jueves, 19 de enero de 2017

BÁRCENAS PENSIONISTA



BÁRCENAS PENSIONISTA
DAVID TORRES

Los ingenuos que todavía esperaban que Bárcenas llegara al juicio no con un ventilador, sino con un molino de viento o con un verdadero helicóptero de mierda para tirar abajo el gobierno, el PP y lo que hiciera falta, se han visto decepcionados con el personaje que el ex tesorero ha sacado a la palestra. Esperaban al coronel Kilgore desayunando napalm por la mañana, arrasando Génova a base de grabaciones. O bien a un yihadista económico con un cinturón de libretas dispuesto a inmolarse llevándose a medio partido por delante. Sin embargo, se han encontrado con un pensionista. Un hombre tranquilo que ha aparcado sus diferencias con sus ex camaradas y que ha decidido plantar una defensa numantina y solitaria al estilo del último mohicano.

Probablemente los ingenuos hayan olvidado que el 23 de octubre de 2013 un individuo asaltó la casa de Bárcenas, maniató a su esposa, a su hijo y a su asistenta, y les exigió que le entregaran los dispositivos donde supuestamente almacenaba la información con la contabilidad del partido desde 1990. El hombre, disfrazado de cura, con alzacuellos y todo, se hizo pasar por funcionario de prisiones, iba armado con una pistola del año del pedo con munición de fogueo. Tras reducirlo y apresarlo, se descubrió que se trataba de Enrique Olivares García, un estafador con varios antecedentes policiales y fichado por la Interpol. No le sirvieron de mucho ni la eximente de perturbación mental ni la de embriaguez y acabó condenado a 22 años de cárcel. Las balas eran de fogueo, la sotana era de fogueo y la excusa para entrar era de fogueo, pero el asalto fue auténtico, tan auténtico que la mujer gritó aterrorizada y la asistenta tuvo que ser atendida con un ataque de ansiedad.

Según fuentes policiales, Olivares García era un lobo solitario que actuaba por su cuenta; llegó a Madrid obsesionado con la idea de “solucionar los problemas de España”. El incidente parecía una ahorrada estrambótica; no obstante, puesto sobre el tablero de la Gürtel arrojaba sombras inquietantes. Había que reconocer que la historia del asalto sonaba rara, muy rara, casi tan rara como los nueve fallecimientos y el coma cerebral que han entorpecido la instrucción de la trama Gürtel hasta la fecha. Uno a uno cada caso tiene su explicación: todos juntos tienen otra. Entre suicidios, accidentes y defunciones por causa natural, parece que lo natural para los imputados o relacionados con este pudridero es morirse.

De manera que tampoco es necesario estrujarse mucho la mollera para concluir por qué Bárcenas ha planteado ahora otro tipo de estrategia. Una defensa más amable, menos abrupta, una elegante manera de comérsela doblada entre una tortilla de sinónimos y neologismos. El lunes declaró que Mariano había cortado la relación con Correa en cuanto el presidente se enteró, gracias a un empresario amigo, de las actividades ilícitas en que andaba metido el cabecilla de la Gürtel. El martes volvió a asegurar que el PP no tenía nada que ver con el dinero negro suizo, que sólo era un dinerillo que había ido acumulando con el fin de ahorrar para un fondo de pensiones. 47 millones de euros. El año pasado, tras el batacazo en las municipales, Mariano dijo: “Hemos pagado un precio muy alto, altísimo, por el comportamiento de los que considerábamos nuestros compañeros”. Fin de la cita.

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