sábado, 28 de abril de 2018

GENERACIÓN 21: SÉPTIMO ANIVERSARIO


GENERACIÓN 21: SÉPTIMO ANIVERSARIO
SINESIO DOMÍNGUEZ SURIA,
26 de abril de 2018, día de San Isidoro,
 Patrón de la Filosofía y las Letras. 
En 2011 aparece la antología Generación 21: Nuevos novelistas canarios y en su Introducción,  Ánghel Morales García afirma:
En 2010 se cumplieron cuarenta años desde que la historia de la literatura canaria registrara el último hito de nuestra narrativa, la llamada Generación del 70 o boom de la narrativa canaria. Aquel importante fenómeno significó indudablemente un despertar de la narrativa de Canarias, una especie de gran patada a ese tópico que todavía se escucha a veces y que refiere que Canarias es tierra casi exclusivamente de poetas. (…) Cumplida la primera década del siglo XXI, podemos decir sin temor a equivocarnos que nuestra literatura ha consolidado una novísima (y potente) generación de novelistas que, solo para ubicarnos, llamaré Generación 21, precisamente por situar su brillante eclosión en la primera década del siglo XXI. (Morales, 2011: 7-8).

Generación 21 es, pues, la expresión que Ánghel Morales instaura para un conjunto de novelistas canarios nacidos en torno a los años sesenta-setenta del siglo XX, que han publicado la mayor parte de su obra, si no toda, en el presente siglo. De él partió la idea de llamarlo así, Generación 21, o G-21, que es el término que utilizaremos en adelante.



En esa antología G-21: Nuevos novelistas canarios a la que me he referido aparecen doce novelistas canarios que citaré en función de la fecha de nacimiento, e indicaré también su lugar de procedencia:
David Galloway Rodríguez (1960, Santa Cruz de Tenerife)
José Luis Correa Santana (1962, Las Palmas de Gran Canaria)
Anelio Rodríguez Concepción (1963, Santa Cruz de La Palma)
Álvaro Marcos Arvelo (1965, Santa Cruz de Tenerife)
Santiago Gil (1967, Guía de Gran Canaria)
Cristo Hernández Morales (1968, La Laguna)
Javier Hernández Velázquez (1968, Santa Cruz de Tenerife)
Víctor Álamo de la Rosa (1969, Santa Cruz de Tenerife)
Nicolás Melini (1969, Santa Cruz de La Palma)
Pablo Martín Carbajal (1969, Algeciras)
Alexis Ravelo Betancor (1971, Las Palmas de Gran Canaria), y
Víctor Conde (1973, Santa Cruz de Tenerife).

         De estos autores, hay cuatro que ya habían publicado antes del final del siglo XX. Testigo, de David Galloway, es una novela publicada en 1989, y Agua de arroz y flores, del mismo autor, es de 1991; Anelio Rodríguez Concepción publicó Ocho relatos y un diálogo en 1994 y La Habana y otros cuentos en 1996; Víctor Álamo de la Rosa publicó en 1991 Las mareas brujas, en 1994 El humilladero y en 1997 El año de la seca; y Nicolás Melini publicó en 2000, al límite del siglo, El futbolista asesino. Permítanme que, en función de estos datos, establezca que estos cuatro autores son el nexo de unión de la narrativa actual con la del siglo pasado, no en vano tuvieron mucha relación con autores de la centuria anterior.

Ya sabemos que el cambio entre generaciones, el paso de una generación a otra, no se puede cortar como un queso. El Renacimiento no se impuso de la noche a la mañana en la poesía española porque Navagero viniera a las tornabodas del rey Carlos I con Isabel de Portugal y se encontrara con Juan Boscán y Garcilaso de la Vega y les propusiera el endecasílabo petrarquista y cambiara por ello de forma radical el octosílabo de la poesía española. Una frase que atribuyo a Luis Alemany y que él no me lo niega, reza: nadie se acuesta medieval y se levanta renacentista, queriendo indicar que, como sucede con autores del XX que siguen publicando en este siglo, la generación que termina y la que empieza siguen conviviendo durante algunos años, Por esa razón opino que estos cuatro autores (David Galloway, Anelio Rodríguez Concepción, Víctor Álamo y Nicolás Melini) son el engranaje de unión entre los narradores del siglo XX y los narradores del presente siglo.
Es tal el éxito y la repercusión de esta llamada G-21 que en 2012 se presentó formalmente en Madrid, en la Sociedad General de Autores, con un recital del Grupo Retablo y un maestro de ceremonias como Juan Cruz, donde se leyeron textos contenidos en la antología ya referida, acompañados de la música de Pablo Bethencourt.
Este importante hito que representó la aparición de la antología se amplió con una colección de novelas que el editor bautizó  como G-21. Con respecto a la antología, repitieron cinco autores de los doce antologados:
Cristo Hernández Morales, con Biografía reciclada de Manolito El Camborio
José Luis Correa, con Murmullo de hojarasca
Víctor Conde, con Malpaís
Javier Hernández Velázquez, con El sueño de Goslar
y Santiago Gil, con Yo debería estar muerto.

