viernes, 16 de diciembre de 2016

ALMENDRO, por JOSÉ RIVERO VIVAS


 
ALMENDRO
JOSÉ RIVERO VIVAS
A pesar de haber leído el poema de Nicolás Estévanez, con su personal descripción alusiva a la patria, me atrae, en lo que conozco de su trayectoria, su connotación un tanto libertaria, como de Cervantes, adicto cervantino en su enjundia y forma, soy solidario con el hombre por sus vicisitudes. Ello viene a propósito porque ignoraba que el almendro ha sido tomado como símbolo de insularidad, y, hasta hace bien poco, no sabía de su elección como enseña de las Artes y las Letras, eximio galardón cuya entrega honra a los creadores y creadoras de estas Islas, solidarizados con autores y autrices de los tres lados, que en geografía y alma nos tocan.
Hoy, al cabo de muchos años en continuo recorrido, me encuentro ante un almendro, de oro en su arte, estímulo que el Festival  3 Orillas, en colaboración con la Librería del Cabildo de Tenerife, tras sabio designio, tiene a bien conceder a la persona propuesta, como sucede esta noche, conmigo de protagonista, lo que es un gran honor para mí, y, de verdad, estoy infinitamente agradecido, a la vez que atónito, pues, en época donde impera la prima juventud, sorprende que alguien se acuerde de quien nació días atrás.
La complacencia, respecto del almendro en representación de la insularidad, acaso sea por sentirme isla yo también, hecho que viene a ser subrayado por haber vivido casi siempre en territorio rodeado de agua o de circunstancia aislante: Tenerife, isla de Canarias; Madrid, isla en mitad de Castilla; París, en Île de France; Ámsterdam, entre canales; Copenhague, frente al Sund; Estocolmo, sobre islas; Gran Bretaña, de fructíferas y largas estancias, desde Brighton hasta Balmoral y Aberdeen ; por último, San Andrés, que es isla dentro de Tenerife. En suma, siempre inmerso en un extenso Archipiélago.
Recuerdo que los primeros almendros los vi en Valsequillo, Gran Canaria. Era alumno de la Escuela Virgen de la Candelaria, en el espacio llamado Recova Vieja; la enseñanza impartida, así como su biblioteca, fueron de gran riqueza. Me encontraba a la sazón con otros chicos en un campamento de la juventud, en Las Mercedes; elegido un grupo, fuimos a la otra isla donde estuvimos varias semanas, lo que nos sirvió, tan cerca, para tomar contacto con gente de nuestro fragmentado entorno y conocer sus cosas, en esencia, no diferentes de las nuestras.
Luego, ya en el ejército, prestando servicio en la Brigada Tográfica, creo haberlos visto en Alajeró, La Gomera. Después volví a encontrarlos en Extremadura, en el Festival de Exaltación Hispánica, que asistí con la rondalla del Hogar Canario de Madrid. Más tarde los encontré en el sur de Francia, en un tour que hice en autoestop. Finalmente vi muchos en Londres, en la década de los setenta, que me tocó vivir en Cheniston Gardens, a la vera de Kensington High Street. Daba, por aquellas calles, paseos interminables, atacado de hay fever, por la densidad del polen; pero aquel espectáculo no podía negármelo. En esas fechas conocí a Carmen, que es Basilisa, la gran proveedora; compartimos residencia en Monmouth Road, junto a Westbourne Grove; a partir de entonces se convirtió en mi auténtico mecenas. Estuve trabajando en una Old People Home, junto a un square lleno de almendros, en el lado opuesto al jardín donde al final se sientan los protagonistas de la célebre película Notting Hill. Significativo quizá, en trayecto hasta aquel punto, había de pasar por Swedemborg Society, y seguir adelante hasta Nottig Hill Gate Theatre, cuya dirección me contestó juiciosa acerca de “Jimena cuenta de Nicasio”, aunque, como suele ocurrir en estos casos, la obra no entraba en su programación.
Hube de continuar mi proceso, sin por asomo acercarme a la vera de aquel río navegable, con el propósito de hallar barquero dispuesto a transportar el preciado botín, capturado ante las filas desplegadas de la mañana a la noche y otra vez armados para emprender el asalto al palacete del presidente de la Sociedad Aurívora, integrada por seres frágiles y menesterosos, sin nada apetecible que llevar a la boca, recobrar energías y saciar su sed de plétora laudable.
¿Cuál la aspiración que lleva a luchar por conseguir… qué? Es, sin duda, cuanto tiene al escritor en garganta desde el inicio de su pensamiento. No basta, para su fin, poner palabras unas detrás de otras, formando frases, a veces, incoherentes, que ni siquiera musicalmente suenan armoniosas. Por ello considera que fue una lástima la pronta desaparición de los dinosaurios; el hombre, consecuente con su proceder, hubiese acabado con ellos y estaría hoy mejor pertrechado para afrontar una estructura social, donde la pirámide continúa con su cúspide intacta, mientras en torno existe mucho ardid por parte de quienes administran los pródigos dividendos, con efugio destinados a paliar la supervivencia de la especie.
El vivo retrato de quien asoma al balcón para mentir frases de amor, surge más tarde con ímpetu igual al de aquellos primeros moradores del feudo, bien que ninguno fuera heredero del señor de la montaña, al pie de la cual se erige la mansión donde reside la gente distinguida de la comarca. Encerrado en su mutismo, se opone el rival a reconocer el mandato de quien se porta desacertado por salvar su instinto primario, obviando, en su afán de promoción, la compostura obligada ante la audiencia que escucha su palabra y le proporciona aliento, cuando, pleno de conmiseración por la criatura abandonada en el camino, se alza cual peregrino y corre en su auxilio, aunque apenas logra movimiento que redima el desamparo. Frente a sí mismo, perseguido en su maña de predecir la viva soledad de quien traiciona su propia estima, descarta la inconveniencia de su aporte y fija sus pies en el suelo para firme soportar la sacudida constante, emitida por el volcán en erupción, cuyo río de lava, en su descenso, rodea la heredad y no calcina el almendro en tierna flor.
José Rivero Vivas
San Andrés, Tenerife,
Noviembre de 2016
 


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