sábado, 25 de junio de 2016

CAMERON SE PEGA UN TIRO Y EUROPA SE DESANGRA

CAMERON SE PEGA UN TIRO Y EUROPA SE DESANGRA
JUAN CARLOS ESCUDIER
La democracia, a veces, es una ruleta rusa que en el caso de Reino Unido le ha pegado un tiro a David Cameron a la altura de la sien y lo ha puesto todo perdido. La culpa del desaguisado no es de la democracia, que está para ser ejercida, ni de los británicos, a los que se dio la posibilidad de elegir y apretaron el gatillo, ni siquiera de los eurófobos, que han vuelto a demostrar que la razón tiene las de perder cuando sólo se apoya en el miedo y en el dinero. Los responsables son quienes deliberadamente han ido llenando el cargador de balas. Difícilmente se podrá eliminar semejante mancha de la alfombra.

Sería injusto atribuir las culpas de este dramático divorcio a Europa, fundamentalmente porque esa Europa con la que se creían casados los británicos y cuya poligamia en el continente ahora se pone en entredicho, nunca ha existido. El mapa de Europa es geográfico pero no político, y ello porque sus pretendidos constructores se olvidaron de añadir al cóctel un ingrediente del que dispone cualquier país por insignificante que sea: el pueblo. Así, lo que empezó siendo un sueño ha degenerado en bostezo o en pesadilla, según los casos, y hay quien ha decidido cambiar de canal cuando le han dejado a mano el mando de la tele.

Antes de la crisis, la supuesta construcción europea era ya un esperpento, hasta el punto de que sus pretendidos ciudadanos se enteraron un buen día por la prensa de que tenían un presidente que se llamaba Von Rompuy y una superministra de Exteriores, Catherine Ashton, que de relaciones exteriores no sabía un pimiento pero era baronesa. En eso consistió la refundación democrática de Europa, donde se quiso colar de matute una supuesta Constitución que no llegaba ni a las cartas otorgadas de las monarquías absolutas y que, tras el rechazo en referéndum de Francia y Holanda, se volvió a poner al fuego. Recalentada, llegó a la mesa como un simple tratado. En un notable ejercicio de surrealismo, lo que debía ser la casa común de todos se edificaba sin preguntarle a sus moradores donde querían colocar los dormitorios.

Con la crisis, el desmadre fue colosal. De entrada, sus efectos se trasladaron directamente a los ciudadanos, que tuvieron que soportar en sus propias carnes el paro, la precariedad y la pobreza mientras resultaba evidente que los burócratas de Bruselas, que eran quienes debían haber evitado que el sistema financiero fuera una bomba de relojería que al estallar hizo saltar todo por los aires, estaban jugando al Monopoly. De aquella promesa de Sarkozy de refundar el capitalismo y acabar con los paraísos fiscales aún nos estamos riendo.


¿Para qué servía una Unión que era incapaz de guarecer a sus ciudadanos del vendaval de una crisis que ellos no habían provocado y que directamente presumía, como en el caso de Grecia, de imponer durísimas condiciones a sus víctimas? ¿Qué hacía Europa cuando las dificultades de financiación ahogaban a muchos de sus estados? Lo que se pudo comprobar sin ningún género de dudas es que lo que se llamaba Europa era en realidad un conglomerado de vasallos que debían obediencia a Alemania y a su canciller. Fue Merkel quien impuso una insensata política de austeridad a sus socios, la que se vistió de hormiga para denunciar lo cigarras que habían sido algunos países, fundamentalmente los del sur, obviando que en lo que realmente nos habíamos excedido era en comprar tantos coches alemanes y en asumir los costes de la reunificación alemana sin decir esta boca es mía.

El método de azuzar la insolidaridad y prometer que los contribuyentes alemanes jamás financiarían el desenfreno de otros tuvo enseguida adeptos, mientras prendía en el norte de Europa un sentimiento de xenofobia y resurgían los nacionalismos. El terreno estaba abonado. La incapacidad europea para poner freno a la exclusión social y para defender el estado del Bienestar, su principal seña de identidad en el mundo, alimentó el odio hacia los extranjeros e inmigrantes, a los que desde algunas clases populares se identificó como los responsables de su situación.

Por si todo esto fuera poco, Gran Bretaña tenía sus propias circunstancias, especialmente el exacerbado chovinismo de buena parte de la población inglesa –la que ha inclinado la balanza hacia el Brexit- que ya desde la escuela aprende que son los reyes del mambo, gente especial que puede mirar al resto de europeos por encima del hombro, tipos superiores como ya se puso de manifiesto en las dos guerras mundiales. Ha bastado activar este resorte y el de la supuesta vampirización de la que son objeto por la periferia europea y sus emigrados para darle a Cameron un tiro de gracia que ya desangra a Europa.

Las consecuencias son imprevisibles, empezando por el propio Reino Unido, que puede dejar de serlo si finalmente Escocia intenta cumplir su amenaza de repetir el referéndum de independencia e Irlanda del Norte sigue sus pasos. En el continente, la ultraderecha francesa y holandesa se han apresurado a pedir que sus países sigan esa misma senda, una vez constatado que el invento de la Unión Europea no es irreversible. Faltaba Margallo que, ajeno al terremoto del Brexit, de las tremendas consecuencias económicas y aun políticas que tendrá para España y sin una camisa de fuerza cerebral a mano, que en su caso tendría que ser de uso obligatorio, ha proclamado lo siguiente: “Una bandera de España en el Peñón de Gibraltar está mucho más cerca”. Cada loco con su tema.

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