lunes, 4 de julio de 2016

MUJER DE LA LLUVIA

MUJER DE LA LLUVIA

DUNIA SÁNCHEZ
No sé por qué se empeñaba en seguir las ramas retorcidas y polvorientas que el viento le traía. Seguía sus vuelos, sus movimientos, sus desfiguraciones como mujer de la lluvia. Y es que llovía. Ella desnuda, en medio de una plazoleta cuya ciudad no importa. La llamaban loca. Sí, locura por el abatimiento de su persona cuando la juventud rozaba sus carnes. Ahora, anciana, arrugada, con una melena cana que se revolvía en los distintos caminos que ella tomaba. Su gato iba con ella, un gato gris y flaco. Un gato que emitía el ronronear del amor por ella. Y ella lo acariciaba, lo besaba como se besa a los amigos eternos. La llamaban loca. La plazoleta vacía. Solo un estanque del cual bebía y bebía esa vida que nos apresa en la enajenación de nuestra persona. Se detuvo, era la noche más oscura que había sentido. Astros y astros guiñándole al sentido de su existencia. Y bailo, bailo como se danza en las hogueras para purificar el alma. Se hallaba libre. Libre y cansada. El frío metálico era fuga, una fuga que la encerraba en su esfera. Por un momento tuvo algo de lucidez. Se miró las manos, sus piernas esqueléticas y se dijo me voy. “ Me voy donde las cenizas de mi muerte puedan quedarse aquí. Sí, aquí en esta plazuela que me ha dado techo, que me ha dado penas y más penas, que me ha dado alegrías”. Se fue, se dirigió hasta un pequeño jardín donde una retorcida sabina daba cierta calidez y se sentó mirando al mar. Sus negros ojos se llenaron de lágrimas, no sé si de tristeza o alegría, qué más da. Y poco a poco su luz se fue extinguiendo a medida que amanecía. Poco a poco su gato gris y flaco  murmullaba junto a ella la belleza de su ida.

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