miércoles, 15 de febrero de 2017

ESTIRPE, un cuento de José Rivero Vivas



 
ESTIRPE
(Un cuento)
José Rivero Vivas
Los habitantes de Prímula -tierra de geografía accidentada y rota superficie-, ufanos de su proceder, afín en parte al sentir del cipayo, acuden solícitos a la presentación de un libro, de autor foráneo, a quien se le dispensa trato de virrey. El evento, dispuesto en el primer coliseo, lo cubren los medios de comunicación, sin faltar uno, cuyos profesionales invaden las dependencias del edificio en busca de anecdotario que trasvasar en una noche de fábula, magistral para un público heterogéneo, flamante en su pose y empaque.
Otros son los que osan oponer su criterio al ponente incauto, que elige su usual sinsabor antes que percibir la sensación de un día sin final. Al cabo, resulta ultimado el juicio en ciernes, tras disfrute indeleble, una vez esclarecido el deseo de abdicar de su extravagante promesa. Mas, ¿cómo puede el ser definir su utópica orientación? Su conocimiento de las causas vibrantes es sin duda limitado y está, por consiguiente, lejos de rendir homenaje con diplomacia y corrección. Por ello, es quizá aconsejable reflexionar sobre el hecho y mantenerse enhiesto, aunque los más, en Prímula, se inclinen por la excesiva ponderación del elemento extraño, que redunda en agravio comparativo para quien se sabe ignorado en su estima, al tiempo de refrendar, cual premisa cautiva, el tosco olvido de su ancestral nobleza.
El acto tiene su desarrollo en el salón dorado del coliseo principal, de nueva decoración, por estropicio de la antigua, como consecuencia del pelotazo de un muchacho contra la cristalera del ventanal, cara al naciente, donde fulgura esplendoroso el sol, cuando entra a raudales y deslumbra a los asistentes, comunidad profusa que, en lugar de marchar a idílico paraíso, espera gozar fuerte impresión en la apuesta por encarecer la figura del extranjero, para quien es alfombrado el suelo con hortalizas, en hora crepuscular, a caballo de luz y color, con fascinante fin de ilusión.
En el centro de la tribuna, de pie, con aire de consternación y rostro demudado, aparece el aclamado autor, regocijado y remiso ante la enaltecida manifestación del respetable. Un amago de timidez abochorna su entereza, aunque de inmediato se recompone, consciente de hallarse flanqueado por eminencias pertenecientes al estamento académico de nacional reserva. La audiencia, enfervorecida, aplaude sin interrupción, hasta que los protagonistas toman asiento, y, súbitamente, cesa el agasajo. Llena a rebosar, aun antes de empezar la función, la sala ha de ser despejada en el momento álgido de atronador aplauso, de modo que la voz oculta, hábil impulsora del recóndito mensaje, irá actualizando su contenido sin necesidad de ruptura con lo sobrevenido ayer, cuando el uso del lenguaje fue indistintamente aplicado, aunque ambas formas presionaron hasta convertir su contenido en mero galimatías, pese a que el orador no tomó partido en el litigio. De aquí que el oriundo de Prímula no disimule su extremado empeño en mostrar su preferencia por cualquier producto de origen exterior.
Quien representa a la institución inicia su discurso, en el que resalta las dotes inconmensurables de este hombre, subrayando cuantos avatares ha superado a lo largo de su trayectoria. Sin embargo, continúa su alocución, ha sabido mantenerse recto, sin oscilar entre ventaja y desventaja de la situación propiciada por la oficialidad, y hoy lo tenemos aquí, para ofrecernos la primicia de su generosa obra, que claramente enfatiza el comportamiento de esta abnegada población. De libre seriedad contrastada, no sucumbe a la expectación marginal de quien se excede en comprobar si la ciencia, en su arcano, posibilita giros lingüísticos que afecten la sensibilidad del conjunto de nuestra gente, con elevado porcentaje de participación en el anual certamen de festejos; luego, merece la pena preguntarse por la irracionalidad del concepto, aun cuando sea formulado por insigne filósofo de superior esfera. Así, en el exhaustivo análisis de este autor, el sacerdote de aquel ritual, destinado a preparar la sustancia y el clamor advenidos, imparable avanza, cuando entera la comisión emprende el descenso por la pendiente más pronunciada de Prímula, ineludible declive de la cumbre hasta el mar.                                                  
El otro señor, famoso intelectual, presuntamente conocido en marco externo, se arroga la misión de diseccionar el texto que tiene ante sí, y comienza diciendo: Ninguna existe en Prímula que iguale la calidad de esta novela. Su trama, además, pone de relieve determinados aspectos de nuestro cotidiano desenvolvimiento, lo que está lejos de consecución por parte de autriz o de autor en este contorno que nos mima. ¿Por qué, pues, pedir préstamo a la aurora, que evite el rescate de un país sediento? Volvamos grupas y enderecemos el camino, para no errar en nuestro itinerario, marcado en su estreno por el hado. Continuemos serenos, siempre adelante, seguros de que las sombras vedan visibilidad, lo que acrecienta la angustia de quien apenas prospera en su ardua andadura, a pesar del denodado esfuerzo en su gestión. En este respecto fuera bueno traducir esta obra, en plena sintonía de amistad, sumamente enlazada con quienes proponen el regalo de espesos nubarrones difuminando el firmamento, lo que añade turbiedad a la transparencia de su azul maravilloso; pero no es necesario poner cuidado, ahora que sólo descorre su velo a mediodía, con el astro rey en su cenit, como reclamo intenso de quienes vienen al club con objeto de presenciar la tersura del amor, haciendo caso omiso al cerco avieso de recalcitrantes legisladores, pronos al descalabro de la exultante pasión.
