sábado, 10 de septiembre de 2016

EL OBISPO AMOROSO


EL OBISPO AMOROSO

DAVID TORRES
Como todas las religiones, el catolicismo tiene unos dogmas bastante particulares y muy difíciles de entender para los no iniciados. A mí, por ejemplo, nunca me cupo en la cabeza el misterio de la Santísima Trinidad hasta que no lo vi repetido en el lema del lubricante Tres en Uno. Eso de que el Padre fuese a la vez el Hijo y el Espíritu Santo me sonaba tan raro como el hecho de que Jesucristo hubiese sido concebido a través de un proceso de inseminación sobrenatural. Como se preguntó en su día Christopher Hitchens, ¿qué es más fácil de creer? ¿Que todas las leyes biológicas universales fuesen suspendidas momentáneamente para que pudiese nacer un niño Dios sabe cómo o que una mujer judía mintiese para ocultar un adulterio? Evidentemente, lo más fácil es pensar que los traductores al griego se equivocaron al escribir “virgen” donde en el original hebreo ponía almah, es decir, “joven”.

Con semejante follón de obstetricia divina que viene arrastrándose desde hace veinte siglos (con hordas de incrédulos herejes triturados por en medio) es lógico que la Iglesia considere que las uniones entre personas del mismo sexo van contra la naturaleza, cuando para ellos la familia modelo está formada por una madre técnicamente virgen, un cornudo espiritual, un hijo de milagro y un palomo mensajero. No menos original es un código ético que condena el adulterio y disculpa la pederastia. Anda que no ha costado décadas, centenares de escándalos, tormentas periodísticas y toneladas de procesos legales que el Vaticano reconociera los miles y miles de crímenes cometidos por sacerdotes de todo el mundo contra niños indefensos, abusos certificados que muchas veces concluyeron en la locura y el suicidio de las víctimas. Sin ir más lejos, Spotlight, la película ganadora del Oscar este año, narra el inmenso esfuerzo de tiempo y de dinero que costó el repugnante encubrimiento de cientos de casos de pederastia por parte de la todopoderosa Archidiócesis de Boston.

Por eso mismo, resulta incluso cómica la rapidez y determinación con que el Vaticano ha cesado en su cargo al obispo de Mallorca, Javier Salinas, por una supuesta relación amorosa con una mujer casada. En el Evangelio de Mateo, Jesucristo dice literalmente: “Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundan en el fondo del mar”. Un pecado nefando, citado en dos evangelios más en similares términos, que apenas ha supuesto un tirón de orejas para tantos curas, obispos y arzobispos y que muchos de ellos incluso han disculpado con argumentos tan cristianos como que los niños van provocando.


En cambio, ¿qué hizo el obispo Javier Salinas que ha molestado tanto a la curia y al Papa Francisco? Montar un grupo de oración unipersonal con una señora ricachona, intercambiar anillos y provocar un cisma de mojigatería entre la clase alta mallorquina. Tiene gracia que en Mallorca estén repitiendo la trama central de La Regenta con más de un siglo de retraso. En su día, el marido, mosqueado por las ausencias de su esposa, le puso un detective a la pareja y la investigación concluyó con un informe de ochenta páginas en el que abundaban los encuentros secretos para rezar juntos en privado, las llamadas telefónicas intempestivas y el intercambio de alianzas. Sin embargo, en ninguna de las fotos que les sacaron a escondidas aparece la menor muestra de intimidad erótica entre ambos, ni un beso, ni un abrazo, ni un roce, ni un pellizco. A lo mejor va a ser por eso.

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