sábado, 8 de julio de 2023

LA MANO QUE MECE DESOKUPA

 

LA MANO QUE MECE DESOKUPA

DAVID TORRES - COSECHA ROJA - CANAL RED

Nunca se insistirá bastante en la utilización del miedo como instrumento de control social: el miedo al extraño, al intruso, al inmigrante que viene a quitarte tu trabajo y tu casa.un

Mucha gente dice que no soporta las películas de miedo porque pasan mucho miedo; a mí me sucede exactamente lo contrario, me encantan porque se trata de un miedo controlado, una experiencia vicaria de la que uno sale indemne pese a todas las cuchilladas, destripamientos y matanzas a las que haya podido asistir en la pantalla. Rafael Llopis –insigne psiquiatra y experto en el género fantástico que por desgracia falleció el pasado año— escribió un ensayo extraordinario donde establece un paralelismo entre la pornografía y la literatura de terror: mientras la primera apela al Eros, a la libido, al instinto sexual, la segunda activa el Tánatos, la pulsión de muerte, los oscuros deseos de autodestrucción enterrados en nuestra psique, de manera que el estremecimiento final al leer un gran cuento de Poe, de Machen, de Blackwood o de Lovecraft resulta el equivalente a un orgasmo de tinieblas.

 

Hay muchas formas de llamar al miedo, desde mitos ancestrales como los vampiros o los licántropos, a fantasías apocalípticas con extraterrestres; desde monstruos radiactivos a fantasmas del más allá; desde asesinos psicópatas a caníbales. A comienzos de los noventa una serie de películas crearon un subgénero basado en el concepto del intruso que se mete en tu casa y te jode la vida a conciencia. En De repente, un extraño (1990), de John Schlesinger, una pareja compra un casoplón enorme y para hacer frente a los gastos deciden alquilar la planta baja a un inquilino de apariencia impecable que les sale rana, no cumple su contrato de alquiler, les llena el piso de cucarachas y amenaza con llevarlos a la ruina. Sólo un año después de ponerse la máscara de Batman, Michael Keaton se transformó sin demasiado esfuerzo en el okupa por antonomasia del séptimo arte, un tipo elegante, con corbata y referencias bancarias, a años luz del clásico perroflauta callejero: hasta en esos detalles el cine avisa de por dónde van en realidad los tiros

 

«Cualquiera con dos dedos de frente sabe que la banca es la que financia esta campaña de terror urbano, la mano que mece Desokupa.»

En 1992 se estrenaron dos películas que ahondaban en la idea del invasor hogareño con el ingrediente añadido de la misoginia. Una de ellas, Mujer blanca soltera busca, de Barbet Schroeder, advertía del peligro de compartir piso con una desconocida sin pedir un examen psiquiátrico previo. La segunda, La mano que mece la cuna, de Curtis Hanson, presenta una rebuscada venganza con el personaje de Rebecca de Mornay, quien luce espléndida como la viuda que culpa del suicidio de su marido ginecólogo a la paciente que denunció sus abusos: logra introducirse en el hogar de su enemiga como niñera convirtiéndose en el reverso tenebroso de Mary Poppins. En la actualidad el subgénero ha caído en desgracia entre otras porque la ficción no puede competir con la realidad, porque la televisión, con las sonrientes ménades de Susanna Griso y Ana Rosa Quintana a la cabeza, se ha ocupado de hacernos creer que basta salir a la calle a comprar el pan para que una banda de okupas tome por asalto nuestra casa. Da igual que un juez explique en directo que la okupación es un problema que no debería preocupar a los propietarios, ya que afecta fundamentalmente a las casas vacías hipotecadas por los bancos. De ahí que en esos inmundos vertederos televisivos la gente que verdaderamente debería dar miedo –los neonazis de Desokupa y otras empresas chungas por el estilo– aparezcan con el rango de héroes. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que la banca es la que financia esta campaña de terror urbano, la mano que mece Desokupa. Nunca se insistirá bastante en la utilización del miedo como instrumento de control social: el miedo al extraño, al intruso, al inmigrante que viene a quitarte tu trabajo y tu casa. No es casualidad que ciertas imágenes de los pobres subsaharianos colgados de las vallas de Melilla parezcan fotogramas de una película de zombis. Pero cualquiera que haya visto suficiente cine sabe muy bien que los zombis, que avanzan a paso de tortuga y no saben ni por dónde les da el aire, no tienen tanto peligro como el poli con la escopeta o el vecino idiota.

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