viernes, 2 de junio de 2017

LA MAGUA, novela de JOSE RIVERO VIVAS



LA MAGUA
JOSE RIVERO VIVAS


La magua                                       

NL.06 (a.28)
Novela, 296 páginas.
Autor: José Rivero Vivas
Colección Tagora, 8
Director de la serie: Cándido Hernández
Diseño portada: Jesús López
Viñeta portada: Marco Marchioni
Retrato del autor: Julio Viera
(ISBN 84-85896-89-0)
Colaboración del Aula de Cultura
del Excmo. Cabildo Insular de Tenerife.
Prólogo: Pablo Amasik
Fragmento en Antología:
Narrativa Canaria Siglo XX - Rafael Franquelo – Víctor Ramírez.
Dep. Legal: G.C. 317 – 1990 - Las Palmas de Gran Canaria.
Reseñas: Isaac de Vega, Pedro Fernaud, Alfonso Morales y Morales, Ricardo García Luis, Jesús, R. Castellano, Ezequiel Pérez Plasencia, y otros, sin nombre al pie de sus escritos.
Editorial Benchomo, 1995

La magua      
                      
NL.06 (a.28)
Novela, 339 páginas.
Autor: José Rivero Vivas
Director de arte: Marcelo López Muñoz
Ilustración de la cubierta:
Autorretrato con modelo, 1910-1926.
Óleo sobre lienzo de Ernst Ludwig Kirchner.
(ISBN: 978-84-9941-826-1)
Prólogo: Pablo Amasik
Comentarios al final del volumen:
Pablo Amasik, Pedro Fernaud, Isaac de Vega, Alfonso Morales y Morales, Jesús R. Castellano, Ezquiel Pérez Plasencia, Ricardo García Luis, José Rivero Vivas.
Reseñas: Daniel María, presenta la obra y publica “Fundador de puertos”. (Escribió sobre el autor la nota que aparece en GEVIC. Elaboró asimismo su ficha técnica para la Academia Canaria de la Lengua.)
Aquí está de nuevo, a impulso de Francisco Pomares y Ánghel Morales.
Ediciones IDEA, 2012
Cada obra guarda su secreto, que va templando a medida que toma conformación y crece. Se trata de algo intrínseco en sí, que solamente a ella pertenece, y nadie, ni siquiera su autor, que es en realidad quien abriga su conocimiento, debe revelarlo. Es misterio susceptible de ser hallado por el lector, siempre que su aproximación sea auténtico anhelo de descubrir su excelencia, lo cual implica cierto gesto de humildad, equivalente a reconocimiento, en el transcurso de su lectura. No obstante, es pertinente esclarecer que, aun eludiendo asir comentario sobre su peculiaridad, de suyo es preciso manifestar que La magua surgió como borbotón incontenible, dando lugar a que, en el espacio de una semana, fuera su manuscrito terminado. La novela fue más tarde elaborada en Madrid, y, al cabo, pasada a máquina en Londres. Después de largo recorrido en concursos, centros oficiales y distintas editoriales, tuvo al fin su oportunidad de salir a luz un día.
Magua es desconsuelo, pesar… deseo al fin no cumplido. Es cuanto sucede a Marcial, que se debate entre su ansia de salir en busca de horizontes más amplios y la angustia que le produce su prolongada permanencia en las Islas. Se dirigió entonces a la Quinta, en busca del dinero del indiano, quien se dejó ir y a poco lo enterraron en el cementerio de Traslarena. A su retorno, años más tarde, encontró la carretera que sube valle arriba, causa por la cual perdió señal de la piedra blanca y, basado en sus cálculos, levantó allí su choza. Desolado corrió junto a Inocencio, con idea de abrirse el pecho y descargar las cosas de su interior, que la magua es desmedida y tiene ganas de hablar; medroso ante el progreso habido, cuando mira hacia abajo y ve las torres de Abicor, se esconde detrás de la puerta de su refugio de cañas. Sin embargo, Inocencio ignora si aquella noche el hombre, tras simple curiosidad, tropezó lo que no buscaba y resultó descalabrado, además de sufrir el reproche del pueblo entero. Tal vez por ello se niega a participar en fiestas, que los aires de nostalgia sobrecogen su ser, enternecido con el arrullo de la brisa, portadora del cantar anunciador del despertar de la raza. Así, pues, en palabras sinceras dice a Inocencio que en lo sucesivo sólo mencionará las penas del agua y la dureza de la tierra.
