martes, 19 de julio de 2022

CENIZAS EN LOS DESPACHOS

 

CENIZAS EN LOS DESPACHOS

DAVID BOLLERO

 

Efectos del incendio en la Sierra de la Culebra (Zamora).

- Mariam A. Montesinos / EFE

En 2017 escribí un artículo titulado 'El incendio de Huelva comenzó en los despachos'. En él, describía cómo un incendio a las puertas del Parque Nacional de Doñana había devorado el monte imparable debido a la falta de mantenimiento forestal, la reducción de recursos de bomberos... Cinco años después, con Castilla y León asolada por el fuego, descubrimos con estupor que la historia se repite. Las decenas de miles de hectáreas calcinadas podrían haberse evitado si se realizara las debidas tareas preventivas, según denuncia la Asociación de Trabajadores de Incendios Forestales de Castilla y León.

 

Cuando uno viaja a países en los que el acceso a la sanidad es complicado o especialmente caro siempre es recomendable contratar un seguro. Una inesperada apendicitis puede arruinarnos en EEUU, por ejemplo. Sin embargo, muchas personas optan por viajar sin seguro y, afortunadamente, la mayor parte de las veces sale bien, sin que se produzca ninguna incidencia. Como resultado de ello, si uno echa cuentas de lo ahorrado a lo largo de los años, quizás pueda costearse un nuevo veraneo.

 

Las tareas preventivas son invisibles, no se perciben a menos que hagan falta, aun cuando requieren de esfuerzos. En materia forestal, sucede exactamente lo mismo. Las tareas de mantenimiento del monte durante todo el año requieren de unas partidas presupuestarias fuertes que, en cambio, se mantienen planas o se recortan, a pesar de que el riesgo de incendio va en aumento año a año debido al cambio climático. Si las llamas no devoran el monte, el grueso de la opinión pública no percibe ese mantenimiento activo del monte, esa gestión, sencillamente, no le luce al político de turno.

 

Como sucede con el ejemplo del viaje, si no se produce incidencia alguna, con el dinero ahorrado es posible ejecutar otras acciones más visibles, con las que sacar mayor rédito político, como es desviar subvenciones a lobbies con peso electoral o acometer alguna privatización prometiendo mejores servicios. El ahorro que supone jugársela y descuidar el monte reporta un colchón económico con el que desplegar políticas interesadas o, directamente, alimentar estómagos agradecidos. Una jugada que le sale redonda al gestor si no se produce ningún incendio, al tiempo que la opinión pública es ajena al riesgo al que está siendo expuesto. Quienes viven en las localidades que terminan siendo devoradas por las llamas sí son conscientes de ese riesgo y alzan la voz reclamando más medios pero, ¿quién escucha al mundo rural fuera de periodo electoral en el que besar a un vaca cuenta tanto como a un niño?

 

Las denuncias de los trabajadores forestales de Castillo y León no son una excepción, como tampoco lo eran en Huelva hace cinco años. Esta práctica generalizada de reforestar de manera inadecuada, descuidar el mantenimiento del monte y reducir y/o privatizar los recursos de extinción supone una grave negligencia cuyos efectos son más evidentes cada año. El cambio climático provoca más sequía, un aumento desmesurado de las temperaturas y, una vez generado el incendio, una mayor voracidad del fuego. Ante este nuevo escenario, no se está sabiendo responder desde los despachos, abocándonos a un país cada vez más desértico, con menos masa arbórea.

 

Decía estos días el presidente extremeño Guillermo Fernández Vara (PSOE) que "lo único irremplazable es la vida humana", tratando así de advertir a la población que no dudara en desalojar los pueblos si las llamas avanzaban. Se equivocaba porque la fauna y la flora que el fuego destruye por completo también es irremplazable. Podrá reforestarse y repoblar con nuevos ejemplares de animales, pero ya será otra vegetación y serán otros animales, con el hándicap añadido de que en el primer caso llevará generaciones contar con la riqueza natural previa al incendio, si es que alguna vez se alcanza.

 

Los incendios comienzan en los despachos, sí, pero no terminan porque allí no llega el fuego y, quizás, va siendo hora de que lo hagan, quedando los gestores pirómanos reducidos a cenizas electorales. ¿Cuándo comenzarán las políticas medioambientales a tener el peso que merecen? No se engañen, no lo tienen y, de hecho, siguen sin tener presencia en los debates electorales; para cuando se reaccione, quizás no queden ni montes ni playas.


