LAS CHACHAS BAILAN EL CHACHACHÁ
ANÍBAL MALVAR
Dos trabajadoras del
hogar se abrazan junto al Congreso de los Diputados tras la ratificación del
convenio 189 de la OIT para equipara su derechos a los del resto de
trabajadores. — Jairo Vargas
Poco han escrito nuestros periódicos ultramontanos sobre la ratificación por unanimidad en el Congreso del convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, que reconoce los derechos laborales de nuestras trabajadoras del hogar. Estaban las portadas muy ocupadas en desmenuzar el viernes por la mañana la irreparable crisis diploeconómica con Argelia, con el consiguiente fin de España, y el sábado con el fin de la crisis diploeconómica con Argelia, que por razones que no se me alcanzan también se analiza como muestra de debilidad de nuestro gobierno, con el subsiguiente fin de España.
Pero a mí, como soy un poco
paleto, lo que sí me interesaba conocer a fondo es qué significa esta decisión
unánime del Congreso, que llega solo once años después de que la OIT redactara
el convenio sobre las chachas (hermosa palabra) o trabajadoras del hogar
(detestable eufemismo).
Que en el año 2022, y no antes de
Cristo, un país teóricamente avanzado como el nuestro tenga todavía que andar
votando sobre dotar o no de derechos a casi 600.000 trabajadoras (420.000
legales y 165.000 ilegales) nos da idea de lo parvulitos que andamos en esto de
la democracia. Nos creemos tan avanzados que no avanzamos. O quizá tememos dar
un paso más y despeñarnos por el dulce precipicio de la libertad, la igualdad y
la fraternidad, tres palabras que han aguantado casi dos siglos y medio siendo
solo un lema. Pero no nos deprimamos ni nos aceleremos: las trabajadoras del
hogar llevan aguantando muchos siglos más para que se les considere seres humanos.
No le ha sorprendido a nuestros
viejos periódicos este extraño consenso congresual, donde todos los diputados
de todas nuestras guerracivilistas facciones (salvo un abstencionista) se han
puesto de acuerdo. Quizá influya en esta univocidad la cercanía de unas
elecciones andaluzas, pero es tan hermosa la tal univocidad a favor de estas
mujeres que uno prefiere obviar lo circunstancial o estratégico de tantas manos
alzadas.
Como estoy tan acostumbrado a la
elegante ferocidad irracional de nuestros editorialistas de derechas, el día
antes y al día siguiente de la votación busqué con ansiedad en nuestros viejos
periódicos textos donde se eruptara que si le dábamos derechos a estas mujeres
se iba a resquebrajar España, los inversores se iban a fugar a otros países más
neoliberalmente esclavistas, y los magnates del Ibex-35 iban a pasarse todo el
día arrojándose de las azoteas por falta de limpieza en sus alfombras. Pero no
ha sucedido tal catástrofe, para mi desgracia, pues tanta buena voluntad y tan
buen rollo no quedan bien en los artículos, y estoy con el teléfono a mi
verita, aunque sea sábado, esperando a que mis jefas y mis jefes me despidan
por no haber insultado o denigrado a nadie, que es por lo que me pagan.
Vivimos una política tan
polarizada que no nos damos cuenta de la importancia que tiene un consenso como
este. Yo, que siempre ando autocriticándonos a los españoles con mi delicada y
sucia pluma, hoy escribo contento.
Ahora, además de las palabras y
las decisiones parlamentarias, habrá que revisar nuestra Ley de Extranjería,
supongo. Pues esas 165.000 trabajadoras del hogar aun ilegales tienen todavía
que esperar escondidas tres años antes de que les reconozcamos sus derechos.
Con los ucranianos, a base de publicidad desinformada, se está haciendo esto de
regularizar migrantes a gran velocidad. Porque, como todo el mundo sabe, todos
los ucranianos son buenos y todos los rusos son malos.
Y es que mis alegrías son muy
perecederas: vivo tan acostumbrado a consensos políticos que se quedan en palabras
que tampoco estoy muy seguro de que éste pueda servir para algo si no va
apoyado inmediatamente por otras medidas menos evanescentes que una
ratificación de un viejo artículo de la OIT. Le queda bastante curro a Yolanda
Díaz. Pero este rato de alegría mediática, sin que nadie vocifere contra la
lucha por unos básicos derechos, a mí ya me deja felicidad para toda una
semana. Aunque la semana que viene sospecharé que quizá este consenso sobre las
chachas se quede en un chachachá. Como tantos otros derechos adquiridos.
Democracias plenas. Y el irremediable y alegre pesimismo del columnista.
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