Por mucho que uno quiera sacar fuerzas de su interior, la realidad se impone a cualquier acto de voluntad, y observamos que flaquea nuestro ánimo cuando cualquier dolencia trastorna el sentido y hace que el espíritu se derrumbe ante la inquietud sembrada por esta fisura, que duele y molesta y nos deja en convalecencia, con esperanza de que el sosiego nos proporcione óptima salud, no carcomida por virus y bacterias que impunes invaden nuestro organismo. Por ello, al ver ese aparato, que no me gusta en absoluto, pregunto si viene usted en son de paz, que mi voz ha de sonar libre, para que así la lleve el viento. Sucedió hace tiempo el exceso, y ahora viene la prensa indagando acerca de su fundamento. Quise irme, y me queda el desconsuelo, aunque Leonor dice que son quejas de nada; por eso admiro a Marcial. Desde edad temprana se sintió subyugado por la idea de partir, en sobria apetencia de acariciar la aureola que envuelve a quienes marcharon al encuentro de la fortuna, que unos supusieron hallarían en América y otros en cualquier lugar del mundo, o tal vez cruzando los mares como tripulantes en barcos de carga y de pesca, en buques de turismo y en enormes petroleros.
Le atraía el mar, como vía de escape, comentando sin pausa sobre Moby Dick, al tiempo de horripilarse con las aventuras de Arturo Gordon Pym, en alusión al terrible naufragio, como si apuntara la odisea de algún velero, cuando la fuga a Venezuela.  Pero, firme en su propósito, de polizón subió a bordo de un transatlántico italiano con rumbo a las Américas. La vista de su primo Gregorio le hizo desistir, porque Isabelita iba a saberlo enseguida, y no fue capaz de irse sin antes despedirse ella. Y es que, la vista de Santa Cruz entre dos luces, lo compungió de tal modo, que hubo de saltar a tierra y regresar de inmediato a San Andrés para abrazarse a su madre y mitigar el dolor de su ausencia. Alivia su pesar interno y murmura, es época de malandar; sólo la voluntad de pervivencia explica este desatino. Abdalah vino de Palestina como soldado de Belisario, creyendo que su última singladura lo llevaría a San Borondón, hasta parar en el barranco de El Cercado, y pasaba el día sumido en su salmodia, que encajaba en el entorno; luego, la premura de la moda, aunque más desparramada, ha estrechado la concepción musical en uso, que alrededor del mundo se escucha en clave similar.
Prefiere Inocencio olvidar la realidad, pero su inminencia se impone siempre a cualquier atisbo de templanza, porque no hay cordura en el dominio de su actividad, a la que ha puesto mordaza; sin embargo, no halla asiento en el proceso emprendido, un día en que alguien le sugirió la posibilidad de poner por escrito su queja sobre cuanto hubo de experimentar, y aun siente, y no es otra cosa que lo percibido a través de su antojo. Atribulado masculla que Marcial, ajoto, fue de emigrante a las minas de Bélgica o las fábricas de Alemania; hoy cuenta sus hazañas, mientras él expresa su magua. Con todo, cree que Marcial se excedía en su exposición de su paso por el Pacífico, aunque es verdad que muchos viajaron en barcos noruegos, suecos y más; pero él no se vanagloriaba, que era hombre estoico, sencillo y callado. Su avidez de viaje era signo de evasión, aun cuando implicara ruptura con este menguado litoral.
