jueves, 17 de noviembre de 2016

EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO. LA PARÁBOLA ANTIMONÁRQUICA DE MARK TWAIN

EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO. LA PARÁBOLA ANTIMONÁRQUICA DE MARK TWAIN

POR PEPE GUTIÉRREZ-ÁLVAREZ
Conocido el Dickens norteamericano, Samuel Langhorne Clemens; Florida, EE UU, 1835-Redding, id., 1910), más conocido como Mark Twain…Fue un aventurero incansable, encontró en su propia vida la inspiración para sus obras literarias. Creció en Hannibal, pequeño pueblo ribereño del Mississippi. A los doce años quedó huérfano de padre, abandonó los estudios y entró como aprendiz de tipógrafo en una editorial, a la vez que comenzó a escribir sus primeros artículos periodísticos en redacciones de Filadelfia y Saint Louis. Con dieciocho años, decidió abandonar su hogar e iniciar sus viajes en busca de aventuras y, sobre todo, de fortuna. Trabajó como tipógrafo durante un tiempo en su región, para después dirigirse a Nueva Orleans; de camino, se enroló como aprendiz de piloto de un vapor fluvial, profesión que le entusiasmaba y que desempeñó durante un tiempo, hasta que la guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico fluvial, poniendo fin a su carrera de piloto.

Posteriormente se dirigió hacia el oeste, a las montañas de Nevada, donde trabajó en los primitivos campos de mineros. Su deseo de hacer fortuna lo llevó a buscar oro, sin mucho éxito, por lo que se vio obligado a trabajar como periodista, escribiendo artículos que enseguida cobraron un estilo personal. Su primer éxito literario le llegó en 1865, con el cuento corto La famosa rana saltarina de Calaveras, que apareció en un periódico firmado ya con el seudónimo de Mark Twain, nombre técnico de los pilotos que significa «marca dos sondas». Como periodista, viajó a San Francisco, donde conoció al escritor Bret Harte, quien le animó a proseguir su carrera literaria. Empezó entonces una etapa de continuos viajes, como periodista y conferenciante, que le llevaron a Polinesia y Europa, y cuyas experiencias relató en el libro de viajes Los inocentes en el extranjero (1869), al que siguió A la brega (1872), en el que recrea sus aventuras por el Oeste.

En 1870 se estableció en Connecticut. Seis años más tarde publicó la primera novela que le daría fama, Las aventuras de Tom Sawyer, 1/ basada en su infancia a orillas del Mississippi. Antes había escrito una novela en colaboración con C. D. Warner, La edad dorada (1873), considerada bastante mediocre.  Sin embargo, su talento literario se desplegó plenamente con Las aventuras de Huckleberry Finn (1882), 2/ obra ambientada también a orillas del Mississipi, aunque no tan autobiográfica como Tom Sawyer, y que es, sin duda, su obra maestra, e incluso una de las más destacadas de la literatura estadounidense, por la que ha sido considerado. Cabe destacar también Vida en el Mississippi (1883), obra que, más que una novela, es una espléndida evocación del Sur, no exenta de crítica, a raíz de su trabajo como piloto.

Con un estilo popular, lleno de humor, Mark Twain contrapone en estas obras el mundo idealizado de la infancia, inocente y a la vez pícaro, con una concepción desencantada del hombre adulto, el hombre de la era industrial, de la “edad dorada” que siguió a la guerra civil, engañado por la moralidad y la civilización. En sus obras posteriores, sin embargo, el sentido del humor y la frescura del mundo infantil evocado dejan paso a un pesimismo y a una amargura cada vez más patente, aunque expresada con ironía y sarcasmo.  Una serie de desgracias personales, entre ellas la muerte de una de sus hijas y de su esposa, así como un grave quebranto económico, ensombrecieron los últimos años de su vida.

