domingo, 19 de febrero de 2017

¿HACIA EL FIN DEL NEOLIBERALISMO?



¿HACIA EL FIN DEL NEOLIBERALISMO?
ECONOMISTAS SIN FRONTERAS
 - MARÍO RÍSQUEZ
Hace unas semanas el periodista Carlos Prieto ilustraba con el siguiente comentario lo paradójico del momento político que estamos atravesando: el secretario del Partido Comunista chino se encuentra defendiendo la globalización en el Foro de Davos, mientras que el presidente del "mundo libre", Donald Trump, carga contra el libre mercado. En el mismo artículo, publicado en El Confidencial, Prieto evidencia como en los últimos tiempos sectores de la derecha española están tratando de reivindicar la figura del teórico marxista Antonio Gramsci, al que invitan a revisar sin "prejuicios ideológicos".

Ante una crisis estructural y multidimensional aún no resuelta en Occidente, reina un clima de cierta confusión sobre la etapa histórica en la que nos encontramos y el horizonte de posibilidades que se puede abrir. Algunos hablan de posneoliberalismo, o poscapitalismo, para denominar la nueva fase de la economía mundial a la que pareciera que estamos transitando. Pero para saber hacia dónde vamos hay que entender de dónde venimos.

David Harvey caracterizaba el neoliberalismo como una teoría de prácticas político-económicas sustentada en la idea de que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio.

Un neoliberalismo que durante las últimas décadas se ha tornado hegemónico como forma de discurso, y que a raíz de la crisis parece quebrarse, sobre todo ante los nuevos (o no tan nuevos) discursos de algunos líderes políticos a ambos lados del atlántico, como el propio Donald Trump o Marine Le Pen. Sin embargo, cabe preguntarse acerca de la coherencia entre el discurso y la práctica que han definido el curso del neoliberalismo.

Pese al aparato discursivo, basado en un fundamentalismo de mercado, que durante las últimas décadas ha actuado de sostén y guía de toda práctica político-económica, lo proclamado ciertamente casi nunca ha ido acompañado ni ha sido coherente con las prácticas reales.

Ronald Reagan, uno de los promotores del neoliberalismo, sostenía que las palabras más horribles del inglés eran "trabajo para el Estado y estoy aquí para ayudar". Abogaba, como es lógico, por una retirada del papel del Estado en la economía, en consonancia con aquella idea de que los mercados son eficientes y se autorregulan, y que toda injerencia estatal resultaría contraproducente. Sin embargo, más que de un repliegue del Estado, lo que impulsó fue una reorientación del rol del Estado en la economía, recortando el presupuesto en políticas sociales e incrementando drásticamente los contratos del gobierno con la industria militar, situando el nivel de gasto público en proporción del PIB a sus niveles más altos desde hacía décadas.

Éste tan solo es uno de los muchos ejemplos que permiten identificar esa desconexión entre el cascarón formal y el contenido real que ha caracterizado al neoliberalismo, un modelo que surgió como respuesta a la crisis económica internacional de los años setenta, y que tuvo por objetivo principal restituir las tasas de rentabilidad de las élites económicas ante los claros signos de agotamiento del régimen de acumulación fordista. En definitiva, de lo que se trataba era de reestructurar las relaciones entre capital y trabajo, y las instituciones de gobernanza, nacionales y supranacionales, sirvieron a la tarea de restaurar el poder de clase de las élites económicas.

Hoy nos encontramos de nuevo ante un régimen de acumulación, el neoliberal, que está agotado. La historia se repite, pero en este caso los resortes o espacios de rentabilidad que se están tratando de reestablecer carecen de bases sólidas y sostenibles a corto y medio plazo. Una gestión de la crisis que supone una vuelta de tuerca más en ese proceso de ajuste estructural que se viene desarrollando las últimas décadas, y al mismo tiempo una huida hacia delante que parece toparse con límites inmediatos. Ejemplo de ello es el dopaje al que se lleva sometiendo durante los últimos años al sistema financiero internacional, con grandes inyecciones liquidez proporcionadas por los bancos centrales, y cuyo resultado es un sistema bancario que se encuentra en "respiración asistida", incapaz de recuperar las tasas de rentabilidad.

Nos encontramos, también, ante la quiebra del consenso discursivo neoliberal y la puesta en escena del neofascismo. Pero un neofascismo que va más allá de los sospechosos habituales, más allá del auge de los partidos de extrema derecha en Europa. En la Unión Europea, y en concreto en la Unión Económica y Monetaria, se ha institucionalizado un modelo al que le sobra la democracia, cuyos burócratas se escandalizan de los muros y la discrecionalidad ejecutiva de Trump, pero promueven activamente el cierre de fronteras en Europa y no tienen ningún problema en doblegar a gobiernos que se salen del redil, como muestra el golpe de Estado financiero en Grecia.

Seguridad, libertad o estabilidad son términos sobre los que pivotan los marcos discursivos de un amplio espectro de la derecha, desde los más liberales a los más conservadores, pero todo caparazón ideológico y discursivo queda subsumido a una práctica de fondo que tiene un denominador común, y que responde, como siempre, a las exigencias de rentabilidad del capital.

De la respuesta política que se está dando a esta crisis estamos transitando, más que hacia una reordenación de las prácticas político-económicas que caracterizaban al neoliberalismo, hacia una profundización de las mismas, lo que nos avoca, si nada lo remedia, a un ciclo largo de crisis social, un futuro incierto, y sin duda menos democrático y más oscuro.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor

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