lunes, 19 de septiembre de 2016

"SALDO DE UNA CAUSA"

 "SALDO DE UNA CAUSA"
EDUARDO SANGUINETTI,
FILÓSOFO Y POETA
Millones de seres de las más diversas latitudes, desde las redes sociales, denuncian el espionaje y el control ejercidos por el Estado, pero sin embargo son muy pocos los ciudadanos que critican la vigilancia ejercida desde las empresas privadas. Tan peligrosa como la de los Estados, pues ya no cabe duda de que no hay diferencia entre el Estado y las grandes empresas o corporaciones. Están unidos por los mismos intereses de poder y sojuzgamiento de los pueblos.

Podemos decir, sin ser hábiles expertos, que detrás del espectáculo de la democracia, lo que está instalado, en realidad, es un poderoso deseo de control al pueblo. Noam Chomsky avizoró el porvenir, que es hoy, cuando dijo: “Los medios de comunicación son a la democracia lo que la propaganda es a la dictadura”.

La innegable revolución de las comunicaciones, a través de la Web, ha conectado a todas las naciones y a todos los servicios de inteligencia del planeta. Significa que los grupos dominantes multiplican su poder gracias a Internet. Pero por otro lado, este proceso, esta misma revolución de la Web, que ha transformado la historia y la relación, ha permitido a millones de personas intercambiar conocimientos y datos alrededor de la Tierra. Mediante la transferencia lateral de la información y de datos, permitiéndonos informarnos y comprender cómo funciona el mundo.

El universo de la Web consiguió poner fin a la asimetría de la información, desde siempre manipulada por las corporaciones económico mediáticas que construyen realidades. Considerando que todo grupo mediático que tiene influencia y la ha ejercido durante muchos años, no es capaz de dar información de forma honesta, se agradecen, hoy, la existencia de medios alternativos de comunicación, donde los más capacitados e informados escriben, siendo más creíble su información que los que lanzan las grandes empresas mediáticas y el Estado.

Antepongo cual alegoría una frase de Milan Kundera, en su fantástica novela "La Insoportable Levedad del ser": “Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch”.

Kitsch es la tendencia predominante de todos los que dictan y rigen en el planeta, lo vemos de manera concreta en Macri, presidente de Argentina, con sus falacias y torpezas inocultables, en intento de transmitir "algo", en sus vacuos y banales "discursos" de bajo costo y "volando a lo chajá".

Creo que no vale la pena preguntarse por qué la desmesura en el uso y abuso del lenguaje monopoliza casi patológicamente la atención de los pueblos y la devoción de los medios de comunicación hacia quienes lanzan la palabra fuera de espacio y tiempo.

Pero ¡no! Pareciera que dichos modos se asimilan a maneras y modos de una comunidad que marcha inexorablemente a la degradación del lenguaje, sin mediar metáforas de “paños fríos” que se utilizan dentro de un marco de compulsión intencionada, que se proyecta sobre una dimensión espectacular: el sentido de pertenencia, ausente, a una comunidad que sin dudas está perdiendo el sentido de la relación y el diálogo.

No adhiero de manera alguna a que tomen estado público las declaraciones de guerra subliminales, en complicidad con medios afines a una tendencia y una ideología implícita, pues la palabra lanzada por razones expuestas e impresas en un inconsciente reprimido, no ha logrado detener el funcionar del mundo en su habitual rutina, salvo claro está, en guerras y genocidios que continúan su devenir de muerte y sangre.

Obsesionados en tener la razón, en el argumento decisivo o la propuesta incomparable, los politicastros del tercer milenio, asisten ­incrédulos y con estupor­ a derrotas frente a adversarios que han hecho de la simplicidad y del radicalismo en difusas propuestas sus bazas electorales. No comprenden cómo sintiéndose los “mejores”, los electores no se rinden a su oferta con el voto masivo. El orgullo herido que bloquea la autocrítica empieza a dejar paso a la irreflexión y la bajeza.

La “inteligencia sensorial”, tal como lo hiciera John F. Kennedy, hace décadas, los ridículos pseudopolíticos de esta región, lo han imitado, plagiado con buenos resultados,  comenzando a valorar la gestión de los sentidos y la intuición como vehículo decisivo para generar los sentimientos que les permitieron transmitir ­de manera que se perciba­ un determinado mensaje en las mejores condiciones, aún sin ser legitimados en el acto, en detrimento de las necesidades de los pueblos, hambreados , silenciados, en sus libertades de expresión y sin referentes legítmos.

La mirada sobre la importancia de la comunicación no verbal (gestos, movimientos, tono, detalles…), responsable determinante de la percepción pública, que ha dado tantos frutos en Estados Unidos, a presidentes, que con solo una sonrisa y un gesto de amabilidad, le permitieron llegar a la Casa Blanca.

Ya no se juzga a los políticos solamente por sus palabras y sus promesas, sino que su aspecto y su actitud también juegan un papel decisivo. Un gesto fuera de lugar o un comportamiento equívoco pueden minar la confianza de los ciudadanos, ya de por sí desgastada o inexistente... sobre todo en las nuevas generaciones, que dieron la espalda a la farsa oficial y al espectáculo insano en que se debaten simuladamente, los dirigentes, seguidores de una sola ideología: el dinero.

En consecuencia, el relato de nuestra vida es el “saldo de una causa” que intentamos dar a conocer, del pensamiento que servimos, de la autoridad que justifica nuestros actos, y que hoy no puede ser dicho ni siquiera meditado. Instancia a la que se llegó en función de múltiples estrategias en servicio de aniquilar el pensamiento y el acto creativo, signos puntuales de nuestra condición de ser.

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