jueves, 19 de enero de 2017

DESDORO, por José Rivero Vivas




DESDORO
José Rivero Vivas
Hombre fino, de vasta cultura y hondo pensamiento:
         Se levanta usted temprano, cual triste asalariado, con la misión de hacer apología del Señor del Castillo, de quien justifica cuanto lapso determina con objeto de adecuar a su ventaja todo bien generado en este mundo.
         Con mesura y pausa, incisiva y rotunda expresión, arremete contra esta gente, de esencia viva, cuyo grito de indignación captura el desafío de unos ilustres, tácitamente afines al imperioso Feudal, quienes ufanos se arrogan el fuero del buen proceder, por lo cual, ajenos tal vez a deliberación, suscitaron el sólido plante, llevado a efecto con alguna estridencia, lo que inspira sutil recelo en los temerosos de ancestral criterio. Por ello, lejos de indulgencia, conceptúa de energúmenos a estas personas, de diversa edad y calado, colmando su existencia de ignominia cuando compara su estela con la de aquellos que en su día causaron tragedia; no satisfecho todavía con tanta descalificación, añade encima miles de gruesos epítetos, al tiempo de reprocharles lo innombrable, alentado por cuantos tildan de populismo su acción, sin advertir que la actitud opuesta habría de ser catalogada de masterismo.
         Barbarie y demasía es también consentir la pervivencia de un estado en que unos atrofian sus sentidos en la abundancia, merced a su continuado egoísmo en acumular los recursos de un país, presumiendo además de participar en hazañas bélicas, con supuesto propósito de mantener la paz mundial, rota a ratos por diversos motivos, inherentes, según su criterio, a torpe disposición por parte de quienes ostentan una conducta infame, lo cual lleva a ignorar el gesto de alguno, que muestra efímera convicción de abandonar mañana su radical enseña y fruir así el bienestar henchido.
         De este modo termina la época de más abrigar espesura, cual si se diera la posibilidad de aproximarse al atributo espinoso, erecto frente a la ironía de quien postula la inexistencia d’affaire recóndito, tesis ratificada por la ingenuidad de cuantos ponderan su óptima residencia en un edén prolongado.
José Rivero Vivas
Noviembre de 2016
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