La ausencia de mujeres en la antología de G-21: Nuevos novelistas canarios es un hecho que, algunos de los que hemos seguido la labor editorial de Ánghel Morales y hemos resaltado su ilusión y su esfuerzo, hemos destacado. No sé por qué hemos sentido siempre esa ausencia femenina en la narrativa hecha en Canarias. Pareciera que las mujeres se dedican más a la poesía. Al menos, esa es una opinión muy extendida que, por esta misma razón, se ha generalizado y se ha tomado como buena. Sea como fuere, en la colección de las novelas G-21 se corrige esa ausencia y se incorporan las siguientes autoras:
María Teresa de Vega (La Laguna, 1948), con Merodeadores de orilla
Ana Joyanes (Jaén), con Noa y los dioses del tiempo.
Cecilia Domínguez Luis (La Orotava, 1949), con Si hubieras estado aquí
Pilar Escalona (Logroño, 1960), con El secreto de Taganana
Maca Martinón (La Laguna), con La Laguna es ella
Cristi Cruz Reyes (La Laguna, 1962), con En el centro del viento
y Candelaria Pérez Galván, con El cazador de la inocencia.

De entre ellas quiero destacar a María Teresa de Vega y a Cecilia Domínguez Luis, nacidas en 1948 y 1949, respectivamente. Por edad, pertenecen a la obra literaria del siglo XX y no deberían estar en la nómina de G-21, pero se da la circunstancia de que han entrado en la narrativa con producciones que han visto la luz a finales del XX o a principios del XXI. Ni que decir tiene que su producción anterior estuvo dedicada a otras ramas de la literatura. Suficientemente conocida, por ejemplo, es Cecilia Domínguez Luis, a la que he calificado en otros foros como una potente voz de la poesía española, que mereció el Premio Canarias de Literatura 2015 y que tiene una extensísima y magnífica obra poética que ya quisieran para sí muchos poetas peninsulares.
Finalmente, se incorporan a la colección de las novelas G-21, autores que no habían participado en la antología. Son:
J. Ramallo, con Cucarachas con Chanel. Realismo, 0
Carlos Cruz, con No es la noche
Jonathan Allen, con Julia y la guillotina
Eduardo Delgado Montelongo, con El centro del gran desconocido
Ángel Vallecillo, con 9 horas para morir
Juan Andrés Herrera, con Cinco mujeres que no subirán al cielo
Jonás Hernández, con Salacot
Gerardo Pérez, con El peso del tiempo
Javier Marrero, con Mujeres en la encrucijada
Gustavo Reneses, con Ucanca
Daniel María, con Un crimen lejos de Paris
Carlos Santamaría, con La leyenda del oro de Acentejo
Juan Ignacio Royo, con Mejor cuando improvisas
Damián Hernández, con Quién como yo.
Antonio Sánchez, con El Santiago
Tomás Felipe, con Ecos
y Agustín Gajate, con Los cimientos de Gomorra.