A anotar uyna agradable “biopic”: The adventures of Mark Twain (1944) de Irving Rapper. Fredric March es Samuel Langhorne Clemens, el nombre real de Mark Twain, en este estupendo biopic firmado por el artesano Irving Rapper. Con Alexis Smith, Donald Crisp, Alan Hale y John Carradine que a pesar de su atractivo reparto no ha sido estrenada aquí al menos que yo sepa.

Abolicionista, demócrata radical, fue un convencido antiimperialista, escribió algunas novelas históricas como Un yanqui en la corte del rey Arturo, 3/ pero sobre una obra maestra The Prince and the Pauper (1881) de la existe una subestimada adaptación cinematográfica dirigida por William Keighley, en 1937, una obra y una película que nadie debe (o debería) ignorar que por cuanto da cuenta del profundo rechazo de Twain a la institución  monárquica que nunca tuvo que soportar, algo que aquí no podemos decir hasta el extremo de que parece que la palabra república ha de referirse al extranjero (Portugal sin ir más lejos, Catalunya no muy tarde si la ciudadanía se impone) porque aquí resulta poco menos que subversiva.

El príncipe y el mendigo es una le sus obras más cáusticas. El motivo central del libro —el azar y el parecido físico entre un niño mendigo y el príncipe de Gales, hijo del rey Enrique VIII, provocan un intercambio de roles: el mendigo pasa a vivir en la corte y el cortesano entre los mendigos— una maniobra que oculta una idea que no podía ser más atractiva en su sencillez: lo que hace al príncipe es el ropaje, la percepción de los guardianes que no dudan en apalearlo cuando lo contemplan como un sin techo. Estamos en 1547, un mendigo Tom Canty, vive con su cruel padre (encarnado por Barton MacLane un habitual del cine de gangster) en Offal Court aunque es un muchacho que apunta la nobleza natural del mejor pueblo

El mac guffin es sencillo: el simple cambió de ropa propicia un intercambio de identidad. Y aquí entra también la causticidad de Twain: el mundo de la Corte británica será escrutado por la mirada de un niño que procede del mundo de los nadies y, a la inversa, el mundo de la mendicidad será escrutado por la mirada de un niño que procede del mundo de la corte. De hecho: más que de un doble descubrimiento de mundos opuestos se trata aquí y ahora de una critica feroz sobre el funcionamiento de esos mundos. Ninguno de los dos tiene motivos para sentirse satisfecho con lo que ve: el príncipe descubre sin quererlo una realidad que no coincide en absoluto con la idea que se había hecho de ella, y las intrigas y ritos cortesanos se revelan a la mirada del mendigo en toda su maldad, corrupción, hipocresía y fatuidad. Tampoco el mundo de los mendigos merece ser idealizado, la miseria convierte en brutales a muchos hombres, en particular al padre del muchacho)

Pero la mirada crítica más aguda se ceba en la corte el rey Enrique VIII, comenzando por este mismo que abusa de sus súbditos y ordena matar a sus esposas. Los nobles (representados por el personaje encarnado conde de Hertford, con el rostro de Claude Rains)) conspiran para conseguir poder y no dudan en llegar al crimen para alcanzar sus objetivos. Sus días se pierden practicando estúpidos rituales, el crimen también es moneda corriente. Es la idea expresada por Buñuel, la miseria no puede hacer a la gente buena. No existen los sentimientos, se hacen mofas de la educación y de la diferencia, se insulta, se miente, se traiciona. .

¿Se puede salvar alguien en esta urbe de 1537 regida por su majestad Enrique VIII. Hay un cura (el padre Andrew) que intenta que el niño mendigo adquiera educación y conocimiento, pero es asesinado por el padre de éste; hay un duque (Norfolk) que desea lo mejor para el príncipe, futuro rey de Inglaterra, pero es encarcelado por el conspirador conde de Hertford; hay un aguerrido soldado a sueldo, Miles (Errol Flynn), el bueno imprescindible e toda película de aventura que se precie, al que, a éste sí, se le permitirá poner su espada al servicio del príncipe; y están, sobre todo, los dos niños, tibia esperanza de un futuro mejor (que Twain era el primero en reconocer su inexistencia). Se trata, pues, de la lucha de unos pocos contra muchos o, dicho de otro modo, de la lucha de unos (todavía) inocentes contra el flujo de la Historia, que no admite la noción de inocencia.

