miércoles, 28 de abril de 2021

BALAS Y EDITORIALES

 

BALAS Y EDITORIALES

Decía estos días la directora de Opinión de un diario nacional que los periodistas están ahí para dar voz a los partidos representados en las instituciones. Quizá los periodistas también deberían estar para señalar a quienes destruyen esas instituciones

GERARDO TECÉ

Ha sido un buen fin de semana a pesar de todo. Quienes llevamos varios años señalando lo obvio –que el fascismo está en las instituciones– y pagando las consecuencias de decirlo, nos vemos, desde este fin de semana, algo mejor acompañados. Unos cuantos habitantes de la Sala VIP del periodismo, ese que considera que atenta contra el libro de estilo de la empresa llamar a las cosas por su nombre, se han quitado la venda. No sabemos si de los ojos o de la boca. Que en la Cadena SER se comience a llamar a VOX por su nombre –fascistas que ponen en peligro la convivencia y la democracia– es un gran avance. Ha hecho falta, eso sí, que el fascismo estalle en directo y en pleno corazón de la primera cadena de radio española y en mitad de un debate para que algunos abandonen el juego perverso de meter en el mismo cajón a un partido democrático a la izquierda del PSOE y a un partido a la vera del nazismo que señala niños, criminaliza mujeres maltratadas, ataca inmigrantes o grita pidiendo el exilio de sus rivales políticos. Por mucho que los medios pequeños nos partamos la cara, no hay nada que hacer si los grandes no reaccionan.

 

Lo de la Cadena SER ha sido una excepción y queda mucho para que esto sea la regla. Probablemente no lo sea nunca. Quiten el probable: esto nunca será la regla por una simple cuestión numérica. Resolver la ecuación de la tolerancia con el fascismo es algo relativamente sencillo. Desde que VOX se escindió del PP, la aritmética política española nos deja un panorama en el que, si la derecha democrática renunciara a pactar con la ultraderecha, como se hace en otros países, al PP no le saldrían las cuentas para volver a gobernar España ni, por poner un ejemplo más reciente, Murcia. Sigamos despejando la equis. Prescindir del PP en el Gobierno sería un lujo que no se pueden permitir quienes tantos privilegios económicos tienen que defender. Y, resolvamos de una vez la ecuación: quienes más tienen, tienen también grandes medios de comunicación puestos a trabajar para que VOX, necesario aritméticamente, sea una opción válida haga lo que haga, persiga a quien persiga. Todo esto explica algo inaudito, y más en un país que sufrió durante décadas el terrorismo de ETA: este fin de semana, algunos editoriales han culpado de la crispación a quien recibe balas en un sobre. Esto explica que muchos medios hayan decidido pasar por alto que la candidata del partido fascista le gritase en directo a un rival político amenazado de muerte: “Vete de España”. Sólo son negocios, que dirían los Corleone.

 

 

 

Aunque hay que celebrar que en la Sala VIP algunos hayan despertado, la verdad es que son ya las tantas de la tarde y, o corremos, o no llegamos. A estas alturas de la película hace falta ya algo más que llamarlos por su nombre. No es solo el ruido y la crispación, es mucho más. La naturaleza del fascismo es parasitar a la democracia hasta destruirla. De momento, Madrid se ha quedado sin debates electorales porque VOX tiene derecho por ley a ser invitado a ellos y cuando acude, lo hace para reventarlos. De momento, el Parlamento español no puede hacer declaraciones institucionales de primero de Derechos Humanos. Por ejemplo, condenar el asesinato de mujeres, porque el veto de VOX lo impide. De momento, y mientras la calidad democrática se degrada, VOX sigue financiándose de lo que llama chiringuitos. Mientras piden la supresión de las autonomías, se financian de ellas. Con el dinero de “los chiringuitos”, pagan los carteles que señalan a niños extranjeros. ¿Se puede ser más miserable?

 

No. Ya no vale con nombrar al fascismo. También hay que combatirlo. Desde el periodismo: aún hoy, para referirse a los líderes independentistas catalanes, condenados o no por aquel referéndum, en muchos grandes medios progresistas se sigue usando el “ellos”, trazando claramente la línea que los separa de “nosotros”. No estaría de más que esos medios le aplicasen el “ellos” también al fascismo. También desde las redes sociales. Yo pido disculpas. Durante años entendí que, para combatir los discursos de odio, era necesario señalarlos y confrontarlos, evitar que inocularan odio en la mayoría. Un error. Quien quiere odio estará encantado de ser inoculado. Años después, el debate y la crítica constructiva han desaparecido de esos espacios y sólo queda propaganda, bulo y letras mayúsculas que hacen imposible un intercambio sano. Hay que aislarlos, hay que bloquearlos, hay que dejarlos solos también en esos espacios. Y, por supuesto, desde la ley. Les recuerdo que en España existe una Ley de Partidos, aprobada por PP y PSOE que, en su preámbulo dice: “El objetivo de esta ley es garantizar el funcionamiento del sistema democrático y las libertades esenciales de los ciudadanos, impidiendo que un partido político pueda, de forma reiterada y grave, atentar contra ese régimen democrático de libertades, justificar el racismo y la xenofobia o apoyar políticamente la violencia”.

 

Decía estos días Lucía Méndez, directora de Opinión de un diario nacional, que los periodistas sólo están ahí para dar voz a los partidos legales representados en las instituciones. Quizá, añado, los periodistas también deberían estar para señalar a quienes destruyen esas instituciones.


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