miércoles, 5 de julio de 2023

EL MIEDO

 

EL MIEDO

GUILLEM MARTÍNEZ

1- En el momento en el que escribo estas líneas en Francia cada noche equivale a varios años. Tras tres noches de violencia en las calles de, cada vez, más ciudades, se han detenido en torno al millar de personas, se han quemado 2000 vehículos, se han atacado 77 comisarías y más de 100 edificios públicos, y se han asaltado cerca del millar de comercios. Es una revuelta, una invalidación. Pero, y esto es muy importante, en forma de motín, esa invalidación de la invalidación.

 

2- El motín es la protesta en los USA, esa democracia en la que no todo el mundo está inscrito en el censo. Lo que indica que en Europa nos aproximamos a democracias que, de una forma u otra, no inscriben, no atienden, a toda su ciudadanía. En París, Lyon, Toulouse… se manifiestan personas que no caben, personas que no tienen su lugar en la República, que no lo tuvieron en la escuela –en principio, el punto de incorporación republicano–, que no lo tienen en el trabajo. Que no lo tienen, siquiera, en el interior de un coche. Personas reconocibles, familiares, próximas, pues ya existen en toda Europa. Y se manifiestan, lo dicho, a través del motín. El motín es la gran forma de manifestación predemocrátrica. Por lo mismo, es inquietante y sintomático –y muy importante– que el motín sea la forma de manifestación del siglo XXI.

 

3- La primera manifestación con forma de motín por aquí abajo fue en BCN, en 1835. Fueron varios días de protestas desordenadas, salvajes, se suponía que anti–carlistas, hasta que de pronto, zas, alguien quemó la fábrica del jefe de la Milicia Nacional, el señor Bonaplata, el símbolo del anti–carlismo. Los obreros, en fin, querían decir algo importante sobre su explotación y sus condiciones de vida, pero no sabían qué, pues no cabían, ni contaban. El último motín por aquí abajo –es decir, el primero nuevamente protagonizado por personas que no cuentan, ni caben– fue también en BCN, en 2019, cuando las protestas contra la sentencia al procés. Fueron varios días de protestas desordenadas, y que acabaron como el rosario de la aurora, cuando el Govern, que las animaba, se dio cuenta de que se trataba de un motín, protagonizado, por tanto, por personas sin líderes, sin sitio, sin voto, que no cabían, y no por los suyos, los liderados, los que caben, los que cuentan, los que votan.

 

4- El motín –correr en todas direcciones– se parece mucho al miedo –correr en todas direcciones–. Lo que indica que el miedo es el grueso de un motín. Por lo mismo, los amotinados deben tener miedo al Gobierno, al punto que ese miedo es el que, tarde o temprano, detiene el motín. Las personas que creen que caben en el sistema, que creen que son parte del Gobierno, deben, a su vez, carecer de todo miedo, salvo del miedo a los amotinados.

 

5- Por lo descrito en el punto 4, un Gobierno o una oposición postdemocráticos deben dar miedo a parte de la sociedad, pero no a toda y, mucho menos a sus propios votantes.

 

 Un Gobierno o una oposición postdemocráticos deben dar miedo a parte de la sociedad, pero no a toda y, mucho menos a sus propios votantes

 

6- Y ese es el problema de la derecha española, un ente poco sensible a las percepciones de la sociedad, salvo a su miedo. A la derecha española le preocupa, y mucho, dar miedo. El miedo es, de hecho, una de sus pocas preocupaciones. No se pierdan el punto 7.

 

7- Casado –no lo recordarán, pero fue el anterior líder del PP– tenía un problema. Daba miedo. A los suyos. Eso es lo que descubrió una empresa que hizo un estudio sobre la recepción de ese líder. ¿Qué daba miedo de Casado? No eran sus ideas, ni su forma de verbalizarlas. Era algo previo a ello. Su cara. Y, más concretamente, su boca. La empresa en cuestión decidió que lo que daba miedo era, incluso, algo más acotable: su dientes. El estudio de imagen acabó aconsejando a su cliente que se dejara barba. La barba, por cierto, es una máscara. Un político con barba, en términos generales, es una ruina para la comunicación, una vía muerta para la política. Salvo en nuestro biotopo, lleno de políticos, líderes y personajes públicos con barba. Gracias al estudio aludido sabemos que la barba, en España, es la opción B. Donde hay una barba, había, previamente, un terror mayor, que la barba tapó.

 

8- El miedo es, sin duda, el gran límite para las derechas en España. Es más, es su único límite y su único factor de moderación. En eso España es diferente a muchos países europeos, en los que sus derechas, para existir en su ulterior forma, no necesitaron convocar tanto miedo. Aquí necesitaron tanto que les sobró, de manera que les dura. No lo gastarán en la vida.

