sábado, 9 de abril de 2011

COLABORACION

El teatro del Puerto de Granadilla y sus actores (I)

Agapito de Cruz Franco

-El drama-

Los poderosos intereses económicos que consideran la naturaleza un recurso a destruir en beneficio de un mal llamado progreso, una izquierda extraparlamentaria que vio en la oposición a aquellos una causa por la que luchar y, a la vez, una tabla de salvación ante su desaparición de la escena electoral, y el ecologismo como nuevo movimiento social -el único capaz actualmente en Canarias de unir en torno a sus reivindicaciones a toda una sociedad plural- conforman el drama sobre el que se ha desarrollado el conflicto de construcción de un nuevo puerto industrial y comercial en Granadilla de Abona (Tenerife). Drama, en el que ha sido de vital importancia la eclosión de una sociedad concienciada con el medio ambiente, en la que las nuevas tecnologías han sido un elemento aglutinador de voluntades, y heredera, en el fondo, pero no en la forma, del Movimiento Ciudadano “Toda la Isla es Vilaflor”.

Un drama, con una triple paradoja: A la sombra de la lucha contra el Puerto de Granadilla se han desarrollado proyectos de extrema gravedad hacia los ecosistemas del Archipiélago, el ecologismo –elemento clave en el conflicto- ha terminado perdiendo su independencia, y los poderes conservadores –que no conservacionistas-, han crecido a medida que lo hacía el rechazo social hacia esta gran infraestructura.

En este contexto, y a medida que avanzaba el proceso ciudadano, la oposición a dicho puerto, dejó de tener a la ecología como guión, pasando esta a ser un elemento más, entre otros, del mismo. Y aunque los argumentos han tenido en parte que ver con ella, su espacio comenzó a ser ocupado por los contenidos conceptuales de la izquierda del siglo XX. Si estructuramos las organizaciones políticas, claro está, en izquierdas y derechas. Porque estas coordenadas electorales surgidas a finales del siglo XVIII, es posible que ya no respondan a la realidad de una sociedad global inundada por las aguas del cambio climático, con la polis –ciudadanía- como punto de encuentro de múltiples identidades, y la economía sustituyendo al Estado-nación.

De hecho, el movimiento ecologista –con su bagaje social acumulado in crescendo desde la década de los 70 hasta el Movimiento Toda la isla es Vilaflor el 23-N de 2002-, era el último de los territorios de los nuevos movimientos sociales surgidos del 68 que la vieja izquierda trashumante aún no había conseguido fagocitar.

Así, a medida que crecía la oposición al Puerto de Granadilla, la acción medioambiental pasaba en Canarias a oxigenar el arco electoral extraparlamentario y a tratarse desde la óptica de los partidos de izquierda. El ecosistema como paradigma, era sustituido por los valores tradicionales de estos, que ponían de nuevo en escena conceptos ya superados como eco-socialismo o desarrollo sostenible –junto a otros tardíamente asumidos- en unas islas que sobrepasaron los límites de tal desarrollo hace más de 50 años

En este drama, la lucha contra la destrucción del mar y de la tierra, junto a la prioridad de las políticas sociales frente a los intereses urbanísticos y de infraestructuras, son, sin embargo, unos conceptos que –entre otros valores-, el ecologismo consiguió introducir a lo largo de tres décadas en las agendas de diferentes grupos sociales y electorales, tanto de un arco como de otro, que otra cosa es la práctica política de cada cual. De hecho, hasta la llegada de este acontecimiento, el ecologismo vivía un empuje del que una de sus consecuencias fue precisamente la oposición a este macro-puerto.

Sin embargo, desde su puesta en escena, se ha vuelto cada vez más difícil situar en el proceso los argumentos ecologistas (rechazados parte de ellos por algunos ámbitos de la oposición a esta obra), o poner en marcha en el caso de la isla de Tenerife, otras dedicaciones que no sean las relativas al Puerto de Granadilla y por ende, a las diferentes infraestructuras insulares. La causa habría que buscarla en esa deriva partidaria que ha aprovechado el empuje del ecologismo para sus propios fines y que tras manipularlo, lo ha convertido en un departamento de sus programas, al tiempo que barnizaba su burocracia electoral de cierta coloraina ambiental. Lo que, dicho sea de paso, ha demostrado la confusión entre movimiento político electoral y no electoral.

Este carnaval verde de algunos partidos ha resultado así un reality-show, donde el protagonismo que han ido adquiriendo ha sido, paradójicamente y cara a sus intereses tradicionales de anhelo de poder, irrelevante y virtual. Incluso favorecedor de todo lo contrario, aupando al poder a sectores más conservadores. Dentro de esta óptica, han tratado hipócritamente de atraerse un voto verde que nada tiene que ver con ellos, y de lo que, en parte, tienen la culpa Los Verdes –verdadero referente de la ecología política electoral- por no separar con claridad su proyecto del de la izquierda, aparecer a menudo dividido en las elecciones o diluirse en plataformas de partidos donde quedan desactivados.

Un análisis ecológico de la situación dice que el Puerto, aún con la gravedad que conlleva, y como estandarte de los poderes económicos más destructivos con el medio ambiente, tiene una importancia menor frente a otros del ecosistema como: la población, la energía (cuya lucha por una Canarias 100% limpia duerme el sueño de los justos), el agua y el acceso a los recursos (de una gravedad extrema en Canarias) el territorio y la destrucción del suelo, el urbanismo y la propia industria turística (en la raíz de todos los problemas ambientales en Canarias), la agricultura, los espacios naturales, los incendios forestales, los problemas migratorios, la desestructuración social y laboral de uno de los componentes del ecosistema, la cuestión de Canarias como plataforma neo-colonial hacia África, la identidad cultural, la alimentación, los derechos de los animales desde las ballenas piloto hasta los perenquenes, la extinción de diferentes especies vegetales y animales o la contaminación, por no hablar de la propia vida y de todo lo que supone una dimensión ecológica profunda y la reducción del ser humano a su lugar no central en el ecosistema.

Esta es la razón de que, ante varias manifestaciones ecologistas (la oposición al Puerto de Granadilla, los derechos de los inmigrantes, o el rechazo al gas natural, por ejemplo), a la primera hayan acudido 30 mil personas y a las otras 30, si llega, y si se convocan, cuando estas últimas, tienen como ecología, una importancia mucho mayor que la primera, que de por sí ya es grave. Lo que lleva también a la conclusión de lo decisivo del elemento mediático como condicionante en la formación de la conciencia colectiva.

(CONTINUARA

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