Esta versión –bastante asequible por lo demás- bastante superior al que puso en escena un decadente Richard Reischer en el año 1978 para mayor gloria de Mark Lester (Oliver) y de un reparto de estrellas. Es un filme que merece una revisión ya que sorprende por su buen entendimiento de la amarga visión del mundo que tenía Twain (también por saber expresarla con convicción) y por su solidez a la hora de anudar los conflictos dentro del mundo que se recrea, poniendo el acento tanto sobre los aspectos más evidentes del relato (el gran sello de Inglaterra convertido en cascanueces a los sones de un Korngold cuyo papel pautado apunta más hacia Tchaikovsky que hacia su habitual modelo, Richard Strauss;; la opinión del príncipe sobre el odio de los ; Tudor a los curas) como en los más secretos, que son los mejores (mostrar las costumbres de la corte combinando la reconstrucción, la apariencia de realidad, con la  ironía, la mirada perpleja del recién llegado).Sencilla de construcción (una secuencia para describir al mendigo, otra para describir al príncipe, una secuencia para mostrar las desventuras de uno. otra secuencia para mostrar las desventuras del otro),

Notas

1/ Entre sus versiones cinematográficas anotemos: Tom Sawyer (1930) de John Cromwell. El estimable director John Cromwell dirige esta versión sonora de Tom Sawyer, que está protagonizada por Jackie Coogan, niño que saltara a la fama por protagonizar junto a Charles Chaplin la película “El Chico”; Las aventuras de Tom Sawyer (1938) de Norman Taurog. El director Norman Taurog, que ya había realizado “Hucklebery Finn” a principios de década, retoma las aventuras por el Mississippi con buenos resultados. Tommy Kelly era Tom Sawyer y Jackie Moran interpretaba a Jackie Moran. Walter Brennan, Ann Gillis y May Robson aparecen como personajes secundarios; Tom Sawyer (1973) de Don Taylor. Enésima revisitación de las andanzas de Tom Sawyer por el río Mississippi. Con Johnny Whitakker, Celeste Holm, Warren Oates y una jovencita Jodie Foster.

2/ Huckleberry Finn (1931) de Norman Taurog. Adaptación del famoso libro de Mark Twain, con la participación del actor Junior Durkin como Huckleberry Finn. Jackie Coogan repite su papel de Tom Sawyer; Las aventuras de Huckleberry Finn (1939) de Richard Thorpe. Mickey Rooney en su período estelar interpretando el clásico de Mark Twain. Un producto Metro co-protagonizado por Walter Connelly, Rex Ingram y Lynne Carver; Las aventuras de Huckleberry Finn (1960) de Michael Curtiz. La Metro Goldwyn Mayer y Michael Curtiz, el director de “Casablanca”, elaborando un título que protagonizaban Eddie Hodges, Archie Moore y Tony Randall; Las aventuras de Huckleberry Finn (1974) de J. Lee Thompson. Huckleberry Finn, ahora en plan musical, bailando por las orillas del gran río estadounidense. Huckleberry Finn es encarnado por Jeff East y Jim por Paul Winfield.

3/ Un yanqui en la corte del rey Arturo (1931) de David Butler. Las peripecias de un americano en la pretérita corte del Rey Arturo con el protagonismo estelar de Will Rogers. Película con un reparto exquisito, ya que además del citado Will Rogers, aparecen Maureen O’Sullivan, Myrna Loy y William Farnum; Un yanqui en la corte del rey Arturo (1949) de Tay Garnett. Adaptación musical dirigida por el siempre interesante Tay Garnett. Bing Crosby, Rhonda Fleming, William Bendix y Cedric Hardwicke como Rey Arturo son los principales intérpretes de esta historia de aventuras temporales.

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