 

  

 

 

Efectos del incendio en la Sierra de la Culebra (Zamora).

- Mariam A. Montesinos / EFE

En 2017 escribí un artículo titulado 'El incendio de Huelva comenzó en los despachos'. En él, describía cómo un incendio a las puertas del Parque Nacional de Doñana había devorado el monte imparable debido a la falta de mantenimiento forestal, la reducción de recursos de bomberos... Cinco años después, con Castilla y León asolada por el fuego, descubrimos con estupor que la historia se repite. Las decenas de miles de hectáreas calcinadas podrían haberse evitado si se realizara las debidas tareas preventivas, según denuncia la Asociación de Trabajadores de Incendios Forestales de Castilla y León.

 

Cuando uno viaja a países en los que el acceso a la sanidad es complicado o especialmente caro siempre es recomendable contratar un seguro. Una inesperada apendicitis puede arruinarnos en EEUU, por ejemplo. Sin embargo, muchas personas optan por viajar sin seguro y, afortunadamente, la mayor parte de las veces sale bien, sin que se produzca ninguna incidencia. Como resultado de ello, si uno echa cuentas de lo ahorrado a lo largo de los años, quizás pueda costearse un nuevo veraneo.

 

Las tareas preventivas son invisibles, no se perciben a menos que hagan falta, aun cuando requieren de esfuerzos. En materia forestal, sucede exactamente lo mismo. Las tareas de mantenimiento del monte durante todo el año requieren de unas partidas presupuestarias fuertes que, en cambio, se mantienen planas o se recortan, a pesar de que el riesgo de incendio va en aumento año a año debido al cambio climático. Si las llamas no devoran el monte, el grueso de la opinión pública no percibe ese mantenimiento activo del monte, esa gestión, sencillamente, no le luce al político de turno.

 

Como sucede con el ejemplo del viaje, si no se produce incidencia alguna, con el dinero ahorrado es posible ejecutar otras acciones más visibles, con las que sacar mayor rédito político, como es desviar subvenciones a lobbies con peso electoral o acometer alguna privatización prometiendo mejores servicios. El ahorro que supone jugársela y descuidar el monte reporta un colchón económico con el que desplegar políticas interesadas o, directamente, alimentar estómagos agradecidos. Una jugada que le sale redonda al gestor si no se produce ningún incendio, al tiempo que la opinión pública es ajena al riesgo al que está siendo expuesto. Quienes viven en las localidades que terminan siendo devoradas por las llamas sí son conscientes de ese riesgo y alzan la voz reclamando más medios pero, ¿quién escucha al mundo rural fuera de periodo electoral en el que besar a un vaca cuenta tanto como a un niño?

 

Las denuncias de los trabajadores forestales de Castillo y León no son una excepción, como tampoco lo eran en Huelva hace cinco años. Esta práctica generalizada de reforestar de manera inadecuada, descuidar el mantenimiento del monte y reducir y/o privatizar los recursos de extinción supone una grave negligencia cuyos efectos son más evidentes cada año. El cambio climático provoca más sequía, un aumento desmesurado de las temperaturas y, una vez generado el incendio, una mayor voracidad del fuego. Ante este nuevo escenario, no se está sabiendo responder desde los despachos, abocándonos a un país cada vez más desértico, con menos masa arbórea.

 

Decía estos días el presidente extremeño Guillermo Fernández Vara (PSOE) que "lo único irremplazable es la vida humana", tratando así de advertir a la población que no dudara en desalojar los pueblos si las llamas avanzaban. Se equivocaba porque la fauna y la flora que el fuego destruye por completo también es irremplazable. Podrá reforestarse y repoblar con nuevos ejemplares de animales, pero ya será otra vegetación y serán otros animales, con el hándicap añadido de que en el primer caso llevará generaciones contar con la riqueza natural previa al incendio, si es que alguna vez se alcanza.

 

Los incendios comienzan en los despachos, sí, pero no terminan porque allí no llega el fuego y, quizás, va siendo hora de que lo hagan, quedando los gestores pirómanos reducidos a cenizas electorales. ¿Cuándo comenzarán las políticas medioambientales a tener el peso que merecen? No se engañen, no lo tienen y, de hecho, siguen sin tener presencia en los debates electorales; para cuando se reaccione, quizás no queden ni montes ni playas.

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