            Inocencio cuenta en desordenado torbellino, causado por el dolor que le provoca la ausencia del compañero, y, en triste rememoración, señala que pretendía pasar una semana entera en la fiesta de Candelaria, como antes, cuando los tocadores no eran virtuosos y cantaban los pobres, no los hijos de gente rica, como ahora. Respecto de San Andrés decía que lo arrinconaron contra Los Órganos y Traslarena, tiraron el rompeolas y taparon la baja del Capellán, con lo que resultó sepultado Abicor. Ya de niño se sentaba en los callaos y soñaba con la travesía de los barcos. Quiero irme, exclamaba; pero mi amor no es desamor, que mi ambición no es ganar gloria ni afán de destacar sobre los demás. En la voz de Inocencio se percibe la palabra de Marcial, impregnada del lirismo que refleja el canto popular alejado de rebuscado casticismo. Inmerso en su recuerdo vierte, melancólico y apasionado, anécdotas que abarcan travesuras de infancia, peripecias de juventud y aventuras que Marcial le refiriera de su época allende el mar. Así dio comienzo a su excavación en el castillo, en busca del tesoro allí escondido, fortaleza derruida por las turbulentas aguas del arroyo; pero Abdalah descubrió, en la cueva del Bújano, un grabado relativo a Hércules en su viaje a las Hespérides. El historiador recoge en paciente grabación el espontáneo relato, que posteriormente elabora y perfila hasta darle carácter inteligible.
            Marcial pensaba por sí mismo, dentro y fuera de Canarias. Vivía ajeno a todo contacto, por considerar que su mal era análogo al del Licenciado Vidrieras, al sentirse de todos observado. A cualquier parte que guiara sus pasos decía ser reconocido, y él mismo radiaba el pensamiento de los demás, que inquisitivos lo miraban, aunque permanecieran escondidos tras su mampara, de cristal o imaginativa. Y describía, en su ansiedad, los lugares que transitaba, tanto en Santa Cruz como en el mismo San Andrés.
Su vuelta a Canarias no lo hizo feliz. Deseaba subir a los Abalejos para gritar vacaguaré con Secundino, al tiempo de revivir ecos de Beneharo en Anaga. Pero estuvo soñando con Brígida, que avanzaba hacia la Caleta, y, en su pesadilla, no podía auxiliarla, dispuesto a combatir incluso contra Poseidón; la evocación guerrera surtió efecto y se paró, aunque por motivo dispar al anhelado. Acaso fuera el desamor de la muchacha la causa que lo impulsara a salir de las Islas. 
            El historiador insiste en su demanda de información sobre la última etapa de Marcial en Tenerife, cuyos avatares intercala con memorias de la niñez. Inocencio se muestra reacio a ser explícito en los sucesos recientes, al tiempo que trata de disimular hechos pretéritos, y confiesa desconocer si lo contado por Marcial es real; no obstante, en guerra el Atlántico Sur, presume de haberse alistado como voluntario, para prestar servicio en uno y otro bando indistintamente; luego contó su profusa retahíla de esta experiencia. Acto seguido hizo alusión a las adivinanzas del moro Abdalah, cuando el ganado de cabras se confundió entre la bruma del Bailadero. Refería el caso en el bar, junto al puente; el cabrero se enfadó y se fajaron a la piña. Calmado el arrojo, optaron por echar allí mismo un lingotazo. Inocencio, por su parte, prefiere repetir lo oído en radio que recordar aquellas cosas, un tanto embarazosas: hace empero el esfuerzo para dejar huella de su paso por el mundo, como nacido en este valle de óptimo valor para el originario de Abicor. Aun así, le parece un poco exagerada su versión sobre la actividad de Abdalah el nuevo; pero ignora si los hechos, que presuntamente provocaron su fin, son exactos. Lamenta lo ocurrido y le gustaría cambiar los datos pergeñados; mas, se dieron cual son narrados, y modificarlos supondría un error. Aunque corren aires distintos, Inocencio anida en su seno el temor de lo descrito por sus mayores, y aun lo experimentado por sí mismo; por ello se dirige al historiador y le propone llenar renglones con cuentos incompletos, como el de aquel joven que recitaba a los mayores su lección de historia sobre Grecia y Roma, moros y cristianos, hasta que uno de los ancianos pregunta si no había guanches, y el chico les instruye que la loba de Anaga es la del mencey despeñado, trabucado tal vez en la leyenda del hombre vestido de negro que monta guardia en Paiva, al pie de las piedras blancas, como custodia de lugar sagrado.
