miércoles, 14 de junio de 2017

IGLESIAS, CONTRA EL PRESIDENTE DE LA CORRUPCIÓN



IGLESIAS, CONTRA EL PRESIDENTE 
DE LA CORRUPCIÓN
JUAN CARLOS ESCUDIER
Tanto tiempo había pasado desde la última que nadie había advertido a sus señorías de lo dura que puede ser una moción de censura, especialmente para los incontinentes, y del hambre que se pasa. Nuestros diputados son más de carreras cortas o, como mucho, de media distancia, pero les aterran los maratones aunque también les vaya en el sueldo. De ahí que llevaran mal la hemorragia discursiva de Irene Montero, la primera en tomar la palabra, pese a que el problema no fueran sus más de dos horas de intervención sino que pudiera extenderse todo ese tiempo sobre la corrupción del PP sin apenas repetirse.

No era una moción de fogueo ni una farsa, como apuntó Rajoy, ya que, de ser así, no se entiende que se prestara a hacer el juego a los comediantes en una ristra interminable de réplicas y contrarréplicas. Mención aparte merecen sus escribas, a los que pocas veces se reconocen sus méritos, en concreto esa intuición para anticipar los argumentos del adversario y conseguir que, con independencia de lo que se le diga, el presidente se limite a leer lo que lleva escrito, a mayor gloria del parlamentarismo del manzanas traigo o del mismísimo oráculo de Delfos.

De las continuas lecturas de Rajoy en el cuerpo a cuerpo y de su empeño por tener la última palabra, cabe deducir que la moción le preocupaba o que, a la vista de la nueva situación política con la resurrección de Pedro Sánchez, quisiera dar protagonismo a Pablo Iglesias, consagrarle como líder de la oposición y al mismo tiempo ningunear al PSOE y encelarle, que es otra posibilidad nada descartable. Divide y vencerás. De ahí que algunas de sus alusiones a los socialistas fueran directas –“¿a qué viene esta moción si no es o para saber a qué lado de la raya (entre buenos y malos) está el PSOE?”- o directísimas: “Tiene prisa porque aquí hay algunos (en alusión al PSOE) que se van recuperando”. Que Rajoy proclame que la elección de ese peligro público llamado Sánchez ha impulsado a su partido no es, en absoluto, gratuito.

La teórica farsa ha conseguido dos de sus principales objetivos. El primero era mostrar que la censura no era injustificada sino que podía ser compartida por la mayoría de los ciudadanos. Para ello se ha servido del devastador parlamento de Irene Montero, que será la novia de Iglesias pero que ha sido capaz de retratar en blanco y negro una podredumbre, la del PP, en el que la corrupción ha hecho metástasis con un relato sangrante de esa trama que no cabe en un autobús y que ya ocupa un volumen tipo Espasa del diario de sesiones.

El segundo era reinventar a Pablo Iglesias, afinar su perfil de presidenciable, remansarle. El de Podemos consiguió rebajar su tono y pasar de las musas al teatro con una batería de propuestas sacadas de su programa electoral, sin renunciar a etiquetar a su adversario como el presidente de la corrupción para cuando la historia le devore. Los escribas de Rajoy erraron porque ni abusó de las “procacidades” ni de las “impertinencias”, y si su estilo fue “desabrochado”, como se le espetó, fue porque cada uno lleva la chaqueta como le da la gana.

Puede que en un principio la moción se planeara contra Susana Díaz, pero Iglesias supo hacer de la necesidad virtud, olvidarse de la cal viva y lanzar una propuesta de colaboración al nuevo PSOE, comprometido también con la plurinacionalidad del Estado, en la que no ahorró la autocrítica por los errores que pudo cometer en el pasado. Ese entendimiento a la portuguesa es el que desazona a Rajoy porque es letal para sus siestas. Veremos lo que da de sí.

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