viernes, 12 de enero de 2024

CÉSAR MANRIQUE Y LA VIDA QUE NOS QUEDA

 

CÉSAR MANRIQUE Y LA VIDA QUE NOS QUEDA

Lanzarote, vista desde cierta altura, duele. Quizás es porque allí uno se siente en otro planeta o más cerca de la forma primitiva del nuestro. Tiene la capacidad de hacerte sentir confuso al llegar y necesitado de su magnetismo el resto de tu vida. Es inmensa. De cuerpo árido y entrañas afiladas

CRISTINA GARCÍA PÉREZ

Si hubo alguien que se enamoró de esta isla e hizo de ella el lienzo definitivo fue César Manrique. El autor, nacido en Arrecife en 1919, pasó su infancia cerca de la playa inmensa de Famara y sus riscos de casi cuatrocientos metros de altura. En ese paraje quedó prendido de las formas geométricas y colores imposibles de sus riscos.

 

Tras la Guerra Civil, emprendió su carrera como pintor en la península hasta dar el salto a Nueva York. Allí, se sumergió en los ideales estéticos y movimientos artísticos que jugarían un papel crucial en su desarrollo creativo. Un generoso patrocinio de Nelson Rockefeller hizo posible que alquilase un estudio en el East Side de Manhattan y realizase varias exposiciones para la galería Catherine Viviano.

 

Pero a pesar de su éxito en Estados Unidos, Manrique comenzó a extrañar la naturaleza que lo atravesó en su infancia y decidió volver a Lanzarote. En sus palabras, Nueva York vivía rodeada de artificialidad y había un impulso que lo llamaba a volver a la tierra donde se encontraba la verdadera vida.

 

Las obras más célebres de Manrique no se entienden sin Lanzarote: es su materia prima y su lienzo. Así, Jameos de Agua o el Mirador del Río se convierten en una simbiosis entre el artista y el medio. Esta visión transformadora lo convirtió en un activista ecológico que supo aprovechar su fama para prevenirnos de las consecuencias del turismo masificado y la gentrificación en Canarias.

 

En 1966, inició una campaña para que los lanzaroteños respetaran su propio estilo arquitectónico compuesto de roca volcánica y madera de la isla. Les ayudó a arreglar casas en mal estado siguiendo las pautas tradicionales, que hacen que las construcciones aprovechen al máximo el clima del lugar en lugar de luchar contra él. Los edificios tienen paredes gruesas para el aislamiento, protegiéndolos del calor del verano y del frío invernal. Para ayudar a mantener las casas protegidas del sol, las paredes están cubiertas de cal, lo que les da su característico color. Además, las casas suelen ser de un piso de altura con un patio interior para recoger el agua de la lluvia.

 

Manrique también consiguió que el gobierno local retirase cualquier valla publicitaria que pudiese obstruir el paisaje de la isla. Pero fue mucho más allá, en 1968 consiguió que se promulgara una nueva regulación para la isla: no se permitía que ningún edificio superara la altura de tres pisos. Supuestamente la altura de una palmera media. En una entrevista en 1971 declaro: “Creo que las características especiales de cada lugar deben ser preservadas, de lo contrario pronto estaremos viviendo en una cultura estándar aburrida sin ninguna imaginación creativa”.

 

Quizás por eso Lanzarote te deja sin aliento. Porque uno siente que está viendo el atardecer en la Luna y que en cualquier momento un dinosaurio atravesará la colina. Eso es lo natural, cruzarte de bruces con la vida en el lugar más recóndito de la Tierra. Y lo extraño es todo lo demás, como volver a ciudades alejadas de la naturaleza con humanos sin rastro de la vida que nos queda.

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