            Poco a poco siente alivio en el pecho, con lo cual irá a ver si el tiempo permite andar a saltos por la cumbre, o lo guiará quizá la cercanía de las olas, abajo en la playa, velado augurio en la descripción de Abicor, pueblo erigido sobre el delta de dos barrancos, cuyas aguas se precipitan al mar. Marcial anduvo de un lado a otro, recordando lo perdido o transformado, de cuanto vestigio queda en pie, ruinoso o desaparecido. Solía sentarse al principio de la laureda, cerca del castillo, con nostalgia del pasado, cuando Gregorio buscaba el tesoro allí enterrado, conforme la célebre fábula del lugar. No sabe Inocencio si eran lecturas indiscriminadas, que influyeron en su estima y lo llevaron al Museo Británico a consultar la piedra de la Antigüedad. Esta vez pidió a Gregorio que le dejase el plano, y una noche fue sorprendido por Juantrés, quien lo miró perplejo, al tiempo de musitar dubitativo… después de tanto mundo. Marcial se rehace, sube rápido el camino y va a descansar en la choza. Sueña entonces y lo desconcierta el desdén de Brígida, de quien está perdidamente enamorado, aunque ella le da achares con otro, malestar que vierte en cantares, porque el verso en la obra subvierte la continuidad discursiva, en aras de movilidad y respiro.
Pensará alguno que la voz plañidera procede del canto proyectado en la madrugada. De modo que, el primer impacto es de reflexión, ante la extensa charla que prodiga el señor al frente del festival, retransmitido por la emisora oficial de la comunidad, dispuesta a dar buena cuenta de todo el evento, patrocinado por rango mayor del Estado. La Víspera de la Fiesta Patronal del pueblo, apareció ensangrentado. Alguien, en copas también, le dijo de irse, si la tierra no le gustaba. Marcial respondió destemplado y el otro casi lo mata. Últimamente estaba siempre de mal humor, hablando de escritores, poetas y artistas de todo el Archipiélago, y la indiferencia mostrada por las autoridades, académicas y ejecutivas, así como por la propia población, que tanto pondera su oriundez de esta tierra. Soñaba ser lo que no era, aunque pretendía que el mundo le vedaba su auténtico desarrollo. Quería ir a Provenza, a preguntar por Tartarín, y acompañarlo a cazar leones en Argelia. Nunca abandonó su deseo de salida, y, en su empeño estaba, cuando fue atracado en plena Avenida de Anaga, con lo que, desolado y sin perras, volvió a San Andrés. Quejoso de su mala suerte, explicó a Inocencio, que para sobrevivir, esta sociedad exige aptitud de samurai. Mohíno mascullaba su desventura al bajarse de la guagua, se sentó en el muro, frente al mar, y estuvo largo rato contemplando los barcos surcar las aguas.
El viaje supone su gran recurso en la charla diaria, mientras un musical de fondo resalta el sonido impreso de esta era alborotada, truculenta en cuanto a su estar deprimido, absorto en la contemplación de aquella sirena expuesta al sol, en entrega jubilosa, que exalta su belleza y aduerme al hombre cuyo ardor lo impulsa a cometer el desvarío. El sol en su cenit, Marcial se arriesgó hasta las palmeras, donde yacía de espaldas aquella mujer, sus senos al aire y una pieza ligera cubriendo apenas su vello. Deslumbrado, se sentó al cabo y dejó pasar un par de horas, hasta que se levantó y regresó al pueblo. Por la tarde vino la policía a buscarlo, acusado de robo; en la Muralla, en el banco del chorro, continuaba sumido en su pensamiento, cuando llegaron los agentes, lo introdujeron en el coche y se lo llevaron. Días después vino, sucio y con la cabeza baja. No compitió el hombre con su sino, y no pudo quitarle voz a esa soprano que canta de seres desmoronados, pese a la inveterada costumbre de aparecer periódicamente por la avenida, aún por terminar. En realidad, es gente que lee el texto que otro escribe, acaso acertadamente sobre su propia trayectoria, y aposta olvida reflejar la esencia de su sensibilidad y su singular valía.