Describiremos esta G-21 como haríamos con cualquier generación literaria: es un grupo de narradores heterogéneo en el que tienen cabida tanto los generalistas como los de novelas de género, ya sea el llamado género negro o el de ciencia ficción, que empezaron a publicar en los primeros años del siglo XXI. La Generación del 98, quiérase o no, tenía en común la sensación negativista de un país en ruinas, pero no tenían mucho que ver Unamuno con Pío Baroja, ni Azorín con Valle-Inclán. La Generación del 14 tenía una preocupación por el futuro de España, un acercamiento hacia lo esteticista y un cierto intelectualismo, aunque nada en común tenía Ortega y Gasset con Gabriel Miró o con Ramón Pérez de Ayala; ni Juan Ramón Jiménez con Ramón Gómez de la Serna. Los componentes de la Generación del 27 tuvieron una cohesión y relaciones personales nacidas al amparo de la Residencia de Estudiantes, aunque no fue lo mismo Lorca que Altolaguirre, ni Emilio Prados que Alberti. Y la Generación del 50 estaba compuesta por personas que habían pasado por la universidad, gozaban de un alto nivel intelectual, llevaban el estigma de la Guerra Civil, su temática era tan realista como los horrores que habían vivido y, sobre todo, eran amigos, pero cada uno era un ente privado.
Las características de G-21 son similares a las de las demás generaciones literarias en el aspecto más general: los une la época de nacimiento, porque ni siquiera el género literario sirve para agruparlos. Lo que sí parece otra característica satisfactoria es la amistad que los aglutina. Cuando Ánghel Morales, editor-propietario de Ediciones Aguere, publicó su antología en 2011, terminó reuniéndolos alrededor de una mesa festiva y los conjuró, al igual que sucedió con la Generación de los años 70, la del llamado boom de la narrativa canaria, a escribir y hablar bien los unos de los otros. Esta premisa se sigue cumpliendo en la actualidad. Además de ese conjuro y de los complejos ya ancestrales, los une la narrativa y el amor a la literatura.
Sería muy dispar y muy impreciso tratar de agrupar tendencias entre estos narradores. Es mucho más práctico separarlos en varias facciones:
a) una pudiera ser la del nexo entre siglos, el de los cuatro escritores que ya he mencionado y que publicaban a finales del siglo XX. Podríamos incluir, sin temor a equivocarnos, a María Teresa de Vega y a Cecilia Domínguez Luis. Para ratificar definitivamente ser el nexo entre siglos, todos ellos conocieron a los componentes del grupo fetasiano y a otros muchos autores del XX y participaron en las tertulias de los 80, que lideraban Isaac de Vega y Rafael Arozarena con la presencia siempre ilusionada de Juan José Delgado, el gran analista del grupo, en la cafetería Arkaba de la avenida de Anaga santacrucera.
b) una segunda facción sería la compuesta por los narradores de novela negra: José Luis Correa Santana, Javier Hernández Velázquez, Alexis Ravelo y Ángel Vallecillo, principalmente. Alguien pudiera arrogarse el ser autor de novela negra también, pero estos cuatro representan todo aquello que es significativo para este género como tal. En las novelas de estos cuatro autores del G-21 aparecen los temas tradicionales de la narrativa negra y criminal: el detective (Ricardo Blanco para Correa; Mat Fernández en Javier Hernández Velázquez; Eladio Monroy en Alexis Ravelo y Wilco Wallace en Vallecillo), la secretaria, la policía, el inspector de policía, los hampones, el sexo explícito y machista, el whisky y la gastronomía, la intriga, la violencia y la ciudad como escenario, además de la novedad que supone cultivar un género hasta ahora inédito en la novela canaria, dicho con todo el respeto que merecen autores como JJ Armas Marcelo o Luis León Barreto, que escribieron novelas con intrigas inquietantes pero, desde luego, no de género negro. Esta facción es absolutamente novedosa y permite a los escritores canarios seguir las tendencias narrativas mundiales del género al estilo de Chandler o de Spade.
c) una tercera facción la compondrían el autor de la novela experimental El hombre que ama a Gene Tierney, Daniel María, el más joven de los narradores seleccionados, y Víctor Conde, exponente de la novela de ciencia ficción;
d) y una última, constituida por el resto de los narradores, que no se adscriben a ningún género narrativo en particular. Escriben novela social y generalista en la mayoría de los casos.
Es natural suponer que no todos los narradores de G-21 tienen el mismo número de obras, ni la misma calidad, ni la misma difusión. Hay algunos escritores que aún tienen que consolidar su presencia con más cantidad y también con más calidad, pero que nadie renuncie a publicar. Que se lo digan a Ánghel Morales que inició, continúa y seguirá con esta Generación 21.
 



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