sábado, 14 de enero de 2017

INYECCION LETAL




INYECCION LETAL
NAVARRO SAN LUIS

   La cámara de ejecución está preparada. España acostada sobre una camilla con ruedas. Se le concede un último deseo. Ella solicita que el verdugo, la Autonomía, la bese por última vez. El ejecutor accede, con no poca arrogancia
a, arrimando sus labios descentralizados a los de la rea. Durante el parco tiempo en que se prolonga el mágico ósculo, rea y verdugo vislumbran lo que hubiera podido ser un futuro compartido: sus numerosos descendientes, a los que imaginan aprovechando el vasto mosaico multicultural hispano, el plácido devenir de una familia bien avenida. Las comidas dominicales en casa de la Unión europea, o las cenas ejerciendo de anfitriones navideños con los tíos de la  lejana América, y un largo etcétera de sinergias.
  Pero ya es demasiado tarde. La castilla de Machado la agarra por las muñecas y el esperpento de Valle-Inclán sujetan sus tobillos mediante bandas. De correa. Sólo la cabeza de España queda suelta. La Comunidad Autónoma mira el reloj. Parece que no llega el indulto para la piel de toro. Dos ríos intravenosos son insertados uno en cada brazo de la nación. Después, unos cortinajes se abren para permitir a hispanoamericanos y españoles presenciar el envenenamiento.
  A través de Duero y Ebro comienza a fluir un líquido de compleja composición, agravios imaginarios, victimismo, mitología para dummies, una pizca de exaltación de la raza, y un buen puñado de desprestigio del individuo. Iberia apenas puede ya girar la testa para contemplar por última vez el rostro de sus ciudadanos. El cloruro de sodio ya ha cauterizado el corazón de Hispania. Sólo resta amortajarla.
   Con la camisa blanca de mi esperanza.

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