Su decadencia comenzó cuando recibió el rechazo del país, aumentada su tribulación con el percance de Anaga; luego cundió la infame acusación, que derribó su integridad y acabó con él en tierra. Su vida semeja la del hombre que salió corriendo en persecución de su saber, ignorado por la población de su entorno; como el seguimiento no fue en absoluto fructífero, el hombre se empecinó en explicar la razón de su proceder, al tiempo de informar a los demás, escépticos respecto de su bonhomía, la vía de acceso al principio, donde se inicia su origen, justo en el borde del precipicio, sima profunda insoslayable, ante la que duda si lanzarse o permanecer quieto hasta que el tiempo decida por sí. Marcial merecía ser tratado como navegante anónimo, que no cometió desmán alguno en bárbaras piraterías ni en aviesas aventuras. Días antes hubo dicho a Inocencio: las nubes se azorran, y presagian el perdurable descanso. La melodía es interrumpida por glosa de Inocencio, de quien el agudo lamento transmite su pena y su dolor, su magua, que no logrará superar en siglos. El historiador va paulatinamente engarzando los detalles prodigados en la extensa plática, que hilvana en armoniosa estructura y concisa expresión, en la que destaca la hondura, el sentimiento, el humor y la frescura de la charla sostenida con quien se duele y se acongoja ante la pérdida irreparable del hombre que fue su amigo.
*
La magua, situada geográficamente en nuestro entorno, representa, en cuanto autor, un homenaje: a San Andrés, primero; a través de ello, a Tenerife, y, a su vez, rinde, en conjunto, honor a Canarias. Una primera lectura da como resultado la sucinta exaltación de nuestros hechos y costumbres, así como algunos rasgos determinados de nuestra vida cotidiana, inducido el lector por los distintos episodios, apuntados o insinuados a lo largo del texto. Si la lectura es más detenida y atenta, se advierte que el desasosiego de Marcial e Inocencio, de Inocencio y Marcial, es consecuencia de la opresión que el individuo sufre por causa de la estrechez de su medio. Esta limitación terrible, torturadora y asfixiante, se da por variadas circunstancias, ajenas, muchas veces, al cerco natural que estos protagonistas padecen.
Existen, además, diversos aspectos que contribuyen a intensificar la trama, como la búsqueda de nuestra identidad, por sentirnos a la deriva en medio de la mar océana. Se percibe con nitidez el deseo de alcanzar el vínculo, casi inasible, con nuestros antepasados guanches, y fluctúan otras significaciones, de fácil hallazgo para aquellas personas que se inclinen sobre estas páginas con noble ánimo de observación y estudio. Así notarán la preocupación por el lenguaje, en su forma vernácula, con el aporte de cuantas palabras se emplean en la narración, de modo espontáneo y aun elevado, puesta la intención en dejar patente los vocablos propiamente autóctonos, ignorando a propósito aquellos usados con incorrecta dicción, que al cabo han sido muchos incorporados al habla canaria.
La magua es asimismo evocación de un tiempo pasado que se mira con nostalgia, no por considerarlo mejor, como en las célebres coplas, sino por cuanto entraña de vida acumulada que se recuerda con sentimiento dispar. De aquí su localización en San Andrés, pueblo que pierde su esencia para adaptarse a la nueva identidad que el progreso le otorga. Claro es que, el abandono de un mundo que se pierde, es no solamente material. Existen valores que se consideran desfasados y se desechan tal vez por su concepto de anticuados y decadentes. Se posterga el amor, la bondad, la compasión, la solidaridad y la tolerancia, para dar paso a la ambición, el egoísmo, la hostilidad y la intransigencia. No se trata de pensar que, en época anterior, escasearan estas actitudes improcedentes para la convivencia en paz y armonía. Ocurre, al parecer, que en la actualidad se pondera este estilo, y hasta se estimula el producirse de la suerte en detrimento de los preciados dones que han sido, y deben continuar siendo, paradigma de la humanidad.
En La magua van mezcladas las propuestas de los distintos personajes, porque en realidad es contar lo contado por otro, que a su vez recuerda lo contado. La supuesta confusión podría evitarse entrecomillando algunas aportaciones, al tiempo de explicar lo acotado. Ello daría como resultado una narración lenta, pesada, dengue y de mal gusto. Por tanto, La magua es, en definitiva, contar lo ya contado, en vibración coherente y trasfondo de veracidad.
SERVENTÍA
Obra: E.18 (a.106)
José Rivero Vivas
San Andrés, Tenerife.
Junio de 2017
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