 

9- Ese miedo es importante. Es el gran lastre de una derecha que desconoce cualquier otro lastre. La sensación es que las izquierdas acceden al poder, por aquí abajo, no por ellas mismas, sino por el miedo que provocan las derechas, en esos momentos periódicos en los que esas derechas pierden su formación y avanzan en desbandada. Y dan, lo dicho, miedo. Un miedo que ninguna barba puede ocultar.

 

10- Eso mismo explica, también, los discursos de las derechas y las izquierdas locales. Las izquierdas poseen un discurso muy pobre, discreto, flojo incluso para el entorno. Tímidas, parece que tengan miedo a crear miedo no en sus votantes, sino en los votantes contrarios. Las derechas son, a su vez, más libres. Pueden decir y hacer casi lo que quieran. Con un solo límite. Provocar miedo. Lo que no es, a su vez, algo tan obvio como pudiera parecer. Por aquí abajo, por ejemplo, dan más miedo los dientes de un político que el hecho de que un político pueda decidir la muerte de cerca de 8.000 ancianos en residencias. Lo que nos lleva al punto 11.

 

11- El miedo no es obvio. El miedo es inconcreto. El miedo, por eso mismo, es un arte. No todo el miedo crea miedo. Si el neoliberalismo rompe la sociedad, debe romper, por fuerza, sus percepciones, como el miedo, que pasa a ser también un miedo roto, fragmentado, incomprensible, informulable. La sociedad puede tener miedo, así, a los dientes, esas cosas de las que casi todo el mundo dispone, y no miedo a las políticas, a sus dentelladas.

 

12- Parece, en todo caso, que las derechas españolas –PP–Vox– han pulsado recientemente las teclas indicadas para crear miedo, para enseñar los dientes bajo su barba. En el último Electopanel de Electomanía –del 30J–, el pack PP–Vox perdía sorpresivamente, ñaca, la mayoría absoluta. Algo ha pasado que, en una semana, ha recortado un punto entre derechas e izquierdas. No es, por ahora, un cambio de tendencia. Puede no llegar a serlo. O sí. Por ahora es, tan solo, la aparición del único objeto que la derecha española, la gran dominadora del discurso político local, no puede dominar. El miedo. Su miedo, el miedo que ella provoca.

 

13- Ese miedo debe de haber nacido del contacto y pacto PP–Vox tras las elecciones. Es muy posible –punto 11– que no sea un miedo argumentado, analizado. Puede ser, simplemente, un correr hacia todas las direcciones, víctimas del miedo –punto 4–. En todo caso, los pactos han sido absolutamente duros y concretos, sin grandes matices, paliativos, ni preciosismo. En defensa de la ultra–derecha española –rayos, jamás pensé en escribir esa frase en mi vida– se debe decir que los pactos políticos suelen ser así de pobres, operativos y literales –recuerden los pactos en la izquierda de hace menos de un mes–. Si bien esa dinámica cutre del pacto crea desinterés, desgaste en las izquierdas, en las derechas crea también su kriptonita, más determinante, visto lo visto: el miedo. Los pactos, por otra parte, han liberado del centro de la tierra un nuevo rostro en el mercado político e informativo. El de Jorge Buxadé –bú–, de Vox, un político necesitado –y con esto estoy ahorrando una pasta en estudios a Vox– de una barba, enorme, hitita, de Santa Claus. Los pactos, a su vez, han creado una dinámica, inicialmente catalana, peligrosa: la presidencia para el lado más ultraderechista de la coalición –en este caso, Vox– de varios parlamentos autonómicos. Ceder a la extrema derecha la presidencia de un parlamento –esto es, cederle su interrupción, su boicoteo, su prestigio, su ruina y, por encima de todo, una voz que nunca callará, ni tan siquiera debajo del agua– es algo que puede ser divertido para sus votantes, pero que crea miedo, mucho, en los que no lo son. La actuación de esos nuevos presidentes –por lo que veo, grandes personas sin grandes capacitaciones, pero con grandes personalidades y, por lo mismo, difíciles de moderar, matizar, o mandar parar– en la campaña que empieza en 6 días, puede ser otro factor de miedo. Y aún hay otro. Un PP –antes que un partido político convencional, una comunidad de intereses que limita, únicamente, con el miedo– victorioso en las elecciones del 23J –parte del miedo que emite consiste en saberse victorioso–, tendría tiempo aún –lo tiene hasta el último trimestre del año– para cambiar la orientación y la recepción de los Fondos Europeos. Sabemos poco del destino de esa pasta. Que gracias al PP y a sus intenciones con esos fondos supiéramos más, sería de peli de miedo. Si el PP llegara a mezclar, en ese sentido y orientación, el hambre con las ganas de comer, el miedo vertebrado sería inaudito.

 

14- Atención. El miedo, la gran baza –a falta de otra– de las izquierdas locales, y el gran marrón –por ausencia de otro– de las derechas locales, ha hecho su aparición. Hay, por tanto, partido en una cultura política en la que el miedo es ya determinante, como explica y visualiza Francia. El miedo no se improvisa. Requiere años. El hecho de que ya sea perceptible solo habla de su robustez.

 

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