron a madurar de forma plena educándole e instruyéndole para el noble ejercicio de su futura labor como ciudadano.

De Toby, como Juan Ramón a su Platero, sólo decir que su autor habla de él con veneración hasta el punto de afirmar que se resiste a llamarle animal. De los familiares más cercanos (padres, tíos y hermanos) los varones sobresalen por una serie de virtudes como trabajadores responsables, cumplidores, habilidosos, sacrificados, ordenados, serviciales, prestos en atenciones, respetados y respetables, pletóricos de sabiduría natural, etc. También encontramos palabras bien medidas y bellos recuerdos para los vecinos y compañeros del colegio. A excepción de alguna que otra maestra de mano ligera, el rol de las mujeres sobresale en este relato como seres prudentes, oferentes de afecto, atenciones y cuidados a los demás, sabias, admirables gestoras, habilidosas en todas sus tareas, excelentes educadoras, proveedoras de soluciones y recursos, dotadas de una especial sensibilidad, acogedores y, por encima de todo, numerosas e imprescindibles. Un interminable carrusel de tías, retías, abuelas, bisabuela, primas, vecinas, tenderas, parteras, curanderas, maestras, compañeras del colegio, etc. pasan por Tobunipol encarnando y transmitiendo actitudes, pero igualmente desempeñando tareas altamente decisivas en el discurrir de los días.

A Tobunipol llegaron para quedarse otros personajes no menos determinantes para la educación emocional e intelectual del escribiente como silencio, memoria, ternura, duda, fantasía, soledad, tranquilidad, bondad, etc.
Cuenta el relator que en ese entorno tan singular había que ejercitar los cinco sentidos y gracias a ello pudo desarrollar una musculatura sensorial que explica su trayectoria posterior en la vida adulta. Como los sentidos se activan mediante estímulos evocadores, éstos se agolpan con igual intensidad en la memoria del espacio de Tobunipol como se puede extraer de numerosas secuencias. Empezaremos rememorando los olfativos con los gratos olores a guiso con leña quemada, a caldo de caracoles con hinojos, a talco y Heno de Pravia, subyugantes fragancias de perfumes, incienso y corteza de cinamonio, jabón blanquiazul Lagarto,  linimento El Bigotudo, el olor a pegamento, a carburo y pólvora, excrementos de gallina,  aroma de la pañoleta de la abuela, olor a humedad,… y, como no, el recuerdo de las flores (p. 68).

El oído era arrullado, como los pájaros canarios del Macondo feliz de García Márquez hasta que llegaron las multinacionales fruteras. Una sinfonía de sonidos naturales como el croar de las ranas, el graznido de los cuervos, el ladrar de los perros, el cacareo de las gallinas, el silbido del viento, el canto de los pavos y alcaravanes que a modo de banda sonora amenizaba el discurrir de los tiempos en “La Casa del Polvorín” y sus alrededores. Todo ello expresado en onomatopéyicos vocablos tirando a neologismos (guaguar, cloquear, crocitar, etc.). Por su parte, la radio, los discos dedicados, la ronda y Brahms  presentan en este relato una acústica musical de menor relevancia, casi anecdótica apagada por el silencio y el bullicio de la naturaleza. El cambio de vivienda supuso un despertar brusco; al cabo de los primeros trece años la melodía celestial en la almendra dulce de los alrededores del Polvorín cercano al Cardón dejó de sonar.
La comida, los placeres de la mesa y el gusto por la ingesta de alimentos configuran otro capítulo importante en este viaje imaginario al pasado rememorando la humilde magdalena del viejo Proust. Se describen algunos platos, ingredientes y recetas culinarias tradicionales de sencilla elaboración porque la situación no daba para exquisiteces.
La vista para un niño curioso, atento a todo lo que sucedía a su alrededor y observador infatigable es parte primordial del relato. Fruto de su mirada y de sus recuerdos infantiles nos deja descripciones imprescindibles esta microgeografía. He contado hasta 55 topónimos de lugares (ya por entonces la movilidad en pequeños espacios era cosa habitual), muchos de los cuales están hoy olvidados o en desuso como Las Huesas del Cardón, El Risco de las Tres Piedras, la Fuente del Sao, el Barranco del Rugallo, etc.
El reino de Tobunipol fue también rico en caricias, en efusividad, camaradería, mimo en su sentido más literal, en besos y abrazos. El roce con los animales, plantas y rocas también nutre el sentido del tacto que a su vez estimula las neuronas cognitivas y alienta una sana ternura topofilílica que nunca deviene en topolatría.
Toby destila canariedad por todos los poros por el acentuado sentido de pertenencia a la tierra de nuestros ancestros. A ello sumamos, además, que aunque la época imponía austeridad eso no quitaba para que la creatividad se viera alentada por la carencia. Así vemos a un padre confeccionando cometas y un carros de lata o a niños que se hacen sus propios juguetes, que se inventan juegos, amigos y situaciones fantasiosas, que extrapolan las viñetas de los cómics y de las películas de aventuras,  en juegos improvisados sin que por ello dejasen de percibir el drama de la emigración y el desarraigo, el maltrato, las injusticias), que inspira hermosos poemas y hace hablar a autores diversos sobre temas interesantes como la memoria, la historia, la educación, la enseñanza pública, la religión, el patrimonio, el respeto a la naturaleza, el compartir las cosas, la paz, las armas, el trato a los animales …. y, sobre todo, aporta la materia prima para un relato cuyo eje cronológico o huella del tiempo nos permita apreciar con nitidez “¡Qué diferente era todo en aquel entonces! Desde mi perspectiva actual” (p.106)
¿Un relato más propio de la Arcadia Feliz que de la Canarias subdesarrollada de los años sesenta? Pues sí. Si la excepción confirma la regla, sin leer  “El paraíso perdido de John Milton, “el abuelo (de Juan Francisco Santana Domínguez) sí que encontró aquel paraíso perdido” aun sin ser plenamente consciente de ello, como le sucediera a Gauguin que casi sin percatarse vio que “El paraíso está en la esquina” (de Vargas Llosa).
En las últimas páginas, a modo de postfacio, el autor justifica esta visión un tanto edulcorada y exitosa de su infancia explicando que “No quería hablar de penas ni de secretos, guardados en un cajón que sólo se abre para mí, que, por cierto, me fortalecieron en vez de dejarme marcado y apenado y es que resiliente soy y he sido.... y, por tanto, la respuesta a la razón de que algunas cuestiones…. no me dejaran marcado de por vida”.
Termino estas impresiones reiterando mi más sincera enhorabuena por esta nueva y memorable publicación que seguro deleitará a muchos lectores que sin duda se entusiasmarán con su lectura contagiosa y amigable.
Felicidades Juan Francisco y a todos ustedes muchas gracias por su atención
Ramón Díaz Hernández
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
22 de mayo de 2018


 


 

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