Tras breve pausa, para tomar agua y refrescar la garganta, este hombre, después de ponderar las excelencias del volumen, ebrio de su propia oratoria, con independencia de los términos que lo sujetan al tema, reanuda su disertación, que versa ahora sobre el pánico del natural de Prímula al espacio abierto, como si abrigara el temor de verse frente a sí, en honda meditación sobre su entorno, la vida y sus reveses, lo que entraña el desmoronamiento de la pirámide construida a base de bulo y ficción, en ávido anhelo de aturdimiento y escape, en cuanto individuo incapaz de cuestionar la sociedad que integra. Mientras, la Administración, constituida por miembros destacados del país, impregnados de análogo sentir hacia el inveterado proceder, presa asimismo de la fobia general en núcleo activo, dispone vallas, marmolillos, pérgolas, terrazas, tenderetes y cuanto armatoste considera idóneo para atiborrar de trastos el espacio restante, que de este modo queda inutilizado para extender la vista y captar, cada cual sin doblez, su perfil enmarcado en diáfano horizonte.
Observado el sobrio panorama, prosigue impertérrito el conferenciante, se advierte que no existe distinta opción preventiva, frente a la oferta mejor, por cuanto deja de ser útil hacer alusión a frivolidad indiscreta; de donde se infiere que se ha de contar sin hacer hincapié en cuanta crispación confunde a los más tiernos en su ingenuidad. Huelga, por ende, vivir en Prímula al tanto de urna y sufragio, cuando la estadística antepone la moción de censura al sonoroso oleaje del mar; de modo que, transcurridos los años, los romances inéditos se hallan inmersos en el vano latido de dominio y abuso, favor negado a quien ignora el intríngulis de la existencia, que pasa de largo la juventud sin que, en su intrepidez de peregrino, logre consumar la culminación de su inenarrable proceso. Así, terminado el repertorio, es preferible salir de parranda y cantar odas al aura, que seguir oyendo la sarta de dislates acerca de un hecho sucedido hace años, aunque su raíz se mantenga profunda en el muestrario de connotación similar al modelo del cipayo, que engreído ostenta el morador de Prímula, quien solamente piensa en el daño colateral sufrido al atravesar sin medios adecuados el desierto, donde ni una brizna de hierba fue aplastada, cumpliendo los buenos deseos del elenco especulativo, salvador de la patria, al sortear una tragedia inmensa en el último reducto de la tierra amada.
Dada la luz en la penumbra previa, acordarán los aquí presentes indagar la ecuanimidad subliminal de estos pliegos, garabateados en la incertidumbre de una situación enojosa, donde todos habrán de preguntarse por el destino de quienes una vez partieron hacia un punto remoto del orbe, con el fin de enfocar la cura efectiva de cuantos añoran el sueño venturoso en aras de consolidar la amalgama ajena, subrepticia pamema de aquellos que acopian energía en la paz, etérea para el que inhala el polen de la flor y esquiva el vacío ingente, incompatible con el santo y seña en vigor desde antaño. Pero el espectáculo, en su grandiosidad, se dio en diferente lugar y distinto tiempo; no es ahora cuestión de lamento ni de congoja exacerbada por haber perdido la oportunidad de estar a tono con las circunstancias, adversas a menudo y favorables contadas veces; ello se traduce en debacle sentimental, susceptible de ocurrir cuando no se está atento al esencial acaecer que motiva nuestra afirmación en el ámbito, frustración que inspira nostalgia y pesadumbre, al constatar que el madrigal sonó días idos y no esta tarde.
La nutrida ovación cunde señera, pese a la obviedad local sobre el alcance de la expresa noción del argumento, respecto de la ironía que comporta, cual indica la fecha de su edición. A su tenor, más de uno se suma al hecho real de cuanto reivindica la insinuación implícita en la noticia, evocador anuncio del sentir arraigado en Prímula, lo que revela la irrefutable evidencia de ansias acumuladas, con ambiguo gesto, en seno del afable ciudadano, proclive a renovar la sólita defección de sí mismo.
El autor, atónito ante la acogida en loor de multitud, es transportado en volandas por el libre revuelo de su mente, enajenada tras el acontecer triunfante, y deja vagar su mirada sobre la ruina del entorno natural, nefasto deterioro por inconsciencia del ser humano. Pronto se rehace y trata de intervenir; pero, titubea perplejo y… calla. Grave un instante, sonríe después complacido y, sin disimular su grata sorpresa, con voz henchida de emoción, modula apenas: ¡Gracias!
José Rivero Vivas
Oda sensitiva
(Un cuento)
San Andrés, Tenerife
Febrero de 2017
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